Lunes, 11 de junio de 2007
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Valencia
Una partida sin perdedores
Álvaro alcanza la final individual y Grau llora por el cariño del público (60-50)
Álvaro alcanza la final individual y Grau llora por el cariño del público (60-50)
Grau, apoyado en la muralla, tapa su rostro después de comenzar a llorar en el último juego al emocionarse por el cariño que le tributó la afición.
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Fue una partida rarísima. El ganador se marchó echando pestes, malhumorado; el perdedor, sonriente, feliz. El vencedor fue Álvaro, el heptacampeón individual, que el próximo domingo, en el trinquete de Sagunto, defenderá su corona ante Genovés II. El derrotado fue Grau, eterno mitger, el único de su estirpe que ha osado medirse a los restos en un mano a mano. El resultado, 60-50. Espectáculo, a intensas ráfagas . Emociones, todas.

Tiene mucho mérito la osadía de Grau, quien se armó de valor para regresar al Individual y que ayer, en el trinquete de Guadassuar, 39 años a sus espaldas, puso a Álvaro, el invencible, contra las cuerdas. Pero el zurdo es de granito y resistió las embestidas. Así, tras cien minutos de combate, Grau, en el resto, en el último juego, falló un pelotazo y, desfondado, sin fuerzas ni moral, se desplomó. La afición, agradecida por el regalo, se puso en pie y le brindó una cerrada ovación. Y Grau, que lo había dado todo, absolutamente todo, no pudo contener las lágrimas. Y lloró como un niño, tierno llanto que conmovió al público.

Tanta emoción pudo con él. Porque ayer, en un trinquete que no se llenó –y luego habrá tortas para estar en la final...– se produjo una aleación entre la gente y Grau. Esta fusión resultó sumamente cruel para Álvaro, que ayer vivió un suplicio. Porque Grau entró en la cancha con las ideas muy claras: no podía alargar el intercambio de golpes con el infatigable Álvaro y necesitaba reposar entre punto y punto. Las pruebas de esfuerzo recomendaban dos minutos y como los descansos no están regulados por la federación, Grau hizo pausas eternas, repetidas, exageradas.

Grau se encomendó a la especialidad de la casa, su volea, su portentosa volea. Nadie más en todo el circuito dispone de un latigazo como el suyo. Nadie más es capaz de mandar la pelota a la galería desde cualquier posición del rectángulo de juego. Así que decidió jugársela en todos los golpes. El de Pelayo se adelantaba para soltar su brazo como una catapulta. Una y otra vez. Y después, a descansar, a la escalera, a escuchar los consejos de Tino, de Astorgano, del astuto Vicente Alcina. Un traguito del mejunje rosa y a dejar que pasen los segundos...

Pierde los nervios
Hubo un momento, con 35-20, en el que parecía que la igualdad se diluía. Pero Grau comenzó a torpedear las galerías y repuso el equilibrio (35-35). Los parones de Grau empezaron a crispar y la gente de Álvaro le pedía que protestara. El campeón mantuvo el tipo y solicitó paciencia. Pero la suya también se agotó. Tal vez porque Grau ya no se descolgó y porque el público celebraba con júbilo los tantos del mitger y con indiferencia los suyos.

Álvaro tenía un problema. La decisión de Grau de jugársela constantemente impidió al zurdo coger el ritmo y, además, le privó del subidón que produce hacer un quinze, ya que la inmensa mayoría llegaban por errores de Grau. Eso y los largos parones acabaron por desquiciarle. El de Pelayo encontró su oportunidad: 50-50 y val i 30, pero entonces llegó la treta de Miguelín y su suerte cambió. Perdió el tanto y al cambiar de lado sucedió: su desplome, ovación, lágrimas y la culminación del romance entre Grau y el público.

 
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