Lunes, 9 de abril de 2007
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Valencia
Visita al patriarcade Correcaminos
Miguel Pellicer Piles, en el cauce del río.
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Visita al patriarcade Correcaminos

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El pasado mes de marzo, la providencia se detuvo en Correcaminos: no sólo fueron los nombramientos del presidente Paco Borao para altos cargos de la AIMS y la IAAF; además, el Ayuntamiento de Valencia decidió conceder el premio al mérito deportivo a la trayectoria de toda una vida del fundador de Correcaminos, Miguel Pellicer Piles. Nunca fuera un mes de marzo de buenas noticias mejor abastecido.

Se imponía una visita al patriarca en la residencia donde mora, inmovilizado en su inseparable silla de ruedas o en la cama. La puerta de la habitación 315 ya estaba abierta cuando aparecimos Paco Borao y yo para felicitarle. Lo encontramos jovial, como siempre, con alguna recaída nostálgica, pero lúcido y exuberante de ideas. Su habitación, reducida como la cabaña de Thoreau en Walden, tiene tres sillas: una para la soledad, otra para la amistad y otra para la sociedad.

Ocupamos la de la amistad y la sociedad y mantuvimos una hora de conversación. Había allí un televisor y, encima, el primer trofeo que gané y que le regalé a Miguel. Una acuarela de indescifrable técnica y carpetas con recortes, legajos. Una de ellas, la más abultada –tanto como su imaginación–, estaba llena de poemas escritos por Miguel. La literatura y el atletismo han acompañado la larga trayectoria que el Ayuntamiento ha tenido el acierto de premiar.

Es quizás un diezmo de lo que se merece. Pellicer es un grande del atletismo valenciano. Correcaminos, que ahora vive momentos dorados, no debe olvidar su pasado, que es el de Pellicer. A mí este hombre me merece un respeto imponente. Miguel llegó a ser subcampeón absoluto de marcha en 50 km y tercer clasificado en el Campeonato de España de Maratón. Nos enseñó viejos reportajes, artículos escritos por Miguel Domínguez, Juan Antonio Caparrós, Recaredo Agulló (“Si las hadas le hubieran sido propicias, Miguel Pellicer se habría convertido en el primer valenciano en alcanzar el entorchado olímpico”), F. J. Martínez y muchos otros. Miguel escribió en Jornada y en la Hoja del Lunes , en Las Provincias , en Levante ; fundó las revistas Penalti y Píndaro , y fundó Correcaminos, cuando correr era aún objeto de burla.

“Correcaminos me consuela –dice Miguel– en el ocaso de la vida. Me ha dejado un recuerdo imborrable. Ahí están los hombres que han dado vida a mi idea: Paco Gómez-Trénor, tú, Toni, y tú, Paco, Marisa Martínez Legarreta, Roberto Ferrandis, y ese Guti, no el del Madrid, sino Manuel Gutiérrez de Castro, y otros...”

Miguel insiste en darme en vida el número uno del club, y yo le digo que ni vivo ni muerto –porque creo que es inmortal–, y que el club le reservará ese número para siempre. Borao sonríe al oírnos, pero en algún momento ha dejado escapar, lo que es raro en él, sus sentimientos.

Miguel escribe todos los días. No es fácil escribir un soneto, como sabe cualquier amante de la poesía. Bécquer es el poeta preferido de Miguel. Además escribe sus Memorias de un corredor mediocre y una novela, Mañana será hoy. Quiere que sea el albacea de todos sus escritos.

Cuando nos vamos, escaleras abajo, sentimos esa triste alegría, como alguien definió la melancolía. Volvemos a lo que hay que hacer, pero esa noche me costó dormirme, y de repente sonó mi teléfono móvil, con la música de La muerte tenía un precio. Era Pellicer, un Pellicer tenaz. “He escrito un poema.”

Fui al día siguiente. Lo recogí. Aquí está: “Correcaminos / Club de mi vida, / Que en su parida / Y en su destino / Puse ilusión. / Trénor y Lastra / Y otros valientes / Consolidaron / Su creación. / Borao y Ferrandis / Les sucedieron / Cumpliendo firmes / La tradición. / Valencia admira / Y rinde homenaje / A Correcaminos / Por el milagro del maratón”.

 
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