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el túnel del tiempo

Castellanos, un ángel barbudo

Castellanos, un ángel barbudo
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  • Corrían las primeras semanas de 1976 cuando se hacía público el fichaje de Ángel Castellanos por el Valencia

Corrían las primeras semanas de 1976 cuando se hacía público el fichaje de Ángel Castellanos por el Valencia. Aún quedaba mucha temporada por delante, pero el Granada aceptaba traspasar a su jugador a cambio de 12 millones de pesetas. Castellanos siguió militando en la ciudad de la Alhambra hasta el 30 de junio antes de incorporarse al club de Mestalla. Avalado por el ojo clínico de Pasieguito, su entrenador en el club de Los Cármenes y anteriormente en el Sabadell con quién debutó en Primera, este polivalente centrocampista se convertía en la primera novedad de cara a una profunda renovación de la plantilla valencianista.

Bajo la presidencia de un recién llegado Ramos Costa, el Valencia aspiraba a conformar un equipo de campanillas. Castellanos fue el primero de la lista; Kempes, el último en aterrizar. La lista de rutilantes fichajes la completaron Carrete, Juan Carlos y Lobo Diarte, el más mediático de todos. El Granada acabó perdiendo la categoría al final de aquella campaña 75-76 tras sumar cinco derrotas seguidas en las últimas cinco jornadas. Una de ellas tuvo lugar en Mestalla, donde el Valencia, dirigido por Manolo Mestre, se impuso por 2-1 con goles de sus extranjeros: Rep y Keita.

De cara a ese partido se pactó de antemano entre los dos clubes que Castellanos no jugara porque ya se sabía que se había cerrado su traspaso. Así que la afición valencianista hubo de esperar algunos meses más para conocer a un jugador con quién iba a sostener una relación plena de altibajos. Castellanos era un peón de brega incansable que guardaba las espaldas a sus compañeros y se encargaba de cortar el juego de los rivales. Un papel ingrato no siempre entendido ni valorado por la grada. Sólo el paso del tiempo situó al manchego en el lugar que merecía por su eficacia y regularidad.

El principio del desencuentro tiene una fecha concreta: 9 de enero de 1977. Ese frío domingo terminaba la primera vuelta del campeonato. El Valencia ocupaba la segunda plaza de la tabla, a dos puntos del Barcelona, líder provisional y campeón de invierno. Mestalla era el escenario del partido de la jornada: los locales, bajo la batuta de Heriberto Herrera, recibían al Atlético de Madrid de Luis Aragonés. Ambos conjuntos estaban empatados a puntos. Los valencianistas lo fiaban todo a su potente delantera: Rep, Diarte y Kempes, una tripleta de lujo. Castellanos actuaba en el eje central de la defensa acompañado de Cordero y, en ocasiones, de Jesús Martínez, puesto que la labor de contención en la medular le correspondía a Tirapu, que solía formar al lado de Saura y Juan Carlos. Aquella demarcación tan retrasada de Castellanos, que no era la más idónea, cambió después, cuando Tirapu se fue rumbo a Bilbao.

El duelo con los colchoneros se complicó bien pronto. Pese al dominio agobiante del Valencia y las claras ocasiones creadas, Leal adelantó a los visitantes antes del descanso. Un resultado injusto. Nada más empezar el segundo tiempo, Mario Kempes estableció el empate con un soberbio zurdazo que entró por la escuadra de la portería de Miguel Reina. Mestalla se pobló de pañuelos blancos, la afición se las prometía muy felices, pero la alegría duró poco: Rubén Cano, con su estilo torpe y poco académico, marcó dos goles en apenas diez minutos al aprovecharse de sendos fallos de la defensa local, en especial de Cordero y Castellanos. El público la tomó con Castellanos. Por su manera de maniobrar en el campo, girando sobre sí mismo y aguantando el balón, los nervios se apoderaron de la grada y Castellanos fue señalado como el responsable de la derrota. Aún tuvo tiempo Kempes de lograr otro gol que solo sirvió para recortar las diferencias. Al final de aquella liga, el Valencia devolvió la moneda al vencer por 2-3 en el Calderón aunque el Atlético de Madrid ya se había proclamado campeón. De nuevo, el Matador, consiguió dos tantos que le sirvieron para conquistar su primer Pichichi.

Sin embargo, Castellanos se repuso con entereza de aquella mala tarde y se fue consolidando como una pieza indispensable durante diez temporadas consecutivas. El Valencia era un equipo formado por Castellanos y diez más. Todos los entrenadores confiaban en su oficio. Siempre daba la cara y no se arrugaba en ningún escenario pese a la inquina de las aficiones rivales, por ejemplo la del Betis, que se le echaba encima cuando marcaba a Julio Cardeñosa. La barba le distinguía y se convertía en objetivo fácil de señalar. A Castellanos no le temblaba el pulso, incluso le tocó tirar uno de los penaltis de la final de la Recopa ante el Arsenal en Bruselas. Ese día Di Stéfano lo dejó de salida en el banquillo y optó por Bonhof, Solsona y Subirats en el centro del campo. Con el número 15 a la espalda entró en la prórroga y transformó el cuarto penalti con tranquilidad. Hubo otros goles espléndidos en Mestalla que se tradujeron en triunfos por la mínima ante el Atlético en la 82-83 o el Real Madrid en la 84-85. Con su poblada y característica barba, su personalidad contrastada, Castellanos dejó en Valencia una estela de profesionalidad sin estridencias.

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