Las Provincias

EL TÚNEL DEL TIEMPO

El gol eterno de Forment

El gol eterno  de Forment
  • La euforia se desbordó de tal manera que el partido no podía reanudarse

Sucedió tal día como hoy. Un 28 de marzo de hace 44 años. Mestalla asistió aquel domingo primaveral a un desenlace memorable. Puede que haya sido el gol más celebrado del Valencia a lo largo de la historia en su feudo. El juego estuvo interrumpido durante varios minutos. La euforia se desbordó de tal manera que el partido no podía reanudarse. Una explosión de júbilo incontenible invadió la grada. Fue una especie de milagro. Cuando todo parecía irremediablemente decidido en contra de los anfitriones apareció el fogonazo de un gol salvador. El tiempo se consumía, se había entrado en la prolongación después de numerosas interrupciones. Forment, con el número ocho a la espalda, fue el autor de aquel gol, todavía recordado por quienes asistieron al encuentro. Imposible de olvidar. Un tanto eterno con nombre y apellidos, los de José Vicente Forment Faet, que figura en los anales. Aquel gol de cabeza será siempre su gol. La postal imborrable de una Liga ganada contra pronóstico por el Valencia en 1971.

Nadie hubiera apostado un duro por aquel equipo antes del inicio del campeonato. Se habían ido dos buques insignia: Waldo y Guillot. Otros ilustres preparaban su salida: Roberto, Ansola y Poli. En el banquillo se sentaba un entrenador debutante y el club había procedido a una renovación profunda de la plantilla. Alfredo Di Stéfano y sus muchachos. Una defensa insuperable: Sol, Aníbal, Barrachina, Tatono, Antón, Jesús Martínez y Vidagany con un pletórico Abelardo en la portería. Un par de solistas geniales: Claramunt I y Paquito. Para descubrirse ante su enorme talento. Arriba, a correr y a pelear: Valdez ponía la clase; Sergio, Fuertes, Claramunt II y Pellicer el trabajo. Y estaba Forment, "el xic d'Almenara", que ya despuntaba en el filial donde estuvo tres campañas en Segunda División y otra cedido en el Castellón, también en la misma categoría.

Aquel Valencia de la temporada 70-71 se convirtió en el asombro del fútbol español. Por delante de los grandes favoritos se había encaramado a lo más alto de la tabla. No era flor de un día como vaticinaban algunos analistas incrédulos. Aquel equipo iba en serio, pisaba fuerte, tenía personalidad y peleaba sin tregua. Se había ganado a pulso el liderato. No le habían regalado nada. A falta de cuatro jornadas para el final de la Liga le sacaba un punto de ventaja a sus inmediatos perseguidores: Atlético Madrid -vigente campeón- y Barcelona, que no cejaban en su empeño de desbancar a los valencianistas. Aquella jornada no parecía la más propicia pero estuvo a punto de producirse el vuelco en la clasificación. El Valencia era el único de los tres aspirantes que jugaba en casa. Su rival era el Celta. Los gallegos estaban protagonizando una excelente campaña que les iba a permitir entrar en Europa por vez primera. El Barça visitaba Gijón y los colchoneros jugaban ante la Real Sociedad en Atocha.

La tarde empezó bien en Mestalla. Un gol de Enrique Claramunt aseguraba la victoria por la mínima al descanso. El juego se desarrollaba por cauces previsibles. El Valencia dominaba ante un Celta a la defensiva. Todo se complicó en el segundo tiempo. Los vigueses empataron en una extraña jugada en la que Abelardo y sus defensas no se entendieron. Las miradas se dirigieron entonces al marcador simultáneo Dardo que tampoco reflejaba buenas noticias. Victorias forasteras en El Molinón y en San Sebastián. El Valencia perdía el liderato a favor de los colchoneros con quienes tenía desfavorable el "goal-average" particular. Así que la preocupación y los nervios se extendieron en un campo abarrotado que había recibido a los suyos con una espectacular demostración pirotécnica, carcasas incluidas.

Los valencianistas buscaban el gol por las bravas e intensificaron su presión mientras los célticos se defendían como podían. No faltó la polémica cuando el árbitro, Gómez Platas, anuló dos goles a los de casa, ambos a Forment. El tiempo se fue consumiendo y el marcador seguía reflejando el empate a uno hasta que, pasando dos minutos del 90, el Valencia botó un córner desde la esquina derecha del ataque sobre la portería del Gol Xicotet. Sergio centró con precisión milimétrica a la cabeza de Forment, mientras Gost, el portero de los gallegos, medía mal la salida y llegaba tarde al despeje. El remate fue inapelable y el balón entró en la portería visitante. Mestalla cantó gol con toda la energía acumulada. Una descarga salvaje de adrenalina. Se salvaba el liderato, se cantaba victoria y se acercaba más el título. Ese fue el octavo y último gol de Forment en aquella Liga. De los ocho anotados, cuatro fueron decisivos para obtener el triunfo, uno de ellos para derrotar al Real Madrid y situar al Valencia por vez primera líder en la temporada.

Tras el gol, la locura: piña de abrazos sobre el césped y en la grada. Una lluvia incesante de almohadillas detuvo la reanudación del juego. Los empleados se afanaban en retirarlas pero no había manera. Una de las porterías quedó hundida por el peso de las mismas. Los policías nacionales-los grises de la época- miraban hacia el público, pero nadie podía detener aquella fiesta. Sucedió el 28 de marzo de 1971. Tres semanas después, el Valencia se proclamó campeón.

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