Sábado, 3 de marzo de 2007
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Segundo Domingo de Cuaresma
Él transformará nuestro cuerpo... en glorioso
Sólo la Palabra de Dios podía abrirnos una esperanza tan dinamizadora cuando vamos creciendo en la experiencia de la debilidad y deficiencias de nuestro cuerpo. De todos es conocido que para el Apóstol Pablo el cuerpo indica toda la realidad personal en su aspecto humilde frente al espíritu que vivifica y da energía elevando y dignificando a la persona. Esta dignidad de la persona humana, tal como la podemos entender, de tejas abajo, está fuertemente sometida a unas presiones internas y externas que acaban deteriorando notablemente nuestra capacidad de resistencia.

Aquí en la tierra ya no cabemos una vez hemos acabado nuestra existencia; en el mejor de los casos podrán evocar nuestras gestas, pero nadie podrá devolvernos la gloria de volver a vivir. En cambio, Pablo asegura a sus amigos los habitantes de Filipos que nuestro destino no es la muerte y el olvido, de alguna forma ignominioso, sino la vida gloriosa en el cielo, ya que de él somos ciudadanos.

Es como si quisiera recordarnos que nuestra verdadera identidad no radica en el momento de nuestro nacimiento que nos declara naturales de esta tierra y vecinos de la misma, sino que somos criaturas de Dios, diseñadas para la vida, e invitadas a incorporarnos en el destino glorioso del Hijo de Dios encamado; nuestra patria es el cielo. Por la fe en Jesús, cuyo cuerpo glorioso ya reina de pleno derecho en el cielo, también nosotros podremos empadronarnos como ciudadanos del cielo.

Esta incorporación al Reino de Dios requiere la transformación de nuestro cuerpo humilde, de nuestra existencia aquí en la tierra. Este cambio no va a anular nuestra condición humana, nuestro nacimiento, ni nuestro carácter o temperamento, ni siquiera va a aniquilar nuestro cuerpo. Lo que nosotros entendemos que hace la muerte, pensando que es un final definitivo, no responde al pensamiento cristiano que Pablo enseña a los filipenses: la muerte, ella misma, ha sido vencida definitivamente por la Vida. Ese es el misterio revelado en la Resurrección de Cristo, que nos abre el camino del cielo.

Toda incorporación a este misterio de vida en el cielo pasa por la fe, por la aceptación libre y responsable de ese don, que Dios brinda a todas sus criaturas. De ahí la importancia que adquiere el conocer la bondad y grandeza de ese don. Menospreciar las cosas de Dios no siempre es una actitud de rechazo y negación; es casi siempre una actitud necia, inconsciente o ignorante, que sobreestima los valores de esta tierra por encima de los valores del cielo.

Quizás necesitamos profundizar nuestro conocimiento sobre lo que significa la transformación de nuestro cuerpo humilde en cuerpo glorioso. La energía de Dios, la misma que nos creó, la que se va manifestando en nuestra existencia terrenal a través de las mociones del Espíritu Santo, que habita y vivifica lo más profundo de nuestro ser, ella, sí puede transformar nuestro cuerpo e incorporarnos al cuerpo glorioso de Cristo. No tengamos miedo a perder nada de nuestro yo, de ese yo que va a subsistir como ciudadano del cielo.

 
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