Ver 19 fotos
La trampa nocturna del viejo cauce del Turia a oscuras
La falta de iluminación y los recovecos entre el follaje cuestionan la seguridad en el río: «Tengo miedo y nunca bajaría sola por la noche»
Rosana Ferrando
Valencia
Viernes, 7 de noviembre 2025, 00:30
El río se apaga por tramos. Hay luces que titilan, otras que no llegan a encenderse. Estas se intercalan con otros tramos en los que ... la luz es tan potente como la de un interrogatorio; podría pensarse que es de día si no se pudiera levantar la vista al cielo y constatar que la hora del reloj va acorde con el estado del firmamento. El contraste hace que la noche se acumule en los recovecos de la vegetación. En los caminos donde las farolas son un bien escaso, la sombra se vuelve densa y parece esconder algo más que tierra.
La noche del pasado miércoles cinco de octubre la lluvia caía en hilos finos, casi invisibles. Sin embargo, conseguía mojarlo todo a base de perseverancia. El aire olía a barro, hierro y humedad acumulada. Una sensación que muchos agradecían sentir en medio de la ciudad. La pequeña adversidad temporal no impidió que los valencianos bajaran a seguir con su rutina. A las ocho de la noche el Viejo cauce del Turia estaba repleto de vida, eso sí, solo en las zonas bañadas por la luz.
El carril central era el protagonista de la tarde ya que está habilitado para los aficionados a correr. El camino brillaba como una pista aérea y delimitaba el tramo donde la seguridad era incuestionable. A ambos lados del centro, los arbustos se levantaban a modo de muralla y dejaban pequeños espacios que por la mañana son lugares idílicos que impiden que el hormigón que caracteriza la capital protagonice el paisaje. A pesar de ello, por la noche, esos escondites parecen verdaderas trampas sacadas de una película de terror.
Detrás de la pared hecha de plantas, los espacios laterales destinados al paseo de los transeúntes se disolvían en una penumbra casi total. En esas sendas donde no había nadie, cualquier paso crujía con un volumen mayor del habitual.
Muchas personas parecían refugiarse de esos espacios bajo los puentes que estaban bien iluminados. El de la Exposición era el preferido de la gente. Jaime, de treinta años, era uno de ellos. El pasado miércoles se protegía de la lluvia bajo el metal de la pasarela. Tenía la correa enrollada en la mano para controlar a su perro, el cual estaba ansioso por todos los estímulos que había alrededor. «Solo paseo al perro por el río cuando llueve», decía con la mirada perdida más allá de los árboles. «Vengo justo debajo del puente, así no nos mojamos. No salimos de aquí, está muy oscuro por los lados y por el centro va la gente que corre. Cuando ando por las zonas oscuras, cualquier movimiento o sonido me sobresalta y voy todo el rato en alerta», explicaba mientras acariciaba a su 'perrhijo' para que se tranquilizara.
En el último tramo del puente, estaban Andrea y Laura que se dirigían a la estación de metro de Alameda. Vestían ropa de deporte y cargaban con una esterilla en su espalda. Habían salido de su clase dirigida que empezaba a las siete de la tarde, cuando la noche ya estaba casi cerrada. «Por allí está muy oscuro», sentenció Andrea mientras señalaba a su derecha. «Voy por ahí cuando salgo de la sesión de gimnasia. Nunca me ha pasado nada», afirmó sin miedo, con la naturalidad de quien ya se ha acostumbrado a convivir con la penumbra. Laura, su compañera de ejercicio, tampoco estaba asustada: «A estas horas hay gente. A partir de las diez sí que es más inseguro y no se me ocurre venir. Como la salida a la calle y el metro están justo al lado del lugar donde entrenamos, no solemos transitar el río».
Al aire libre, los corredores seguían su marcha. Gadea, de 21 años, era una de ellos. Su piel brillaba debido a la mezcla de sudor y lluvia. «Yo, como mujer que vive en esta sociedad, sí que tengo miedo. No bajaría sola al río por la noche. Hay gente que da miedo y el hecho de que no haya luces no ayuda. Deberían mejorar ese aspecto», contaba con la respiración entrecortada debido al esfuerzo. Miró hacia el sendero lateral, el que se hundía entre los arbustos y añadió: «Suelo venir a las siete, aunque ya es de noche. Corro con un grupo de 'running' así que no voy sola». Cuando retomó la marcha, miró a su amigo con cara de complicidad para agradecerle su compañía.
Jordi estaba sentado en un banco, a medio camino entre la sombra y el espacio para hacer deporte. Su cuerpo se confundía con la vegetación que había a su espalda. Su pelo chorreaba y su cara evidenciaba que estaba en el descanso de su sesión deportiva diaria. Los restos de luz que le llegaban desde su izquierda y el sonido de los pasos de los corredores que resonaban le hacían sentir que estaba acompañado. «Yo siempre vengo a hacer ejercicio a las ocho. Suelo correr o hacer barras», explicaba. Después de una breve pausa pensativa añadió: «Una vez me robaron y en otra ocasión lo intentaron. Ambas veces estaba tumbado en el césped con mi novia por la noche. La primera vez no me di cuenta y me quedé sin mochila. La otra lo pillé y conseguí que me devolviera mis pertenencias». Los hechos ocurrieron cerca de los campos de fútbol de Alameda.
También recordó las ocasiones en las que después de sus entrenamientos de 'softcombat' con amigos se daban cuenta de que les faltaban cosas. No obstante, Jordi también reconoció que no siempre va con precaución: «Cuando corro no voy con tanto cuidado porque siempre hay gente y está todo iluminado».
A medida que la noche avanzaba, los corredores se dispersaban, los deportistas recogían sus cosas y solo quedaban los grillos, los ladridos de perros a lo lejano y el golpeteo gotas sobre la tierra mullida por la humedad. Quizás a esas horas Gadea correría más rápido, Jaime se habría ahorrado bajar con su perro hasta el puente, Jordi vigilaría sus cosas con más esfuerzo y Andrea hubiese tomado otro camino para llegar a casa.
El Viejo cauce del Turia refleja una ciudad iluminada a medias, donde el olor a lluvia y el miedo conviven por la noche bajo el mismo cielo. Las farolas por las noches se convierten en una promesa de seguridad, como cuando de niño gritabas «¡Casa!» cuando no querías que te pillaran en el juego del escondite.
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión
Publicidad
- 1 Herido muy grave un joven tras ser apuñalado en el pecho en el viejo cauce del río en Valencia
-
2
Juan Roig: «Hay que pedirle disculpas a los ciudadanos pero es imposible hacer tortillas sin romper huevos»
-
3
«Ese día mi hijo no tenía que estar en la carretera, lo mandaron a la muerte»
-
4
La calle de Valencia que es barrio, pueblo y también ciudad
-
5
El anestesista detenido por la muerte de la niña sustrajo los sedantes del Hospital de Manises
- 6 Muere en Madrid una mujer tras precipitarse desde un décimo piso con sus dos hijos de 3 años, ambos muy graves
- 7 La Generalitat pagará a los cazadores 40 euros por jabalí abatido para combatir la peste porcina
-
8
Las Navidades y el Maratón dejan las calles de Valencia a rebosar: «Es como si estuviéramos en Fallas»
- 9 La Guardia Civil detiene al ladrón de la bicicleta de Jorge Martín
-
10
El Maratón más bonito del mundo
-
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad