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Internacional

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El país centroasiático afronta en paralelo a la guerra el drama de que el 54% de los niños sufren deficiencias crónicas en su alimentación
23.08.09 -

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En el hospital Indira Gandhi de Kabul mueren cada semana una media de dos niños por una deficiente alimentación. Una fría estadística que se hace realidad en las tres habitaciones de la Unidad de Desnutrición que los responsables han adecuado para poder atender a los pequeños que vienen de todo el país. Bahara ha cumplido un año y pesa cuatro kilos. Su madre viajó desde Parwan a Kabul hace quince días «porque se moría» y, según las enfermeras, no podrá ser dada de alta hasta que llegue a los 5,2 kilos. Junto a Bahara, otros treinta niños tratan de recuperarse en este centro. Sus cuatro hermanos le esperan con su padre en el jardín de entrada a este hospital que permanece aislado de toda la maquinaria electoral que ha monopolizado la información internacional en la última semana. Toda su energía se concentra en sus ojos, unos enormes ojos marrones que parecen querer devorar cada instante de vida que se pone frente a ellos.
«¿Crees que alguien que tiene a su hijo así va estar interesado en las elecciones?», se pregunta el Director del centro, el doctor Nourolhaq Yusefzai. Los profesionales a sus órdenes reciben un sueldo medio de 10.000 afganis mensuales, unos 140 euros al cambio, y tiene que completar su equipo con estudiantes en prácticas y voluntarios para atender las 370 camas del centro, «de las que el Ministerio de Salud nos ha obligado a mantener libres treinta para las posibles víctimas de atentados en estos días tan críticos». El director del centro no oculta su indignación con unos comicios que han costado una verdadera fortuna -más de trescientos millones de euros- mientras en sus habitaciones cada semana mueren niños de hambre. Tampoco se calla a la hora de hablar de la presencia extranjera, «con lo que cobra uno solo de los soldados internacionales, tenemos para el presupuesto de un mes», lamenta.
Los niños apenas lloran. No protestan. Algunos duermen bajo las mosquiteras y parecen cadáveres. Permanecen en sus camas boca arriba bajo la atenta mirada de las madres que miran una y otra vez las cartulinas con las anotaciones de sus pesos, desesperadas por cada día que pasa sin que engorden un gramo. Sherifa tiene ocho meses e ingresó pesando tres kilos y medio. Acaba de superar los cuatro y su madre espera regresar pronto a Kandahar, al sur del país, donde le esperan otros siete hijos. «Es la segunda vez que la tengo que traer por culpa de los problemas que tiene en el estómago», susurra la madre escondida tras un pañuelo oscuro. Sólo tiene ojos para su pequeña, que tendrá que engordar medio kilo más para poder salir.
Cumplir los tratamientos
«La mayor parte de ellos son muy pobres y a esto se le suma que son incultos. Hay que enseñar a las madres cómo alimentar a su bebé e insistir mucho en que cumplan con los tratamientos», asegura una de las enfermeras que se dispone a pesar a Momenar en una de las básculas que se sitúan en el centro de cada operación. Desnudos y sujetados por arneses, se cuelga a los niños de un aparato que es el que dicta sentencia cada jornada. «Nueve kilos y medio», anota en su inseparable cuaderno. Momenar tiene tres años.
La malnutrición crónica afecta al 54% de los menores de cinco años en Afganistán, según datos de Unicef. « Se trata de una cifra altísima cuya razón es una mezcla entre la pobreza y la ignorancia», asegura Farida Ayari, funcionaria de la agencia de Naciones Unidas para la infancia, que comparte la opinión de los responsables médicos del Indira Ghandi. El 68% de los niños del país está por debajo del peso marcado para sus edades y el índice de mortandad entre las madres que van a dar a luz sólo es superado por las cifras de Sierra Leona. Unicef cuenta con oficinas en Kabul, Kandahar, Herat, Mazar-e-Sharif y Jalalabad, pero como el resto de agencias de la ONU no tiene acceso a un 43% del país, lo que afecta de forma decisiva a su trabajo.
Hoy no dan ningún alta en el hospital. Mojgham es quien más preocupa porque no está respondiendo bien al tratamiento. Cubierta por un pijama naranja sus puños cerrados parecen querer luchar cada vez que respira. Lo hace de forma muy pausada. Ella está sola, su madre ha tenido que ir a casa a cuidar de la prole. Duerme, pero no parece tranquila. Su estado arroja muchas dudas y mañana puede ser un día clave para saber si sobrevivirá o no.
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