Los arrojados madereros del Turia

Durante cinco siglos al menos, gentes de Chelva y de la serranía valenciana conducían, en una arriesgada travesía, río abajo, los árboles cortados hasta la ciudad de Valencia

F. HERRERO
Grabado antiguo mostrando una maderada conducida río abajo./
Grabado antiguo mostrando una maderada conducida río abajo.

E ran gente bragada. Tenían que serlo. Ustedes lo han visto en el cine... Pero aquí, en el río Turia, también unos hombres arrojados “montaban” sobre pesados, resbaladizos y peligrosos troncos cortados que flotaban sobre el río y los dirigían aguas abajo, hasta Valencia, sorteando los obstáculos del curso fluvial, con palos y ganchos como toda ayuda a su pericia.

Del valor de estos hombres –en otro capítulo de sus peripecias–, da cuenta el senador, novelista y periodista valenciano de mediados del siglo XIX, Joaquín Pardo de la Casta, nacido en Chelva, que en una crónica destaca como los madereros de Chelva –de donde procedían por tradición la mayoría de los dedicados a ese arriesgado oficio– “se batieron con heroísmo contra las águilas francesas en el sitio de Zaragoza”. Efectivamente está constatado que madereros de Chelva formaron un batallón de fusileros durante la Guerra de la Independencia.

El párrafo corresponde a una crónica donde Pardo relata la exhibición que los madereros efectuaron en Aranjuez donde se hallaba la reina Isabel II y su corte: “Los madereros –escribe– ejecutaron las maniobras de su oficio con presteza y habilidad y construyeron un puente movedizo, pero seguro, por el cual su majestad, seguida de sus aristocráticas damas, cruzó el río”...

Espectáculo impresionante

Volviendo a sus tareas originales, debía ser un espectáculo impresionante ver bajar por el río un caudal de troncos que podía ser enorme. Dice Vicente Vidal Corella en una crónica publicada en LAS PROVINCIAS: “La conducción de la madera por el río Turia era efectuada por un ejército de madereros, generalmente de la villa de Chelva, en la serranía valenciana, donde eran contratados por su antigua fama y destreza en la conducción de las peanas. Conducción que nunca ocupaba menos de un centenar de hombres, llegando a veces a triplicarse”.

Si Vidal Corella cifra “peanas” conducidas por 100 a 300 hombres, multipliquen e imaginen el cuantioso número de troncos que podían componerlas y el espectáculo que ofrecían. Vidal no duda en decir que “constituía uno de los mayores espectáculos de la época”.

“Hasta el punto –dice– que cuando en el siglo XVI la ciudad urbanizó el caudal del río, construyendo los pretiles, no sólo como defensa de la ciudad, sino también como paseo, instaló en el de la Pechina, cerca del azud de la acequia de Robella, un largo banco de piedra donde tomaban asiento los representantes de la Junta de Muros y Valladares –institución creada en 1251 para la construcción y conservación de obras públicas– para inspeccionar, y disfrutar, el paso de las peanas de madera conducidas a flote por el agua por aquel valeroso ejército de madereros.’’

“La terra del ganxo”

Cuando la “peana” era más voluminosa de los habitual se acudía a la busca de gentes de Ademuz y Cofrentes, eso, dice Vidal, que no cita, sin embargo, a otros que también faenaban con los troncos. Me refiero a los “rusafíes” –a mí me gusta llamar así a los nacidos en mi barrio, Ruzafa, rememorando el gentilicio árabe de los fundadores del lugar, los musulmanes valencianos, especialmente cuando hablo en valenciano–, que cuando las “peanas” llegaban ya cerca del núcleo urbano de Valencia se unían a ella como una especie de “prácticos” del curso final del río. A mi me lo contaba mi abuelo y a él supongo que el suyo, hasta remontarnos a alguien de la familia que lo vio o, incluso, participó en el transporte de troncos..., que eso no lo sé.

Juan-Luis Corbín en su libro da una explicación –entre otras que también cita– a la definición de Ruzafa como “la terra del ganxo”. Dice Corbín que tal nombre se debe a que “con ganchos se sujetaban los maderos que venían por el río”. Y recuerda que “entre los atributos que ostentan los acequieros mayores a guisa de bastón, llevan estos en el extremo del palo un gancho”.

Primera ordenanza en 1397

Vuelvo a la crónica de Vidal Corella que dice que “desde remotas fechas y por el curso que llevaban las aguas del río, navegaba un ejército acuático conductor de la madera que, procedente de lejanos pinares, llegaba a la ciudad de Valencia, como señala una deliberación de 1397, por la que se ordena que ‘la fusta de pi que sol ecer duyta per laygua del riu Guadalabiar sia treta per la rambla desus lo pont del Temple’. Esto es, que las autoridades valencianas de aquella época ordenaban que la madera llegada por el río debía ser depositada junto al puente del Real, en la rambla que formaba frente al edificio del Temple”.

“Las leyes forales obligaban a los interesados por cuya cuenta bajaban a Valencia la madera por el río, que luego que ésta llegaba se pusiese a secar fuera de las barbacanas, de manera que éstas mediasen entre la madera y el río, ‘y assí la apilavan entre los portales Nuevo y de Serranos o entre el de Serranos y el de la Trinidad, otros en la Alameda, que no estava cultivada, o el Llano de la Zaidía, por lo cual aunque el río viniese crecido y furioso, los maderos quedavan assegurados y no eran de perjuicio a las barbacanas y a los puentes.’’

En 1830, el intendente corregidor de Valencia ordenó que la madera no podía ya ser almacenada en el río y tenía que transportarse por sus dueños a las propiedades particulares. Pero –dice Vidal– las maderadas todavía llegaron por el río hasta bastante tiempo después y cita un periódico del 10 de febrero 1867 que informa de que “la remesa de maderas que periódicamente abastece nuestro mercado, acaba de llegar a las puertas de la capital y los maderos se apilan delante del puente Nuevo”.