Domingo, 8 de abril de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

Castellón
Telecapirote
JOSÉ JAVIER ESPARZA

Todos los años pasa igual: cuando llega Semana Santa, la programación parece la misma que la del año anterior, y esto es así desde los tiempos de la tele en blanco y negro. Y cuando alguien quiere innovar, las posibilidades de quedar bien son tan altas como las de quedar mal. Antena 3, que ha quedado muy bien con La Pasión de Gibson, empezó rematadamente mal con la tv-movie Devorador de pecados. Cuatro, que empezó de pena con El código Da Vinci, ha mejorado un poco con el documental El Éxodo descifrado.

Pero, ¿qué tiene que ver el Éxodo con la Semana Santa? Lo mismo que la película Espartaco, que también vemos todos los años; es decir, nada. Aunque la palma se la ha llevado TVE-1, que en la noche del Viernes Santo, y dentro de La tele de tu vida, nos obsequió con un zaping de temática religiosa donde la visita de Juan Pablo II a una sinagoga romana ocupaba el mismo lugar que una parodia de Cruz y Raya sobre un coro de monjas. Se imagina uno al rector del programa, con la hoja de programación sobre la mesa, gritando al propio de turno: “¡Niño! ¡Me buscas en el archivo y me traes todo lo que tengas de curas y de monjas!”.

Y ahí llega ese propio, con un montón de latas bajo el brazo, dispuesto a mezclar al padre Mundina y a Martín Descalzo, que en paz descanse, con una parodia de Martes y Trece o una historia picantona del Arcipreste de Hita, que era cura al fin y al cabo. Esto es algo así como programar un ciclo monográfico sobre nieves y deportes de invierno, y meter dentro del saco la película Viven, aquella historia terrible en la que unos señores perdidos en los hielos andinos tuvieron que comerse a sus compañeros muertos para sobrevivir.

La parte seria del asunto: es evidente que hay un problema de fondo, y es la dificultad de insertar un acontecimiento religioso y cultural como la Semana Santa en una sociedad formalmente secularizada y en una televisión que ya es puro espectáculo. En un contexto así, las opciones de programación son necesariamente limitadas: puedes hacer información y llenar la pantalla de procesiones, pero eso es inevitablemente aburrido; puedes hacer divulgación y extenderte sobre la belleza de las tallas o la historia de las cofradías, pero ahí el margen de maniobra es corto; puedes hacer espectáculo y atiborrar la ‘parrilla’ de películas de romanos, que es lo que habitualmente se hace, pero por esa vía terminas repitiendo año tras año las mismas cosas.

Y ahora, sinceramente: ¿No ha llegado el momento de que la tele se emancipe de las películas de romanos y, sobre todo, de que los católicos se emancipen (nos emancipemos) de la televisión? Hay un año para pensarlo.

EL INVENTO DEL MALIGNO

 
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