Viernes, 13 de abril de 2007
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Valencia
De la salpassa a la mona de Pascua
Los ramos de olivo o de florido y perfumado naranjo en manos de la chiquillería se convertían en improvisadas armas que, teniendo como fondo el canto del Pueri hebraeorum , provocaban la intervención apaciguadora de aquel concejal portador de una hermosa y blanca palma traída de Elche, cuando no del señor cura párroco que recordaba a los presentes la seriedad de los actos. Después, ramos y palmas irían al balcón de la casa, donde preservarían a ésta de tormentas y desgracias, al tiempo que el humo producido al quemar una pequeña porción ahuyentaría al temido pedrisco destructor de cosechas en días de tormenta.

Con el tiempo, las reformas postconciliares, la simplificación litúrgica de una Iglesia más preocupada del fondo que de la forma, los cambios experimentados por una sociedad cada vez más sometida a un proceso de laicismo… han ido convirtiendo la Semana Santa, para unos, en un simple período vacacional cada vez más alejado del sentido religioso de la misma, mientras que para otros, los creyentes y, sobre todo, generaciones más jóvenes, la conservación de algunas de aquellas ceremonias que el Ritual Romano establecía, les pueden resultar extrañas cuando siguen presentes en algunos –muy pocos– núcleos rurales de nuestra geografía. Tal es el caso de ‘la Salpassa’. Y se complace uno en ver que ha sido objeto de estudio de folcloristas, etnólogos y antropólogos cuando repara en un hermoso trabajo que, en 1995, publicó la Generalitat Valenciana, en su Serie Minor del Consell Valencià de Cultura, bajo la autoría del antropólogo Álvaro Monferrer, quien lleva a cabo una clara exposición del origen, celebración ritual y festiva de la misma y sus variantes en diferentes localidades de las tierras valencianas.

Salpas, salispassa, salispassia, sarpasia, sarpassa... Con ser muchas las denominaciones registradas en diferentes lugares, se refiere al acto de bendición de las casas que el Ritual Romano de Pío V, en 1614, establecía para el Sábado de Gloria, por más que en la mayoría de los pueblos tenía lugar el Miércoles Santo. El párroco, revestido con sobrepelliz y estola, acompañado por los acólitos, visitaba todas y cada una de las casas de la vecindad para su bendición pascual. El ceremonial revestía distintas formas según localidades, pero con un denominador común: la bendición del agua y de la sal, elementos esenciales para la vida familiar. El sacerdote rezaba las palabras del Ritual, al tiempo que un acólito mezclaba la sal y el agua benditas de las que era portador con la que el ama de casa había dispuesto en la entrada de la misma en adornada y limpia mesa con las mejores galas; el otro acólito, recogía los huevos que, como obsequio, había depositados sobre la mesa. En las parroquias que disponían de un Lignum crucis , se daba este a besar a los presentes y con el hisopo o rama de romero aspergía las dependencias de la casa. Pero lo más llamativo de la Salpassa era el acompañamiento popular de la chiquillería que, adelantándose a la comitiva, golpeaba con sus pequeñas mazas de madera puertas y aceras, más que entonando, recitando simples melodías en tetracorde dórico de variado y estrambótico contenido por el que desfilaban personajes locales, sin quedar a salvo de las mismas ‘‘ni el retor ni l’escolà’’ y de las que S. Seguí, M. T. Oller, V. Torrent, F. Martínez y Martínez, J. Martí Gadea, A. Salvá Ballester y tantos otros, nos han dejado constancia en sus trabajos de campo ( “Ous a la pallissa, ous al ponedor, bones massades al senyor retor; ous ací, ous allà, bones massades a l’escolà” ).

La misa del Jueves Santo era la más importante del año, la de la institución del sacramento de la Eucaristía. La reserva del Santísimo en su Sagrario, acompañado bajo palio con el canto del Tantum ergo... , ascendiendo el escalonado Monumento, repleto de velas y flores, daba paso al silencio sepulcral observado hasta el momento de la Resurrección, sólo interrumpido por las matracas y batzoles que hacían sonar por las calles los niños para avisar a la celebración de los oficios divinos en la parroquia. Tras en rezo de las siete estaciones y la vela nocturna ante Monumento, con los primeros rayos de sol salían los fieles hacia el monte calvario entre cánticos y rezos para celebrar las catorce estaciones del Vía Crucis que entre viejos cipreses recuerdan la pasión y muerte de Cristo.

Con la solemne y silenciosa procesión del Santo Entierro del viernes, sólo interrumpida por el canto del Miserere, culminaban los actos de la Semana Santa. Al día siguiente, Sábado de Gloria, con el ritual de la bendición del agua y el fuego, las letanías y el resto del oficio, el canto del Gloria indicaba la Resurrección de Cristo; el rogle , todas las campanas de la iglesia y las de la torre campanario parecían enloquecer de alegría; como si todo volviera a renacer; las mujeres barrían las calles, se hacía limpieza general, todos marchaban a la fuente a lavar sus caras y manos en un claro simbolismo de renovación; por las calles se esparcía el perfume de ‘monas’, dulces y variada repostería que, en un constante ir y venir, llevaban las mujeres en la post sobre sus cabezas para cocerlas en el horno del pueblo; todo eran preparativos para la alegría de la celebración de la Pascua: variados cánticos infantiles ( “Xinxes marranxes, eixiu del forat, que el nostre Senyor ha ressucitat” ), algarabía callejera...

El Domingo de Pascua, con los primeros rayos del sol y alegres semblantes, la procesión del Encuentro iniciaba los festejos. Las mujeres, acompañando a la Virgen Dolorosa, cubierta con negro manto, salían de la parroquia por una calle, mientras los hombres seguían la imagen de Cristo por otra para encontrarse en la plaza mayor. La Virgen era despojada de su manto y aparecía vestida de blanco con rostro radiante de alegría; el canto dialogado entre ambos grupos del ‘‘Regina coeli laetare. Alleluya...” , la traca, el volteo general de campanas, y los cánticos de resurrección de vuelta al templo, preludiaban un día de gran fiesta.

Y, a partir de aquí, el aspecto profano de la Pascua. Los tres días de su celebración iban acompañados de las meriendas de ritual: mona, cassoleta y guisadet . Niños y mayores marchaban hacia el campo para celebrar entre juegos, bailes y canciones la alegría de un tiempo nuevo; y, entre ellas, ninguna como la que mejor define la Pascua valenciana:

“El dia de Pasqua,

Pepito plorava

perquè el catxirulo

no se li empinava.

La tarara sí, la tarara no,

la tarara, mare, que la balle jo”.

 
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