Domingo, 3 de junio de 2007
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La ministra no quiere embalses
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Cristina Narbona ha proclamado su fe ardiente en que los embalses son una cosa mala, inapropiados para estos tiempos.

La ministra de Medio Ambiente ha lamentado que todavía haya personas que piensen que, para resolver los problemas de agua, la solución estriba en hacer más embalses y más presas, y ha asegurado que desde su departamento ministerial se seguirá trabajando para cambiar esa mentalidad. Una labor para la que, según informó días atrás la agencia Efe, la ministra asegura que ‘‘necesitamos cómplices, como las organizaciones ecologistas’’.

No está nada mal, tratándose de una componente del Gobierno de España. Nada mal, eso de que una ministra busque cómplices y trate de cambiar la mentalidad de quienes quieren guardar agua para cuando no llueva. Asombra comprobar cómo piensa la ministra que es responsable del agua. Nada de presas. Es para preocuparse.

¿Se imaginan con qué agua nos podríamos duchar hoy en Valencia si no tuviéramos algo de reservas guardadas en los embalses de Alarcón, Contreras, Tous, Benagéber, Loriguilla, Buseo...? Iríamos a tiros, y bastante guarretes, porque no habría agua ni para empezar. Y olvídense de la mayor parte de los regadíos, y de la industria que precisa agua, y del turismo. Nada, a emigrar a las orillas de grandes ríos, donde el agua fluye siempre en cantidad, y a pelearnos por hacernos un sitio, si quedaba algo libre.

En 1928, cuando el Gobierno del general Primo de Rivera sacó a concurso la construcción de cinco embalses en el Turia, la situación ya era dramática en la ciudad y en la huerta. Faltaba agua durante los largos estiajes del río y faltaba también suministro eléctrico. Y sin embargo la solución era lógica y estaba al alcance de la mano: retener el agua que sobraba durante unos meses para disponer de ella en los periodos secos, e incrementar a la vez la generación eléctrica.

Aún se tardó mucho en hacer las obras. Llegaron después de la guerra civil; de los cinco embalses previstos se hicieron sólo dos, pero más grandes (Benagéber y Loriguilla), y todavía está pendiente el de Villamarxant. ¿Cuánto han aumentado la población, la actividad económica y las necesidades desde entonces? ¿Cabría seguir sin embalses de reserva? ¿Cómo puede decir una ministra esas cosas tan faltas de sentido?

Por supuesto que hay que preservar los ríos, mantener la naturaleza de tramos salvajes y evitar la contaminación, pero eso no puede excluir que el agua sirva para lo que ha de servir. Aburre hasta el hastío comprobar que a estas alturas aún sigamos con esto.

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