La corte virreinal del Reino de Valencia

DANIEL SALA
La corte virreinal del Reino de Valencia

Magnífica la exposición y también la publicación del estudio sobre los planos del Palacio Real, editado por el Ayuntamiento de Valencia e impreso por Rotodomenech, que es lo que realmente queda después de la misma. Y si a ello añadimos los también recientes hallazgos de los frescos de Pablo de San Leocadio en el ábside de la Catedral de Valencia, ciertamente nos lleva a replantearnos el papel desempeñado por nuestra ciudad en aquellos momentos del tránsito de la cultura bajomedieval al mundo renacentista.

Trasladémonos a los tiempos en que el Palacio del Real se convirtió en el centro neurálgico del reino de Valencia con la reina Germana de Foix y su esposo, Fernando de Aragón, duque de Calabria. El desconocimiento y controversia que siempre ha habido sobre la reina Germana, quizá sólo conocida por haber estado casado con el rey Fernando el Católico y la dura represión llevada a cabo contra las Germanías, es lo que nos lleva a dedicar unas páginas a aquella Valencia del quinientos cuando, después de enviudar de su segundo esposo, el marqués de Brandemburgo, casó con el culto duque de Calabria.

Fue Germana una mujer de su tiempo, criada en la corte francesa de Luis XII y Ana de Bretaña, con una educación que la familiarizó con un mundo renacentista de fuertes vínculos italianos. Amiga del lujo, del baile, de la buena mesa, de los vestidos y joyas así como de los cosméticos y perfumes; pero, también gustaba de la conversación ingeniosa y espiritual.

Ambiente cortesano

Con este bagaje cultural, ayudó a crear un ambiente cortesano en la Valencia del XVI ya que, mientras la corte imperial de Carlos V, nieto de su primer esposo, era una corte itinerante, aquí en Valencia, bajo los auspicios de la última reina de Aragón, se creo una corte estable al modo de las italianas de aquella época; una corte de damas y caballeros donde la poesía, el humanismo, la diversión, dieron tinte cultural hasta que los conflictos políticos y religiosos acabaran con ella. De esta forma, la corte virreinal enlazó con otras cortes europeas y situó a Valencia en la órbita cultural de su tiempo.

Fernando de Aragón, hijo del rey Federico III de Nápoles, fue testigo de la confrontación hispano-francesa por el dominio de Italia. Tras los éxitos del Gran Capitán en Nápoles, fue traído a la Península en 1503 y confinado en el castillo de Xàtiva, de cuya prisión le liberó en 1523 el Emperador por su fidelidad, ya que los agermanados le habían ofrecido liderar su causa. El mismo Carlos I facilitó su boda con la reina Germana, entrando ambos en Valencia como virreyes el 28 noviembre de 1526 por la puerta de San Vicente hacia la Catedral, donde juraron su cargo.

La culta personalidad de ambos esposos hizo de aquella residencia una de las más ricas de España. Las expresiones de admiración que el alemán Jerónimo Münzer le dedicara en su visita de 1494, hablando de la belleza de sus jardines, alcázar y numerosísimas estancias, se quedaban cortas ante las reformas y cambios introducidos por los nuevos residentes.

Mas, ¿qué otros personajes poblaban y animaban aquellas estancias y jardines? Muerta la destronada reina de Nápoles, Isabel de Balzo, madre del duque de Calabria, llegaron las infantas Julia e Isabel y, con ellas, Marcia Falconi, que había criado al duque y sus hermanos, Beatriz de Rufelli, Joana Calva, Joanella de Penya y otras damas que habían servido a la difunta reina Isabel. Estas, aunque no tuvieran una gran influencia en la corte, representaban con su lengua y costumbres una influencia forastera.

Pero, dejando aparte aquellos que por su cargo oficial tenían más o menos acceso al palacio, hay que recalcar que uno de los más representativos fue, sin duda alguna, don Luis Milán. De ilustre cuna, destacaba por sus habilidades musicales que le llevaron al servicio del rey Juan III de Portugal, quien le nombró gentilhombre de su corte. Vuelto a su tierra, gustaba recordar las cosas lusitanas y animaba con su presencia e ingenio las frecuentes fiestas con barniz cultural que siempre gozaron de la simpatía del culto duque, como demuestra el amor que siempre tuvo hacia sus libros que le acompañaron en su azarosa vida. La visita que Claude de Bronseval le hiciera en 1532 lo testimonia: “... el virrey que estaba entonces en su estudio lo recibió con cortesía. Había allí más de doscientos volúmenes, pues era extraordinariamente amante de la literatura...”.

Con el tiempo, esta excepcional biblioteca de códices pasaría a propiedad, con todos sus bienes, del monasterio mausoleo jerónimo por él fundado de San Miguel de los Reyes y, tras la desamortización, a la Biblioteca Histórica de la Universidad de Valencia, donde se conservan cual preciadas joyas, patrimonio del pueblo valenciano. Su estancia en el monasterio jerónimo viene a dar cierto sentido a la decisión del gobierno valenciano de ubicar allí la Biblioteca Valenciana. Fue don Luis Milán más conocido por sus obras. En 1535, Francisco Díaz Romano imprimió en Valencia su , del que sólo se conserva un ejemplar en la Biblioteca Nacional. Una sencilla obrita de entretenimiento que consistía en que un caballero con el libro cerrado entre sus manos, rogaba a una dama que lo abriera y ambos debían hacer lo mandado en las páginas por las que el libro fuera abierto; así, bailar, descalzarse, suspirar, arrancarse cabellos, no hablar durante una hora, tumbarse en el suelo, reír sin alegría, decir una mentira, pincharse la lengua con una aguja…

Aunque esté escrito en castellano, se cuelan algunos valencianismos, como cuando dice la dama: “Levantaos a saltar, / que saltando ganaréis / algún baque que daréis”; y el caballero responde: “Si saltando yo pudiese/ dar un baque do querría, / nunca me levantaría”. El castigo al caballero que no obedeciera consistía en ausentarse de la sala de juego.

Más importante fue su obra ...”, impresa por el mismo Díaz Romano, en 1536, y dedicada al rey de Portugal, elogiada por musicólogos y famosa en toda Europa. Pero, la obra más importante de Milán, en relación con la corte del duque de Calabria, es la que en 1561 imprimió Juan de Arcos en Valencia; se trata del ; obra inspirada en de Baltasar de Castiglione, de menor trascendencia, aunque con personalidad propia.

Dedicada a Felipe II, el autor manifiesta su propósito de dar consejos para bien hablar y presenta a todos los personajes de aquella corte virreinal entre los que figuraban algunos habilitados por don Fernando de Aragón “haciendo que hablen en nuestra lengua valenciana como ellos hablaban, pues muchos que han escrito usaron escribir en diversas lenguas, para bien representar el natural de cada uno”; se trata del mejor testimonio de aquella vida cortesana en la Valencia del XVI.

Otros personajes destacaron en aquella corte virreinal: el poeta Juan Fernández de Heredia, alguna de cuyas composiciones figuran en el de Hernando del Castillo (Valencia, 1509), y que versificaba igualmente en castellano y valenciano; Juan Mey imprimió en 1562 . También el poeta Francisco Gilabert de Fenollet, más conocido por Francesc Fenollet, amén de un sinfín de cortesanos que aparecen en las obras citadas, a los que habría de añadirse el complemento de toda corte: dos bufones: el catalán que se hacía llamar “canonge Ester”, ocurrente y siempre en continua riña con “Gilot”, el otro bufón.