La portada románica de la Catedral

JAVIER DOMÍNGUEZ RODRIGOARQUITECTO| Arquitecto
La portada románica de la Catedral de Valencia, vista desde la plaza del Arzobispo./
La portada románica de la Catedral de Valencia, vista desde la plaza del Arzobispo.

El 9 de octubre de 1238, el rey Jaime I entró triunfal en la Balansiya taifal, acompañado por el arzobispo de Tarragona Pedro de Albalat, que bendijo como nueva sede catedralicia la mezquita aljama de la ciudad (Ibn al-Abbar y el Libre del Repartiment refieren la existencia de diez mezquitas en el momento de la conquista).

La ausencia de excavaciones arqueológicas hace que sean escasos los datos sobre la mezquita mayor musulmana, aunque sabemos que estaba rodeada por cuatro plazas en las que había zocos y que su mihrab se había concluido en el 1105, costeado por el cadí que regiría la plaza tras la etapa del Cid.

La catedral de Valencia es una bellísima joya arquitectónica, pero sobre todo es museo y es memoria. Y, por ello, hunde sus cimientos sobre un ancestral lugar de culto, de cuyas huellas se conocen al menos primero los restos de un antiguo templo romano y más tarde los de un área episcopal visigoda, sobre la que se levantará en época islámica la mezquita mayor.

Tras la conquista, muy pronto comenzarían las obras de la ecclesia mater de la nueva diócesis, erigida en honor de Madona Santa María de la Seu. Su fachada del crucero de la Epístola, en el hastial derecho, es la de mayor antigüedad y uno de los testimonios mejor conservados de aquella primitiva catedral trecentista, de la que constituye uno de sus más preciados tesoros.

Conocida como Portal de Lleida, de la Almoyna o del Palau y también como Puerta Bizantina, Puerta Románica, sus variados toponímicos nos permiten asociar su fábrica a su devenir histórico.

Portal de Lleida alude a la repoblación y conecta con los canecillos que sustentan el tejaroz y que representan en piedra siete matrimonios nobles que, según la leyenda popular, serían los responsables de traer a la ciudad setecientas doncellas leridanas como esposas de los repobladores.

De la Almoyna (limosna) debe su nombre a la plazuela a la que recae en la que el obispo Raimundo Despont creó una pequeña casa de caridad. Y del Palau responde a una denominación más tardía (XVIII) en alusión al vecino palacio arzobispal.

La portada, destacada sobre el muro catedralicio, consiste en un hermoso arco de medio punto abocinado, compuesto por seis arquivoltas concéntricas en degradación que descansan en sendas columnas en sus extremos, sobre un basamento continuo.

El conjunto escultórico es soberbio, destacando los doce capiteles historiados con escenas (veinticuatro en total) del Antiguo Testamento. Su variada molduración de jambas e impostas (serafines, ángeles y santos, labras geométricas…) de enorme riqueza miniaturística y los detalles mudéjares, la encuadran en la escuela de Lérida.

La identificación de los relieves nos revela representaciones en piedra de los diferentes pasajes del Génesis y del Éxodo: la historia de la Salvación, desde Adán y Eva hasta el Diluvio universal en la jamba izquierda y desde Noé hasta Moisés recibiendo de Yahveh las Tablas de la Ley en el monte Sinaí en la derecha.

El célebre historiador Roque Chavás, en el Almanaque de LAS PROVINCIAS de 1900, hizo una magnífica explicación de la iconografía de la portada, que luego completaría José Sanchis y Sivera (1909), cuya obra sigue siendo imprescindible para conocer la catedral, sobre todo en época medieval.

Aunque, sin duda, es el excelente trabajo del profesor Joaquín Arnau Amó la mejor aproximación al simbolismo de la portada, desvelando magistralmente sus múltiples significados y la riqueza de un lenguaje artístico que esculpido y elaborado en la tradición de la exégesis bíblica resulta metafórico e inagotable.

La forma abocinada de la portada, que permite ese despliegue teatral de las distintas escenas encadenadas en un discurso histórico y dogmático, nos remite directamente al arco de triunfo romano, en que está inspirada.

En efecto, dos eran los tipos básicos que el mundo romano prodigaba para perpetuar la memoria de sus victorias: el arco y la columna (auténticas crónicas esculpidas de sus gestas). La cristiandad del siglo XII asume la tipología del arco para contar su historia, y así como las legiones pasarían bajo esas arquitecturas para ir guerreras hacia la victoria, el pueblo cristiano atravesaría la portada-arco para llegar al encuentro de lo divino en el interior de sus templos. Por ello, como apunta Arnau «la Portada es el Arco de Triunfo de la Reconquista de Valencia por el rey Don Jaime» y también «el reclamo de una Iglesia Medieval militante, que se presenta como Arca de salvación en el Diluvio de las incertidumbres mundanas».

No puede pues, sorprendernos el carácter historiado y sobre todo bíblico de estos elementos. La fidelidad a su origen romano se nos revela además en la forma de sus capiteles corintios, tomados literalmente de la técnica galorromana.

La misión de estos relieves-figurados no es sino lo que enunciara Suger de Saint-Denis (o mucho antes, San Gregorio El Grande) de conducir las almas de materialibus ad inmateriala y para ello se impone el simbolismo (de enorme influencia oriental) como medio de sugerir mediante formas corpóreas la idea espiritual que se quiere hacerle encarnar.

Porque como señalara Roque Chavás: «La arqueología sin la iconografía es como una lámpara de oro con la luz apagada... sólo la iconografía nos da a conocer la nueva Jerusalén bajada del cielo. Sus piedras están animadas, y cuando los hijos de la gran familia cristiana cesan sus cánticos entonces ellos continúan su tarea repitiendo con una indecible armonía: "Hossanna Filio David"».

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