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El Valencia, prisionero de sus circunstancias

Todos los focos están puestos hoy en Rodrigo./LP
Todos los focos están puestos hoy en Rodrigo. / LP

La Real iguala en el 98 de penalti tras fallar otro Gameiro y un poste de Rodrigo

Juan Carlos Valldecabres
JUAN CARLOS VALLDECABRESValencia

Cómo se le habrá quedado el cuerpo y qué pensará Peter Lim en el sofá de su casa después de ver este partido?: ¿Que Marcelino entrará en depresión y/o en guerra si acaba haciéndose caja con Rodrigo?, ¿que es un atrevimiento decir a bote pronto que el Valencia sigue con las mismas dificultades que la primera mitad de la temporada pasada? o ¿que sin Parejo este grupo en determinados momentos no tiene ni idea de por dónde tirar? Seguramente, el dueño puede pensar, deportivamente hablando, lo mismo que cualquiera de los aficionados que ayer vieron cómo se les esfumaban dos de los tres puntos que tenían una tonalidad blanquinegra. El Valencia está fuera de punto todavía. No es aquel que trituraba adversarios en la segunda vuelta y que engulló al Barça en el anochecer sevillano, pero tampoco es del todo aquel que tardó en asomar el morro ocho partidos al comienzo del año pasado. Tácticamente, el Valencia tiene muy claro a lo que quiere jugar, otra cosa es que le salga. Las cosas no están de cara todavía, quizás más desde el punto de vista mental porque frescura de piernas es obvio y lógico pensar que la máquina no está aún lista. Si a esto se le añaden situaciones inesperadas, pues más razones para pensar que el empate tampoco pilló a nadie por sorpresa. Eso sí, tan absurda fue la mano que se le escapó a Coquelin en el último instante como impensable que a Gameiro se le subiera la adrenalina tanto en fallara un penalti instantes antes que hubiera supuesto un feliz cierre para este estreno. Para acabarla de liar, la noche que tuvo algo de tufillo de despedida para Rodrigo, éste mandó el balón al poste tras una salida lejos de la guarida y a la desesperada de Moyá.

Todo, en definitiva, se estropeó en esos ocho minutos de concesión que dio merecidamente el árbitro. Se veía venir también. A esta Real no hay que andarle con dudas y al Valencia, hay que reconocer, le vino demasiado largo el partido. En realidad, los donostiarras se impusieron en demasiadas facetas del juego. No sólo ganaron -anecdóticamente- el sorteo inicial (eligieron campo) sino que hicieron más kilómetros que los valencianistas; se impusieron también en la posesión (tampoco es que le preocupe mucho a Marcelino siempre y cuando sean parámetros sin mucho margen); demostraron una mayor convicción de juego y hasta mantuvieron una rentabilidad adecuada, por decirlo de alguna manera, a su presencia en el área.

El Valencia, y tampoco debe sorprender a nadie, es un equipo que suele funcionar a golpes. Un arreón le basta para abrir en canal al rival. El problema es cuando ese impulso no está bien dirigido. Y con Parejo sentado en el palco, la cosa cambia. Después del lío que a última hora montaron entre la Federación y el CSD después de dos meses de vacaciones, Marcelino cogió un cabreo de narices cuando vio que finalmente el madrileño no iba a estar operativo. Kondogbia y Coquelin son dos escuderos de muchos quilates, pero necesitan alguien a su lado que les guíe. A la Real le sobró con un posicionamiento perfecto -atrevido en muchos momentos- y con una abnegada labor de Illarramendi y Merino para poner de su favor la balanza en el centro del campo. Por eso, durante más de la primera media hora de juego, en Mestalla eran los visitantes los que ponían la sintonía en el juego. A Jaume Costa, como quien dice recién aterrizado, le venía justo sostenerse en su debut y los donostiarras le buscaron con cierto interés. Por ahí estaba desangrándose el Valencia, al que le costó bastante desperezarse. En concreto, tardó 38 minutos en encajar sus piezas ofensivas. Una contra, cómo no, con Gameiro acabó en centro del francés, la dejó pasar de manera inteligente Rodrigo para que Guedes buscase el ángulo corto de Moyá. Al exportero blanquinegro le vino justo desviar el balón. Esa primera parte todavía dio algo más de sí, en concreto cuando el siempre activo Oyarzabal se marchó de la vigilancia de Wass y la puso para que Wilian Jose -dejando a Jaume Costa en difícil posición- no acabara de acertar en el remate. No fue gol pero quedó a todos les quedó el susto en el cuerpo.

Al Valencia le estaba costando un mundo salvar la presión visitante y por eso a Cillessen se le vio pegar algún que otro pelotazo en largo, solución drástica y un poco áspera pero en ocasiones necesaria cuando no hay forma de encontrar vías de escape. El equipo no sólo tenía esa dificultad sino que no conseguía tampoco sacar adelante las contras. Pero llegó el gol. Gameiro fue posiblemente el que más fe tuvo en ello. Manejó el balón en la izquierda, tiró al centro, buscó a Soler y el envío del canterano fue para que Wass pudiera sumar la primera asistencia de la temporada. El francés la enchufó y el VAR se encargó después de poner la incertidumbre por ver si el delantero rozaba o no el fuera de juego. A Gil Manzano, por cierto, fue hábil y puso buena cara y sensación de calma mientras aguantaba el chaparrón del público por la espera.

Fue lógico pensar que el guión se iba a intensificar en ambas vertientes. Al Valencia se le ponía de cara el contragolpe para solventar el asunto y a la Real no le quedaba otro remedio que mantener el pulso y afinar su inspiración ofensiva. De nada le servía manejar el balón de aquí para allá si sus centros venían con todo a favor para que los centrales y el portero valencianista los redujeran a cenizas. Al equipo de Marcelino le faltó en ese momento, una vez más, el acierto en el remate (el balón de Rodrigo y el penalti de Gameiro) y también una mejor interpretación del juego. Mestalla veía venir el empate pero nadie esperaba que fuera después de un penalti en el último minuto y por una mano al saltar Coquelin en la barrera. Cosas de este Valencia.