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El pilotari ha superado la presión de ser hijo del legendario Paco Cabanes
30.03.09 -

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La liberación de Genovés II
Genovés II posa sonriente.
toda su vida viajó arrastrando una bola, preso del pasado, de la sombra, enorme, inabarcable, de su padre, la mayor leyenda que ha pisado un trinquete: Paco Cabanes Genovés. Pero José Cabanes, el eterno fill de Paco, también creció con un mazo en la mano. Con él derribó los muros, altos y gruesos, que se alzaban a su paso. Primero fue hacerse un nombre, ser digno de llevar el apodo del genio, de su progenitor. Lo logró. Después llegó el momento de ser grande, de contentar las gigantescas expectativas creadas a su alrededor. Y también lo ha conseguido. Hoy, con dos títulos de la Lliga Bancaixa y cuatro finales del Individual en la mochila, ha roto los grilletes. Es un hombre libre.

Pero le ha costado. Pocos conocen el sufrimiento que ha soportado este joven de 27 años. Lo saben su madre, su abuelo y, sobre todo, su hermano, el otro Paco, otro chico que creció a rebufo de la popularidad familiar. "Él, además de mi hermano, es mi mejor amigo. Ha sufrido mucho por mí." Por eso, hace unos días, Paco entró en su habitación y encontró encima de la cama las manos de Manolo Boix, el trofeo del campeón del Bancaixa. Por eso, en su bar del trinquete luce también la camiseta con la que Genovés II conquistó la primera Lliga. "Me gustaría guardarme los recuerdos, pero siempre acabo regalándolos a la gente que me quiere, les hace felices". El otro trofeo reposa en casa de su abuelo y la otra camiseta es la propiedad más preciada de Piru, un amigo.

Genovés II se conforma con las celebraciones. A lo grande. Comidas exquisitas en las que no falta la gamba de Denia, el langostino de Vinaròs o el vino Valbuena. Es su homenaje a tantas semanas de trabajo. "En los dos últimos años (ha jugado todas las grandes finales) sólo he tenido cuatro días para escaparme", se lamenta.

Pero se queja con una sonrisa. Ahora es feliz. Al fin le ha llegado el reconocimiento. No siempre fue así. Ha tenido que luchar sin cuartel contra el destino. A los 13 años los médicos le prohibieron jugar a pilota. Con tres años se cayó de la bicicleta y sufrió una malformación en el codo. Los traumatólogos repetían su diagnóstico: "No puedes jugar". Pero es tremendamente tozudo. Y no le importó seguir intentándolo. Ni siquiera cuando tuvo que tirarse nueve meses jugando sólo con la izquierda.

Después llegó la escuela de tecnificación de L'Eliana, a las órdenes de su padre, el monitor que para no generar suspicacias ninguneaba a su hijo. Llegaban las dos de la tarde y su padre aún no le había permitido jugar. Se moría de rabia viendo a sus compañeros. "Siempre volvía de morros." Ni siquiera el consuelo de su madre, María Luisa, amortiguaba el dolor. "Ella podría dar un máster en psicología deportiva. Sólo con verme entrar por la puerta ya se olía lo que me pasaba. Mi madre ha tenido un marido y un hijo pilotaris y sabe cómo tratarlos." Tal era su pasión que la noche anterior se acostaba arreglado ya para jugar a la mañana siguiente.

Pero un día cambió. Después de estar cinco horas viendo cómo jugaban los demás estalló. "Tu em puteges", exclamó ante los ojos atónitos del hombre que hacía de padre y monitor. A partir de ese día recibió un trato más ecuánime. El ansia por convertirse en pilotari germinó un 9 de julio de 1995, la fecha en la que vio desde la grada cómo su padre, mayor, muy mermado de fuerzas, doblegaba a la lógica y lograba, poniendo patas arriba el trinquete de Sagunto, derrotar a Álvaro en una final del Individual que puede considerarse como la partida del siglo. "Ahí comprendí quién era mi padre. Ese día me enamoré de ese deporte y decidí que quería ser pilotari."

Pocos años más tarde, el 6 de mayo de 1998, debutaba de blanco en Vilamarxant. "Yo siempre había visto a mi padre en la prensa, pero ese día era yo quien aparecía en los periódicos. Hasta en el sumario de las noticias de Canal 9. Fue angustioso, pasé nervios. Llegué al trinquete asustado, pero a partir del primer pelotazo ya sólo disfruté." Debutó, venció y regresó a casa feliz... y con el bolsillo bien lleno.

Genovés II pensó que ya siempre sería así. Infeliz. Cinco días después jugó en Pelayo: Rai y Alberto contra José Cabanes y Ángel de Sollana. No más de 30 espectadores en la catedral y un jornal ridículo. "Pensaba que eso era imposible. Claro, yo siempre había ido al trinquete a ver a mi padre y cuando él jugaba los trinquetes siempre estaban llenos."

Poco a poco fue bajando de la nube y cuando llegó a la tierra topó con la cruel realidad. "La presión de ser hijo de quien soy empezó a pesarme. Lo pasaba mal. La prensa a mí siempre me apretaba la rosca. Me hizo mucho daño. He aprendido a palos."

Fue inevitable. Todo el mundo esperaba que lograra emular al padre. La afición soñaba con reverdecer la época dorada de la pilota, los años en los que Genovés llevaba de trinquete a trinquete a una legión de seguidores. Tiempos de abundancia. Pero eso es imposible. Aunque el fill de Paco fuera un gran jugador, nunca llegaría ser el mejor, el más carismático, generoso, valiente. Y eso le martirizó.

Él, que ni siquiera pudo ver la grandeza de su padre, al que no llamaba papá porque casi era un desconocido al que sólo veía en casa mientras comía un plato de arròs caldós y un trozo de carne, de repente, tenía que ser como Paco. Imposible. Pero, todo obstinación, siguió persiguiendo su sueño. Cada día, gracias a su pasión por el juego, lograba que un aficionado más dejara de comparar.

Entonces llegó otro duro golpe. En la final del Individual de 2004 tuvo a Álvaro, el campeón, contra las cuerdas. Pelayo vibraba viendo al hijo del mito a punto de levantar el trofeo que ya alzó Genovés. Vencía 20-55. Sólo le faltaba un juego para ser el mejor, el número uno. Se quedó anclado. Álvaro remontó (60-55). "Fue como un sueño. A los dos días me derrumbé. Llevaba 20 años aguantando ser hijo de quien era y ahora me tocaba esto. Esos días sufrí un bombardeo."

Pero volvió a levantarse. Ha caído tres veces más ante Álvaro, pero no pierde la fe. "Ganar el Individual es lo único que me falta", asume con resignación. Aunque sabe que no es eso lo único que le falta. Nunca enterrará su última frustración si no vence a Álvaro. "Siento un gran respeto por él. Álvaro ha cambiado este deporte. Yo antes veía a los pilotaris de mi pueblo que se levantaban tarde, comían, iban al bar a tomar café, se marchaban a jugar y volvían a las tantas. Y al día siguiente, vuelta a empezar. Ahora es diferente. Todos los jugadores tenemos un preparador físico y nos cuidamos mucho. Yo soy uno de los pilotaris de la transición, del cambio al trinquete azul, de la empresa Val Net. Ahora somos deportistas a los que la gente mira y admira."

Genovés II también ha tenido su maestro: Sarasol II. "José es el pilotari que más me ha ayudado en el trinquete. León y yo le debemos muchísimo. Yo le admiraba, a él y a su hermano, pero ahora me he enamorado de él."

De su padre ha heredado, sobre todo, las manías. Cuando coge naipes para arreglarse las manos nunca usa los que llevan oros. Sigue siempre las mismas pautas, el día de la partida y la víspera, y entra en el trinquete con el pie derecho. Y en la caja de madera donde lleva sus trastos, esa que casi todos han roto después de una mala partida y que él conserva "desde el primer día", acumula viejos recuerdos, medallitas, monedas de duro y cinco duros, y el único vestigio de su padre, un búho pequeñito y viejo que nunca tirará.
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