La cárcel de las Torres de Quart

El Portal de Quart y el de Serranos se libraron de la piqueta cuando en 1865 se derribaron las murallas porque eran entonces prisión de la ciudad

F. HERRERO
Un detalle del interior de una de las torres del Portal de Quart./
Un detalle del interior de una de las torres del Portal de Quart.

L as dos puertas de la antigua muralla de Valencia que quedan en pie con sus magníficas torres, las de Serranos o dels Serrans y las de Quart, se libraron de la piqueta, cuando en 1865 se inició el derribo de la muralla y con ella de las puertas de la ciudad –algunas simples portones, pero otras, arquitecturas de valor histórico y artístico– porque cumplían en aquel entonces función de cárceles de la ciudad.

Gracias a esa circunstancia hoy conservamos en Valencia una de las mejores muestras del gótico militar que hay en Europa: las Torres de Serranos. Quizás por eso se ha escrito más de ellas –Juan-Luis Corbín las distingue como uno de los “grandes” portales de Valencia– que de sus “hermanas menores”, las Torres de Quart, que también han sido las segundas en restaurarse.

Aunque los valencianos se sorprenderán de la belleza, en su esbeltez maciza, de las Torres de Quart cuando terminen los actuales trabajos de restauración, que dejarán a la vista la original obra medieval, además, con su color primigenio y característico –herencia de la época musulmana y las alcazabas de Al Ándalus– que no es otro que el rojizo, color tierra rojiza.

Cárcel militar

Hace unos días, LAS PROVINCIAS reseñaba para la Historia en sus páginas el hallazgo de una inscripción en la piedra, que acababa de aparecer al tirar una pared falsa que tapaba una de las salas del ala norte de las Torres de Quart.

Decía: ...

Con ello “ponía cara” a un relevante preso de los que purgaron condena en las Torres de Quart cuando fueron cárcel militar. Por los datos reunidos, se trata de un destacado oficial liberal, caído en desgracia durante la llamada “Década Ominosa” del reinado absolutista de Fernando VII, y a pesar de la fonética del apellido, miembro de una familia de antigua raigambre valenciana, con ramas en la nobleza.

Podremos ver este grafito y otros descubiertos, una vez terminada la restauración, a través de una placa de cristal que los preservará.

Las Torres de Quart pasaron a convertirse en cárcel cuando el 15 de febrero de 1586 se incendió la Casa de la Ciudad, situada entonces junto al Palacio de la Generalitat.

Aquel histórico edificio desaparecido tenía dos torres, en una de las cuales se hallaba instalada la cárcel de la ciudad.

Según recoge Vicente Vidal Corella de la narración de un testigo de la época, el caballero valenciano Francisco March, “el devastador incendio duró trece horas, no consiguiendo extinguirlo por completo hasta vencido el día siguiente”.

Los presos fueron trasladados en medio del incendio –sigue contando Vidal– a las torres de la Puerta de Quart, al torreón de la Casa de la Diputación y a la cárcel de la Inquisición. Los presos de clase noble fueron trasladados a las Torres de Serranos. Si bien, con el tiempo, quedaron estas como única cárcel de partido.

Días de gloria

Las Torres de Quart cumplieron diferentes funciones como cárcel, pues, además de prisión común y luego militar, señala Vidal que en 1649 se destinaron “a cárcel de mujeres honradas”, que “tenían anteriormente departamento especial en un caserón en la calle del Salvador”.

No todo fue servir de prisión, las Torres de Quart también tuvieron días de gloria y de pompa y protocolo. Para ejemplo, dos:

El 28 de junio de 1808, se estrelló contra ellas y sus defensores el primer intento invasor de un ejército francés, 8.000-10.000 hombres, mandados por el mariscal Moncey, que tras derrotar a tropas regulares españolas, precisamente cerca de la villa de Quart, tuvieron que batirse en retirada y, según las crónicas, en “precipitado desorden”, ante la heroica resistencia de los valencianos en la muralla de las Torres de Quart.

El 3 de mayo de 1528, por el Portal de Quart realizó la solemne entrada en Valencia el emperador Carlos V. Las crónicas cuentan que “se adornaron profusamente las Torres con ricas telas y tapices, amén de un gran artilugio que hizo descender por la bóveda del portal, coincidiendo con la llegada del emperador, tres muchachos vestidos de ángeles, que le entregaron un cetro, una corona y las llaves de la ciudad de Valencia”.