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El Valencia patina con la quinta

Zaza recibe una falta en el partido Atlético-Valencia./AGENCIAS
Zaza recibe una falta en el partido Atlético-Valencia. / AGENCIAS

Correa resuelve de un zapatazo un partido con más respeto que fútbol

J. C. VALLDECABRESValencia

Dijo Simeone un día que si tuviera que elegir un entrenador para irse a tomar unas cañas, ése sería Marcelino. Lo que no especificó el argentino es quién las pagaría, si él por haberse llevado anoche los tres puntos o el preparador asturiano por tener todavía la opción este jueves de hacer algo grande en la Copa. Porque, a fuerza de ser sinceros, por lo que se vio ayer en el Wanda, ni uno ni otro se merecieron el premio por aquello de ofrecer un partido más cargado de tensión que de ideas. El problema es que en este cruce de intereses, el que salió perjudicado fue el Valencia, un equipo atacado por las circunstancias y que se sostiene casi bajo mínimos. La consecuencia de esto es tan clara como hiriente: cinco derrotas consecutivas, con un balance de 4 goles tan sólo a favor y 10 en contra.

La de anoche, pese al cabreo que en algún momento se puede tener con Iglesias Villanueva (el del 'no gol' a Messi en Mestalla), llegó por un golpeo descomunal de Correa que perforó la escuadra izquierda de Neto. El argentino, libre de marca, fue el único que creyó en lo que hacía. Su derechazo desde más allá de la frontal abrió en canal un partido encorsetado por el miedo y el respeto que se tenían unos y otros, empezando sobre todo por los dos entrenadores.

Marcelino, por ejemplo, tiró de dos laterales para dar estabilidad a su banda izquierda y dejó en la derecha a un central como Vezo, quedando los dos laterales en el banquillo, lo que demuestra la escasez de fuerzas de Montoya y la ausencia de confianza que tiene en Nacho Vidal para empresas de la enjundia del Metropolitano. Pese a esa ambigüedad de criterios, al Valencia le faltó sobre todo mucha más convicción para creer de verdad en algún momento que sería capaz de salir vivo de este estadio. De ganar, ni hablamos, porque para ello hubiera tenido que poner mucho más de lo que puso en la balanza. Los de delante, por ejemplo, ni la olieron. No sólo en la limitada primera mitad sino en la segunda, cuando Marcelino le vio las orejas al lobo y se decidió a poner más leña al fuego. Demasiado tarde. Al Atlético, pese a que se quedó conforme fueron pasando los minutos sin sus dos centrales titulares, no se le puede sorprender así como así. Simeone sabe muy bien lo que lleva entre manos y sus futbolistas trabajan con innegable abnegación en favor de lo que su entrenador, tan pesado en las instrucciones como idolatrado por la grada, les dice.

1 Atlético de Madrid

Oblak; Vrsaljko, Savic (Giménez, m. 29), Godín (Juanfran, m. 51), Lucas; Correa, Saúl, Koke, Carrasco (Gabi, m. 61); Griezmann y Diego Costa

0 Valencia CF

Neto; Vezo, Gabriel Paulista, Garay, Gayà; Maksimovic (Soler, m. 65), Parejo, Kondogbia, Lato (Rodrigo, m. 62); Santi Mina y Zaza

GOLES:
1-0, m. 60: Correa, con un derechazo a la escuadra desde fuera del área
ÁRBITRO:
Iglesias Villanueva (C. Gallego). Amonestó al visitante Rodrigo (m. 92)
INCIDENCIAS:
partido correspondiente a la vigésimo segunda jornada de LaLiga Santander disputado en el estadio Wanda Metropolitano ante 49.596 espectadores

El Valencia quiso despertar sin saber muy bien cómo meterle el diente al rival. Por el centro resultó del todo imposible, y cuando tuvo intención de sacar provecho a algún centro por la banda izquierda (la derecha con Maksimovic ni existió), el poderío local en los balones aéreos quedó patente. Si el aficionado del Valencia contempla esta reanudación de Liga que ha tenido su equipo tras el parón navideño es para echarse a temblar. Se puede perder, como se ha hecho, contra rivales directos que juegan o lo intentar hacer mejor que tú. El problema es que el Valencia se ha deshecho ante adversarios teóricamente menos consistentes. Es lo que tiene seguramente abrir frentes como el de la Copa, que se ha convertido en el objeto de deseo general, hasta el punto de sacrificar de alguna manera este tramo de competición liguera.

Ayer, cuando más hacía falta la aportación de futbolistas que supieran, al menos, resistir un asedio más impetuoso que lógico del Atlético como el del primer tiempo, se observó un equipo con demasiadas limitaciones. El Valencia se contrajo demasiado y durante muchos minutos y aunque se mantuvo el tipo con cierta apariencia, siempre dio la sensación de estar al borde del precipicio. Hasta que Correa no soltó su zapatazo, el punto que se repartían unos y otros no correspondía fielmente a la sensaciones que se desprendían desde la grada.

Mientras Simeone se dedicaba a agitar a las masas, Marcelino castigaba las acciones que no le gustaban de Gayà; cambiaba a Lato buscando más mordiente con Rodrigo y retiraba a un discreto Maksimovic para ver si Carlos Soler era capaz de espolear a su equipo. Nada de eso surtió efecto. Kondogbia parecía ser el único con batería y músculo suficiente para aguantar las embestidas de un grupo de jugadores -el rojiblanco- que siempre va al límite y que sobrevive en ocasiones por la condescendencia arbitral. A Iglesias también le protestó lo suyo Marcelino, sobre todo por infracciones que te cortan el ritmo y que, por reiteración, también merecen a veces ser castigadas con amarilla.

Pero sería absurdo pensar que el Valencia no sabía a lo que venía. A este campo y con este rival hay que venir con una sobreexcitación de casa. De no ser así, se corre el riesgo de estar navegando sin rumbo y naufragar cuando más cerca de la orilla crees estar. Y eso, todo hay que decirlo, que en el Atlético hay cosas que no acaban de funcionar del todo. En el centro del campo, por ejemplo, Parejo perdió la oportunidad de sentar cátedra porque Koke lleva camino de perderse el Mundial por baja forma. Quizás por eso hubo minutos en los que el Valencia aparentó ser capaz de poner la igualada en el marcador. El Atlético se refugió cerca de Oblak y se adaptó a las circunstancias, viviendo escenas inauditas, como el enfado y la recriminación de Griezmann al público cuando la grada protestó que el francés reculara con el balón en lugar de lanzar el contragolpe, en claro síntoma de ese respeto que tenían a un Valencia que ve como se cierra una semana negra. Marcelino tiene cuatro días ahora para resetear a su gente, inyectarles calma y vitaminas y mentalizarlos de dar más allá del cien por cien para estar en la final.

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