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Darío Felman, trabajo y goles decisivos

El argentino fue el escudero perfecto para Kempes, le abría espacios, atraía a los contrarios y proporcionó al Matador el desahogo necesario para imponer su ley

PACO LLORET

En el verano de 1977 el Valencia buscaba un compañero de garantías para Kempes. Tras la marcha de Rep y las constantes lesiones de Diarte, la delantera precisaba de un refuerzo que garantizara un rendimiento regular. Dario Felman encajaba a la perfección en ese perfil. Su incorporación se demoró porque los valencianistas perseguían de forma obsesiva el fichaje del alemán Bonhof. Asumida la imposibilidad de alcanzar un acuerdo con el centrocampista germano, todas las miradas se dirigieron apresuradamente hacia el jugador argentino. Casi a punto de iniciarse la temporada se pudo concretar su fichaje. Su nombre se inscribió cuando faltaba apenas un cuarto de hora para que concluyera el plazo. El acuerdo fue atípico porque, inicialmente, la vinculación entre las partes era por una sola temporada. Felman estaba disputando por entonces la final de la Copa Intercontinental con el Boca Juniors ante los alemanes del Borussia Möenchengladbach, club en el que curiosamente actuaba Bonhof. Los bonaerenses se impusieron a doble partido y Felman protagonizó una espléndida actuación en el feudo de los alemanes, anotando uno de los tres goles de su equipo. Aquella fue su gloriosa despedida de Boca antes de viajar hacia Valencia.

Con su presencia, Felman acentuó el carácter argentino de la delantera valencianista en la temporada 77-78. Su primer gol llegó en la victoria ante el Espanyol por 3-0 en Mestalla. Esa noche también marcaron sus compatriotas Valdez y Kempes, habituales compañeros de alineación en los partidos de casa. Su debut se había producido poco antes, en la cuarta jornada de liga ante el Hércules, y con una formidable actuación de Kempes, autor de 4 de los 6 goles. En su primer ejercicio como valencianista ofreció un rendimiento aceptable pese a que se integró en el grupo con el campeonato ya en marcha. Conocido por sus compañeros de vestuario como 'el negro', Felman era un delantero rápido, muy trabajador, que siempre daba la cara y no se arrugaba pese a las tarascadas sufridas. No descollaba por su depurada técnica pero su espíritu de sacrificio fue más que apreciado en un conjunto en el que había más artistas que obreros.

Felman solía agachar la cabeza y encaraba por velocidad hacia la portería adversaria, nunca daba un balón por perdido, era un incordio para los defensas, les perseguía y presionaba con tenacidad. Fue el escudero perfecto de Kempes, le abría espacios y atraía a los contrarios, ese juego invisible proporcionó al Matador el desahogo necesario para imponer su ley. Esa labor sorda fue menos reconocida que sus goles providenciales que le permitieron un reconocimiento general y pasar a la posteridad. En su segunda temporada, la 78-79, logró el histórico cuarto tanto en la prórroga ante el Barça en la Copa del Rey que implicaba la clasificación de los valencianistas con un remate seco y ajustado al palo que desató la locura en Mestalla. Ya en semifinales, Felman volvió a aparecer de forma oportuna en el viejo Zorrilla con un gol que recortaba la ventaja de 2-0 para el Valladolid, evitaba el tiempo suplementario y metía al Valencia en la final.

Con aquellas acciones salvadoras Felman hacía olvidar sus formas atolondradas que, en ocasiones, provocaban la desesperación en algunos sectores de la grada, aunque entre la mayoría de la afición prevaleció un reconocimiento hacia su entrega y su labor solidaria en beneficio del colectivo. Pese a que ocupó plaza de oriundo a partir de su segunda temporada, la documentación de su traspaso dio origen a un grave contencioso que obligó a intervenir a la FIFA. El problema surgió cuando se desveló que había jugado algunos minutos con la selección argentina en un encuentro amistoso ante Hungría. Tras participar en la conquista de la Copa del Rey en el 79 y cuajar una magnífica actuación en la final ante el Real Madrid, apenas jugó un mes en el siguiente campeonato porque se suspendió su licencia durante casi un año y estuvo ausente a lo largo de la campaña 79-80.

Una vez normalizada la situación regresó a la actividad en la campaña 80-81 y, de nuevo, un gol providencial suyo alcanzó un valor incalculable. Ese tanto ayudó al Valencia en proclamarse campeón de la Súpercopa europea. El tanto llegó en el duelo de ida disputado en el City Ground de Nottingham y abrió el marcador, aunque los ingleses lograron remontar, pero en el cómputo global de la final sirvió para la conquista del título tras el 1-0 de la vuelta en Mestalla gracias al gol de Fernando Morena. En las dos siguientes campañas su protagonismo fue menor. Tan sólo participó en 6 partidos de la liga 81-82 por culpa de las lesiones y, en su última campaña, la 82-83, jugó en 17 partidos, la mitad exacta de los disputados y tan sólo logró un gol, en La Romareda ante el Zaragoza, con derrota por 3-2. No fue un delantero realizador pero sí dejó el legado de goles históricos. Asumida su condición de futbolista laborioso, con la constancia por bandera, Felman siempre se mostró dispuesto a sumar en beneficio del equipo. Los sucesivos entrenadores contaron con sus servicios en función de las necesidades del momento. Jamás protestó ni puso una mala cara, siempre intentó dar lo máximo y entendió su papel.

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