Lunes, 9 de abril de 2007
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FÚTBOL | LEVANTE U.D.
El Levante empata en casa ante el Betis (1-1) y sigue a salvo del descenso
El Levante se adelanta en el marcador tras completar un buen primer tiempo pero se muestra muy inocente y sin argumentos para contrarrestar la reacción del Betis
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Después de 29 partidos, optimistas y pesimistas deben tener claro una conclusión que escapa a conceptos como mala suerte, arbitrajes en contra, actitudes y aptitudes de futbolistas propios, de entrenadores y hasta, por qué no, dirigentes. Si el Levante se ha arrimado al borde del infierno es porque realmente no merece otra cosa que digerir esta mezcla de incertidumbre y de pánico hasta la última jornada. Demostrado está que el Levante no sabe escapar por si solito del pelotón de los torpes. Si aún palpita es porque el resto de compañeros de viaje todavía tienen peor pinta.

El puntito de ayer viene a confirmar que la capacidad de estos futbolistas es mucho más limitada de lo que algunos creían, que Abel no es mejor que López Caro y que cualquier rival que preste un poco de atención es capaz de hacer mucho daño al Levante, que necesita como el respirar cortar la sequía de siete encuentros consecutivos sin conseguir la victoria. El Betis apareció por el Ciudad de Valencia con el único ánimo de empatar y con cuatro cositas y tres cuartos de hora de cierto rigor futbolístico sacó tajada. Luis Fernández sólo quería el empate y se lo llevó. Abel, espectador de lujo en el palco, soñaba con un triunfo y se quedó con la impotencia propia y del colectivo como único consuelo.

Igual de daño causó la derrota contra la Real una semana antes que el empate cosechado este domingo. La diferencia es que en esta ocasión lo vieron en directo miles de levantinistas. Toda esa gente creía que la predisposición con al que salieron sus jugadores en el primer tiempo iba a ser suficiente. Y no. Era posiblemente una jugarreta verdiblanca. Si el Levante insistía era porque el rival se dejaba. Sólo pasada la media hora Descarga se disfrazaba de delantero y capturaba parte del botín en juego. El capitán hizo el 1-0 después de que Salva lo hubiera intentado en un par de ocasiones. Descarga repartió felicidad festejando el tanto con todos los titulares y, posteriormente, marchándose al banquillo para repetir la escena con los suplentes. El lateral es de los poquitos que parecen darse cuenta de que lo que hay en juego es cosa de todos.

Mejor panorama imposible. El Levante había hecho lo más difícil: meter un gol. Hoy en día es casi un objetivo inalcanzable para muchos equipos, y en este aspecto la formación valenciana es de las que tienen un tremendo déficit en este sentido. Cierto es que está Salva y no hay excusas, pero también es verdad que el aragonés necesita que alguien le meta algún balón en condiciones para enchufarlo. Si el equipo no le alimenta, él pasa hambre y el Levante acaba apagándose.

No obstante, con la evidente pero falsa racanería del Betis y con la aparente solidez azulgrana, lo lógico era pensar que por fin se podría dar uno de esos cuatro pasos de tres puntos cada uno que se ha fijado Abel como objetivo para la salvación. Pero no. El descanso fue lo peor que le pudo pasar a los levantinistas. Y eso, aún teniendo en cuenta que el resto de marcador estaban colaborando. En un cuarto de hora, a Luis Fernández le sobró para marcar distancias entre un equipo y otro y entre él y un entrenador, como Abel, que pese a toda su experiencia en Primera como jugador, aún está formándose en la dirección.

El técnico verdiblanco rearmó a los suyos. Retrasó al polivalente Miguel Ángel, apostó por Xisco pegado a la banda, metió a Caffa y despertó a su gente. La jugada la salió redonda y el Levante fue desinflándose. Se perdió el ímpetu en ataque inicial, la consistencia en el centro del campo y la seguridad atrás. La resistencia de Molina no fue suficiente. El primer aviso lo dio Xisco, luego Robert en dos ocasiones casi a bocajarro pero al final, por insistencia, lo consiguió.

El Levante había dilapidado su gol, su fortuna. En lugar de armarse de paciencia y de valor para defender el botín que tenía, cayó con estrépito. Sólo la caída de Rubiales dentro del área y los coletazos de rabia de Salva en un par de intentos permitieron un mínimo de duda sobre el resultado final. A la desesperada y tras patinar en los ajustes, Abel llegó a dejar solo a Tommasi para el centro del campo con el ánimo de que Reggi consiguiera un milagro que no llegó. Tampoco había casi tiempo para ello. Falló el árbitro en lo del penalti que no pitó a Rubiales pero también fallaron los levantinistas en no morder cuando debían hacerlo y el entrenador en no parchear las aportaciones que sobre la marcha hizo el rival. Eso sí, la jornada permite un respiro.

 
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