Lunes, 9 de abril de 2007
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FÓRMULA UNO
Alonso devuelve a McLaren a la élite
Alonso logra el primer triunfo con su nuevo equipo en un doblete con Hamilton
A la segunda ha sido la vencida. Fernando Alonso ganó ayer su primer Gran Premio con su nuevo equipo. McLaren-Mercedes apostó por el campeón del mundo y muy pronto ya le ha dado resultados. Además del triunfo del asturiano en Malaisia, el británico Lewis Hamilton se hizo con el segundo puesto, mientras los Ferrari de Kimi Raikkonen y Felipe Massa, que partían como favoritos, defraudaron.
El piloto asturiano Fernando Alonso celebra con champán su victoria en el Gran Premio de Malaisia.
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No había que recurrir a ninguna enciclopedia sobre la historia del automovilismo ni urdir a toda prisa un master en ingeniería mecánica. Ni siquiera fiarse de consejos interesados o aplaudir por aplaudir a un doble campeón del mundo. Basta con seguir la ola del sentido común, del deporte de alto nivel, de la vida misma. El que es bueno en su profesión, lo es siempre, en cualquier lugar y situación. Las personas no cambian, no al menos de la noche al día. Y algún brazo divino tocó con la varita a Fernando Alonso y convirtió su talento en don. Conduce de fábula, interpreta cada movimiento en un circuito a la velocidad del rayo. Nació para esto. También con McLaren gana.

La duda razonable se había instalado en todo aquel que mira a Alonso con curiosidad, los que se alegran de cada uno de sus éxitos y los que imploran para que pierda. ¿A cuánto saldría el cambio? ¿Era McLaren la elección correcta? ¿Funcionaría un coche que el año pasado se arrastró? Alonso simplifica mucho los pronósticos. Deja poco margen para la conjetura. Cuando se ajusta el casco, todo lo que le rodea navega en la abundancia.

Sucedió en Renault, donde levantó hasta la cúspide a una escudería potente pero de mitad de pelotón, de puestos UEFA, y sucede ahora en McLaren, un emporio con tradición y peso en el mundillo que no admitía un año en blanco (la última victoria se remonta a Japón en 2005, con Kimi Raikkonen). Es un seguro de vida, un animal de competición.

Su debut en Australia ya alentó hacia una temporada de repetición, sin tránsito ni vendas en los ojos. Es más que probable que Alonso se retire joven de la Fórmula 1 si no tiene un coche para ganar. Y allí viajó detrás de Ferrari, pero inmerso en la pomada, al acecho. Resulta que por una de esos detalles imperceptibles para el ojo de un piloto, mucho más para un mortal común, el McLaren evolucionó unas leguas en Malasia. Unos gramos menos del tanque del aceite o dos juntas más ligeras suponen a los ojos de los ingenieros cuatro o seis milésimas de mejora. Suficiente para un piloto de F-1.

Sólo hay una cuestión impredecible, las reacciones humanas. Y por ahí encontraron Alonso y su compañero Lewis Hamilton la rendija para colarse en el portal de Ferrari. Salió primero Felipe Massa, punta de la tenaza roja que formó con Raikkonen para emparedar a Alonso. Pero salió mal el brasileño. Abrió la puerta, dejó gratis el pasillo interior de la amplia pista de Sepang y tanto Alonso como Hamilton se jugaron el bigote para dar un giro total a la carrera.

Donde se anunciaban dos Ferrari al acoso y derribo de Alonso se planteó otra panorámica. El campeón del mundo en escape libre y su compañero, el fantástico novato de 21 años, en función de secante tapón para Massa y Raikkonen. La ansiedad pudo al brasileño, que intentó esconder la pelusa debajo de la alfombra en dos escobazos. Quiso pasar por encima de Hamilton en un ataque abrasivo, descontrolado. Y el inglés tiene madera. Tampoco hay dudas de eso.

Aguantó como un titán la embestida de Massa en el final de recta de la vuelta tres. Tijera cruzada de ambos, mutuo adelantamiento en cien metros, y nueva oportunidad diez kilómetros más adelante. Ahí claudicó el brasileño y se definió la carrera. Hamilton cerró el hueco, trazó con más finura y el inquieto suramericano acabó mascando hierba. Perdió doce segundos, descendió al quinto puesto y se acabó la historia.

Por una vez la película no se decidió en los paradas, en el movimiento de la manguera de la gasolina, sino en la pericia de los pilotos. Cuestión magnífica ésta para un deporte excesivamente milimetrado. Alonso encadenó vueltas rápidas sin enemigos en el horizonte y Hamilton contuvo sin inmutarse, como si llevase diez años al volante, a un Raikkonen limitado por el motor Ferrari herido en Australia.

La Fórmula 1 sigue donde aparcó hace seis meses. Un español que conduce con los ojos cerrados gobierna en un nido de tiburones.

 
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