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Valencia

12.07.09 -

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Los puentes representan las obras civiles por excelencia. Su mítica historia nos habla de aquellas primeras civilizaciones fluviales, de las ansias expansionistas de los antiguos imperios.
Durante siglos, primero la necesidad de facilitar la administración de los territorios potenciando los intercambios comerciales, y después la urgencia por reconstruir los itinerarios de peregrinación, determinaron la importancia de establecer numerosas vías de comunicación en las que los puentes cobraron un papel estratégico que aún hoy podemos admirar por toda la geografía europea.
Pocas ciudades españolas poseen unas defensas fluviales comparables a los pretiles valencianos, construidos a lo largo de siglos primero por la Fábrica de Murs y Valls y luego por la Fábrica Nova del Riu (1590) para salvaguardar nuestra ciudad de las peligrosas crecidas del Turia.
Su mayor esplendor tendría lugar a lo largo del siglo XVI en que se levantarían tres nuevos puentes: el de Serranos (1518), el del Mar (1596) y el del Real (1599). Paralelamente se irían ejecutando los mejores pretiles del cajero del río, en su mayoría a base de sillares (luego serían de mampostería), que se enriquecerían con sobrios ornamentos en sus barandales, rampas, escalinatas...
Desde sus inicios, esos puentes habían sido piezas claves de nuestro milenario sistema viario. Así, si el de Serranos -dels Serrans o de Al-Quantara- unía el casco antiguo de la Seu con la Al-Kudya islámica, el de la Trinidad -dels Catalans o de Al-Warraq- lo comunicaba con el arrabal de la Vilanova (hoy calle de Alboraya). Y si el del Mar era el paso obligado hacia el Cabañal, el Grao, el puerto..., el del Temple o del Real conducía al Palacio Real.
El Puente del Real, tal y como hoy lo conocemos, es en realidad el que se reconstruyó a raíz de la avenida del 1589. Ya la gran riada de 1517 se lo había llevado con anterioridad e incluso en agosto del 1528 se hundió en parte como consecuencia del peso del inmenso gentío que se agolpó para ver la llegada del emperador Carlos I, lo que ocasionó numerosas víctimas.
Sus fábricas definitivas se terminarían aceleradamente en 1598, a fin de que pudieran servir para la boda de Felipe III con la Archiduquesa de Austria. Precisamente para esta efemérides se cerraría en la muralla la puerta del Temple o de Bab el Shadchar y se abriría la nueva Porta del Real, cuya copia (fue demolida en 1868) puede verse en la plaza Porta de la Mar.
El del Real era el puente más bello de la ciudad. No en vano la comunicaba con una de las zonas más distinguidas en la que se encontraba el Palacio Real y sus delicados jardines (hoy Viveros) y el paseo del Prado (luego la Alameda).
Formado por diez arcos escarzanos sin clave, su silueta aparece resaltada por unos cuidados tajamares triangulares sobre dos de los cuales -los segundos- se elevan unos casilicios que, sufragados por el arzobispo Tomás de Rocabertí en 1682, albergan las imágenes de San Vicente Ferrer y de San Vicente Mártir, realizadas por Lleonart Esteve. Derribadas en 1936, hoy no son sino réplicas de las originales, obra de Carmelo Vicent la primera y de José Esteve Bonet la otra.
Desgraciadamente, las crecientes demandas del tráfico urbano hicieron que en 1968 -al mismo tiempo se demolía el palacio de Ripalda- se ensanchara espectacularmente (hasta veintiséis metros) arruinándose las escalinatas que bajaban al cauce.
Así, y aun cuando se hizo una ampliación en estilo conservándose su rica ornamentación barroca -pedestales, entradas, bancos y canapés en ménsula, pomos...- se cambiaron de forma espeluznante sus trazas y proporciones. Y para el peatón, desde el jardín del Turia la visión del aquel ensanchamiento resulta muy elocuente.
El triunfo de unos discutibles valores funcionales -el puente podía haberse dejado de una sola dirección o peatonalizado- sobre los estéticos, que defendió el diario LAS PROVINCIAS, propiciaría veinte años después el definitivo enterramiento de las ruinas del Palacio Real.
Mejor fortuna tuvo el puente de Serranos que se salvó de la ampliación debido al estrechamiento que se producía en las torres, o el del Mar que fue peatonalizado (ya en 1933 se había restringido el tráfico rodado) por el arquitecto Javier Goerlich (1945), quien defendió su conservación a ultranza: «es pieza casi de Museo... sin otra utilidad apenas que el puro goce de su contemplación».
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