Sábado, 7 de julio de 2007
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Domingo decimocuarto ordinario
‘Vuestra paz descansará sobre ellos’
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La tarea de los discípulos de Jesús tiene delante un campo vastísimo con escasez de recursos pero con un objetivo bien definido. Para conseguir la extensión, implantación del Reino de Dios, en la tierra, se parte de una disponibilidad total de los colaboradores, que nunca deberá convertirse en acción lucrativa.

A la hora de ponerse en camino, a la hora de comenzar la tarea, el evangelio nos recuerda que el envío de Jesús a sus discípulos lleva consigo el riesgo de un cordero rodeado de lobos. Tarea nada fácil, si además en el envío se nos pide que vayamos desprovistos de calzado de repuesto. Ni siquiera podemos hacer amigos en el camino de tal índole que nos idstraigan y detengan en el proceso de proclamar la buena nueva.

Nada de componendas que desvirtúen el carácter generoso y sagrado del evangelio. La cercanía del Reino de Dios, la posibilidad de que los seres humanos recuperen la imagen y semejanza de Dios, no es producto de una estrategia humana, sino de la fidelidad en el cumplimiento de la misión recibida. Jesús, Cristo el Señor, es el Enviado del Padre y a su vez es quien envía a sus discípulos con una misión fundamental: afirmar que la paz de Dios, el bienestar que Dios concede a los seres humanos, no radica en el triunfo personal del enviado, sino en la incorporación fiel y generosa en el designio divino.

La alegría de los discípulos de Jesús no debe apoyarse en los éxitos humanos, sino en saber que el Reino de Dios está cerca y sentir que las coas de Dios causan mejor satisfacción interior, ya que brindan premio eterno. La garantía de esa cercanía es la propia historia vivida por Jesús, el Hijo Enviado del Padre. El mismo Jesús era la paz de Dios, la traía en sus palabras, en sus actos, en su vida entera; más aún, consiguió romper el protocolo de enemistad con Dios, que el primer Adán provocó con su desobiencia, y nos abrió definitivamente con su muerte el acceso libre al Padre.

Si verdaderamente el discípulo de Jesús es fiel a su tarea de portador de la paz de Dios, sentirá la necesidad de seguir fielmente las huellas del Maestro, quien en aras de esa paz ofreció su vida en favor de los que carecían de ella. ¿Hasta qué punto estamos nosotros dispuestos a posponer la talega, la alforja, las sandalias, o los saludos de los amigos, con el riesgo de abandonar el bienestar que nos procuran y afrontar la dificultad que lleva consigo caminar como cordero en medio de lobos?

Pablo expresó de manera clara esta fidelidad del discípulo enviado cuando exclamó: ‘Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucritos, en la cual el mundo está crucificado para mí, y o para el mundo’. Lo que cuenta para el discípulo del Señor es es anueva criatura, el nuevo Adán, que definitivamente nos ha devuelto la verdadera paz y alegría.

 
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