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Las confesiones de dos leyendas

Kempes, a la izquierda, escucha a Fernando ayer en el acto organizado por la Universidad Católica. / irene marsilla
Kempes, a la izquierda, escucha a Fernando ayer en el acto organizado por la Universidad Católica. / irene marsilla

«Al Valencia nunca lo he entendido bien», le dice Kempes a FernandoEl argentino recuerda el vacío que padecía la plantilla porque los directivos nunca se acercaban a Paterna

J. CARLOS VALLDECABRES

valencia. El centenario alcanzará este domingo su máxima expresión con el partido de leyendas pero mientras el valencianismo disfruta con situaciones tan extraordinarias como la que montó ayer la Universidad Católica. Juntar de manera reposada a dos leyendas como Mario Kempes y Fernando Gómez es éxito asegurado («nos han enseñado el concepto de ser humildes», dijo sobre ellos el vicerrector, Luis Esteban). El triunfo es total si la escena ofrece la posibilidad de que ambos compartan confidencias del ayer y del hoy, gracias también a que tanto el valenciano como el argentino son expertos analistas en los medios de comunicación (Fernando lo es para LAS PROVINCIAS y Kempes para la ESPN). El cuarto máximo goleador de la historia del Valencia tiroteó ayer a pensamientos al tercero, con la excusa de la autobiografía que acaba de publicar el Matador.

Lo curioso es que esta cita reflejó su gancho ante un numeroso público juvenil, pese a que ninguno de los presentes pudo ver en acción en directo a ninguno de los dos. Fernando recuperó su esencia futbolera para ponerle al público en bandeja a Kempes, que con su habitual sinceridad cautivó a los cientos de estudiantes. Al Matador no se le puede negar su transparencia, por eso reconoció sin tapujos sus condiciones personales de joven: «La obsesión de mi padre era que acabara los estudios pero la única vez que fui a la universidad entré por una puerta y salí por otra. Antes no había tecnología, ni jueguitos -se refiere a los de ordenador y consolas-. Salía del colegio, me tomaba un vaso de leche y me iba a la calle a jugar al fútbol. Hacía 200 kilómetros en autobús tres días a la semana para entrenar y jugar, pero no me suponía ningún sacrificio. Lo único que no me gustaba del fútbol eran los entrenamientos. Hacía media hora de carrera y estaba cansado, pero me daban una pelota y podía estar dos horas sin parar».

El coloquio va cogiendo cuerpo. A los 64 años, a Mario no le supone ningún esfuerzo hablar de cosas que le han llevado a plasmar negro sobre blanco una vida coronada por el título de campeón del mundo con Argentina (1978). Fue en ese momento cuando el valencianismo pudo presumir de tenerlo bajo su escudo. «Tuve tantas novias que yo se lo dije a Ramos Costa: 'Déjeme ir'. Yo estaba muy a gusto pero siempre te pica el gusanito de qué hubiera pasado si me hubiera ido».

Fernando coincide con el argentino a la hora de encajar un final tan revirado de su etapa como blanquinegro. «El Valencia es un club muy especial, nunca lo he entendido bien. Es una institución que no cuidó a sus exjugadores o a sus veteranos, porque si te descuidas te da la espalda y se olvidan de todo», puntualiza Kempes, en una cuestión en la que incidía después sobre el hecho de que los directivos apenas pisaban la ciudad deportiva de Paterna para interesarse por los jugadores. Curiosamente, Peter Lim ha visto seis veces este año al equipo y alguno de los consejeros de Singapur -incluido él mismo- no vienen ni para las asambleas ni para el centenario.

Uno y otro lucieron brazalete con la senyera. Kempes sostuvo bastante poco el peso de la capitanía. «Apenas duré dos semanas», y lo explicaba con humor: «Para mí Ramos Costa era como mi segundo padre. Y el capitán tenía que ir a pedirle los premios que conseguíamos... ¡pero a mi padre no le podía pedir eso! Luego venían los leones -compañeros- y yo les decía: 'No me pude reunir, estaba muy ocupado'. Era mentira».

La presión de Mestalla hacia sus jugadores siempre ha sido un motivo de debate. El problema fue el contraste que surgía cuando los que tenían que presionar eran los dirigentes. Ahí Kempes, al igual que muchos de sus compañeros, siempre ha considerado que fue uno de los principales errores que evitaron algún título de Liga. «La mentalidad que había era que Barcelona y Real Madrid siempre iban a ganar la Liga. No era posible ser campeón, por eso nos conformábamos con la Copa. La que ganamos al Madrid, nosotros teníamos mucha hambre. Lo aprovechamos. La gente lo disfrutó más que nosotros mismos. Era mucha la ilusión y las ganas».

Ahora, la grada de Mestalla aprieta tanto al rival cuando su equipo se entrega como a los propios jugadores cuando estos no lo hacen. El Matador lo entiende: «Ellos pagan y exigen. La gente se aburre». Contaba después una anécdota de cuando estaba concentrado con la selección argentina. Pidieron permiso para ir a pescar al río, «con el frío que hacía, y nos tuvimos que levantar a las cinco de la mañana. Pescamos bastante y al día siguiente le dijimos a la cocinera que nos sirviera el pescado en nuestra mesa. Los compañeros no tardaron en levantarse porque siempre comíamos lo mismo: pasta, carne y sopa». Y como buen argentino, habló de la eterna pregunta: ¿Messi o Maradona? «El VAR habría sido un desastre para Maradona y su mano de Dios. Me hubiera gustado jugar con Messi... porque con Maradona ya jugué. A Maradona la gente en Argentina le adora pero mientras estuvo no le salió ningún rival. A Messi le salió Cristiano y tiene que pelear con todos».