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Opinión

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1609-2009. La expulsión de los moriscos 400 años después
LUIS LONJEDO
EL año 711 de nuestra Era un ejército de beréberes y algunos árabes, llamados desde España por una facción visigoda, cruzó el Estrecho y puso el pie en la Península. Eran musulmanes o islamistas, religión que practicaban. Pronto, la mayor parte de la población peninsular abrazó su religión. Casi mil años después, concretamente 898, los últimos mahometanos la abandonaron por la fuerza. El 6 de abril de 1609, Felipe III de España firmó la orden de expulsión. En 1492 habían sido expulsados los judíos, con lo cual las dos minorías étnicas y conflictivas desparecieron de España. Y es que la coexistencia era cierta pero la convivencia imposible, creer y defender otra cosa es propagar un mito absurdo, los hechos históricos son evidentes, y si alguien lo pone en duda hay mucha bibliografía que los despejará, como la obra "Minorías étnicas en la España Medieval", número 1 de la Revista de la CECEL cuya edición dirigimos.
Pero no es menos cierto que su expulsión, necesaria o no, fue un acto cruel, un auténtico genocidio. Aquí, en el Reino, eran valencianos, aragoneses en Aragón, catalanes en Cataluña, castellanos en la Corona de Castilla. Solamente los separaba del resto de la población la religión. Esta era su nación, su patria; aquí estaba su casa, su familia. No conocían otros lugares ni otras gentes.
Fueron arrancados brutalmente de la tierra donde hundían sus raíces y transportados a países lejanos e ignotos, donde no fueron bien recibidos y, en algunos casos, atacados, robados o muertos. Lo perdieron prácticamente todo y, en algunos casos hasta la propia familia.
Un primer intento para solucionar el problema, aunque a las bravas, fue el de los Reyes Católicos que, por "decreto" (Pragmática) los convirtieron al cristianismo el 14 de febrero de 1502, ciento siete años atrás.
Pero esta conversión forzosa que, mirada desde hoy con perspectiva necesariamente distinta, parece ridícula, no dio sus frutos como era previsible, ya que continuaron siendo grupo social o comunidad aparte, distante, no integrada.
Los constantes conflictos, más o menos graves, algunas series rebeliones, como las de Las Alpujarras granadinas entre 1568-1571, más los numerosos ataques costeros de los piratas norteafricanos, especialmente berberiscos, que robaban, mataban, saqueaban, incendiaban y esclavizaban, exasperaban a la población cristiana, cada vez más soliviantada y preocupada ante posibles males mayores.
Si a esto añadimos las constantes soflamas de religiosos incendiarios, guardianes de la fe, con acciones frecuentes ante reyes, papas y virreyes, reclamando su expulsión que también pedía la Santa Inquisición, no resultara extraña la grave decisión tomada.
A ello se oponían nobles y señores, terratenientes, menistrales y comerciantes, porque era mano de obra numerosa, laboriosa, barata y necesaria. La promesa de compensarles con parte de las propiedades confiscadas hizo cambiar su posición.
También cambió la de los reyes la misma posibilidad, de tal manera que en 1609 el Consejo de Estado recomendó al Rey su expulsión, lo que este aceptó firmando la orden para todos los reinos de España el Duque de Lerma. El 30 de septiembre, a pesar de la protesta de los nobles valencianos, comenzó la expulsión de los del Reino de Valencia exactamente la tercera parte, por lo que fueron los más afectados. La Corona de Castilla apenas sufrió sus consecuencias.
En el Reino de Valencia numerosos lugares de moriscos exclusivamente quedaron despoblados y así continúan hoy día, en los valles del Norte de Alicante, Vall d'Ebo, Vall de Laguar, Vall de Gallinera, zona del Pico Caroig, Muela de Cortes, Valle de Ayora, entre otros. El comercio, la artesanía y la agricultura fueron los más afectados.
Al cumplirse los 400 años de su expulsión del Reino de Valencia dedicamos, el XXX Curso de Historia a celebrar en Gandia del 6 al 10 del mes de julio próximo, al conocimiento de aquellos valencianos que el vendaval de la Historia arrastró allende los mares a tierras y entre gentes extrañas.

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