Sábado, 3 de marzo de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

carta semanal del arzobispo
Defensa de la caridad
LEntre algunas personas de nuestro tiempo, la expresión “obras de caridad” no encuentra una acogida favorable porque la asocian a personas que quieren hacer exhibición de sus buenos sentimientos a costa del sufrimiento humano. Las enseñanzas de Jesús nos advierten con claridad de este peligro que deforma el verdadero amor.

La verdadera acción caritativa de la Iglesia se encuentra claramente alejada de los actos de lucimiento personal o de mera finalidad de propaganda. Quien colabora con las organizaciones católicas que realizan un servicio de caridad sabe que quien desempeña esas obras es el propio Cristo, a través de la Iglesia que es su Cuerpo. La verdadera caridad cristiana nunca es un gesto individualista o de lucimiento individual. El verdadero servicio hace crecer en dignidad tanto al que se entrega a los demás como al que recibe la ayuda. Por el contrario, son siempre falsos los modos de servir que ofenden al que recibe la ayuda.

Benedicto XVI, en su Carta Encíclica «Deus caritas est», subraya todos los elementos que contribuyen a que la caridad dentro de la Iglesia exprese el máximo respeto y consideración hacia la persona que recibe la ayuda. El colaborador de toda organización caritativa católica ha de querer trabajar con la Iglesia y, por tanto, con el Obispo, con el fin de que el amor de Dios se difunda en el mundo.

No todos los proyectos de solidaridad tienen esa misma pretensión de humildad. La apertura interior a la dimensión católica de la Iglesia ha de predisponer al colaborador a sintonizar con otras organizaciones al servicio de las diversas formas de necesidad. Pero sin que ello sea ocasión para perder la fisonomía propia del servicio que Cristo pidió a sus discípulos, y que se resume en el Himno a la Caridad de la Primera Carta de Pablo a los Corintios (1 Cor 13).

Benedicto XVI insiste en que la actuación práctica resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor al ser humano, un amor que se alimenta del encuentro con Cristo. La íntima participación en las necesidades y sufrimientos del otro se convierte así en un darme a mí mismo. El Santo Padre nos hace ver que éste es un modo de servir que hace humilde al que sirve, ya que no adopta una posición de superioridad ante el otro, por miserable que sea momentáneamente su situación. Para inspirarse profundamente en esta actitud hay que poner los ojos en Cristo, quien ocupó la cruz, el último puesto en el mundo, y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente.

Quien es capaz de ayudar reconoce que de este modo también él es ayudado, y tiene viva conciencia de que poder ayudar no es mérito suyo ni motivo de orgullo. Al contrario, es una gracia del Señor, un regalo suyo. Quien ayuda sinceramente no está inmune ante la tentación del desaliento. El exceso de necesidades y lo limitado de sus propias actuaciones pueden crear una profunda inseguridad. Entonces le aliviará saber, señala el Papa, que él no es más que un instrumento en manos del Señor.

Muchas personas generosas se han visto superadas por el deseo de remediar el sufrimiento humano sólo con sus propias fuerzas. Sólo la ayuda de Dios es capaz de mantener una generosidad constante que se reconcilia con la propia limitación y flaqueza.

Esta misma semana, hemos asistido con gozo a la conclusión del proceso diocesano de canonización de un valenciano ejemplar que supo canalizar la caridad de los seglares de su tiempo en beneficio de las personas que sufrían enfermedades mentales. Que el ejemplo cercano y tan apreciado por los valencianos del Padre Juan Gilabert Jofré nos sirva para canalizar el amor, el respeto y las soluciones materiales que necesitan tantas personas aquejadas de soledad, depresión, vacío interior o de las frustraciones que crea la falsa sociedad del bienestar material.

En el tiempo de Cuaresma, en el que la Iglesia recomienda la limosna como signo de conversión, aprovechemos estos gestos de generosidad. Cáritas, Manos Unidas, la Fundación Ad Gentes, la Fundación Arzobispo Miguel Roca-Proyecto Hombre y tantas otras instituciones en beneficio de los necesitados, de los inmigrantes, de las mujeres maltratadas o de los que sufren los efectos de las drogas, la guerra, son instrumentos eficaces de las manos de Cristo en el siglo XXI.

Con mi bendición y afecto.

 
Vocento

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