Sábado, 7 de julio de 2007
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Valencia
El chupinazo y el suspenso de la razón
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Aunque el título podría aplicarse a los nuevos ministros, se refiere a una semana que navega entre la tradición y la masificación con el comienzo de los sanfermines en Pamplona.

Es un hecho que aúna un elemento antiguo y un fenómeno nuevo; supone la permanencia de una costumbre con solera basada en la ancestral relación entre el animal y el hombre pero, para muchos, poco importa el toro, la historia de la fiesta y su significado antropológico. Es solo motivo de borrachera y deporte de riesgo.

Lo sorprendente es que quienes a veces mantienen un discurso de defensa de los animales y lucha contra las fiestas populares que los utilizan, lo olvidan y dejan en suspenso la razón cuando se trata de divertirse. No hay más que ver cómo sube el caché de los toros que han causado muertes en encierros de localidades valencianas.

Además el “discurso oficial” trata estas fiestas como si el resto del año no hiciera un constante alegato moralista. Mientras España no consigue rebajar las cifras de abuso de alcohol y determinadas drogas como la cocaína, se presentan con simpatía los excesos pamplonicas en sanfermines.

Al mismo tiempo que nuestro país tiene problemas para hacer frente a sus desechos y se exige un espíritu green para apostar por el reciclaje y no dañar el medio ambiente, las basuras inundan Pamplona de forma vomitiva, tal y como estamos empezando a sufrir en Valencia durante las Fallas.

Todo ello es fruto de una cierta hipocresía social que pone el disfrute hedonista casi por encima de cualquier principio ético. Así, no hay concentración masiva que no requiera un descomunal servicio de limpieza tal y como vimos en la noche de San Juan. Pamplona en estos días es como una macrobotellón ininterrumpido durante nueve días. Y lo malo es que resulta intocable e incuestionable pues se trata de una fiesta popular. Ningún ayuntamiento somete las fiestas populares sin jugarse las elecciones. Y eso, amigo Sancho, son palabras mayores.

 
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