El legado de la Exposición Regional Valenciana (1909)

JAVIER DOMÍNGUEZ RODRIGO

Este año que acaba de comenzar, nuestra ciudad conmemora el primer centenario de la histórica Exposición Regional Valenciana de 1909, auténtico hito tanto para su desarrollo arquitectónico y urbanístico como para la modernización de su sociedad. Su balance económico negativo, debido fundamentalmente al estallido de la guerra del Rif y a los sangrientos sucesos de la Semana Trágica de Barcelona, forzaría, a fin de rentabilizar la inversión, su prolongación con carácter nacional en 1910. La Valencia ferial y cosmopolita de hoy -de la America's Cup y la Fórmula 1- debe mucho a aquella efeméride y a su principal impulsor, Tomás Trenor Palavicino. Y no solamente por los dos millones de pesetas de subvención que entonces consiguió del Gobierno español, sino sobre todo por lograr que la Exposición supusiera un verdadero renacimiento en todos los campos. No en vano, el himno que él encargó personalmente para el certamen al maestro Serrano con letra de Maximiliano Thous acabaría convirtiéndose en 1929 en el Himno Regional Valenciano. El evento motivó la realización de numerosas mejoras urbanas, como la terminación del camino de Tránsitos, la urbanización del Llano del Remedio, la construcción del nuevo puente de la Pasarela, de la nueva estación de Aragón, del Matadero... Aunque quizá fue el adoquinado de las calles más céntricas y populares y de los caminos de la Soledad y del Grao lo que más haya perdurado en la memoria de muchos valencianos. Porque, como es lógico, las nuevas construcciones no se limitarían a los pabellones y recintos de aquellas 16 hectáreas junto a la Alameda. De hecho, el Ayuntamiento decretó la exención de arbitrios para quienes limpiaran y restauraran sus fachadas de Ciutat Vella. De ahí la imagen de tonos claros y abundante blanqueo que ha permanecido en nuestra retina, como color de la ciudad histórica, cuando la cartografía cromática anterior era otra, mucho más rica, variada y bien diferente de "la blancura" de aquella operación de económica cosmética. La Exposición fue una especie de pistoletazo de salida para la renovación y el progreso. A raíz de ella, la arquitectura valenciana del siglo XX generaría una amplia nómina de obras y autores, que nos legaron un universo de formas e ideas con las que interpretaron con un lenguaje propio los lugares y las topografías locales. Valencia había afrontado el cambio de siglo sumergida en un proceso de profunda transformación morfológica. Esta se había iniciado con el acceso al poder de la burguesía liberal, que propició el derribo de las murallas e importantes operaciones de cirugía interior y reequipamiento, utilizando los grandes espacios desamortizados (conventos de San Francisco, la Magdalena...). La ciudad afrontaba así uno de sus periodos más renovadores de su historia, haciéndose eco de las tesis higienistas y haussmannianas (apertura de la calle de la Paz...), de las teorías de Ildefonso Cerdá (Planes de Ensanche, Grandes Vías...) y del progresismo idealista de Howard (Paseo al Mar)... Pero sería la celebración de la Exposición la que daría un impulso definitivo al urbanismo de la ciudad, poniendo en valor las futuras zonas de ensanche (Mora) y las reformas interiores (Aymaní) con las que se plasmaba la política municipal del blasquismo. La arquitectura de aquella época evidencia el creciente auge comercial de una capital, que haría de la construcción de sus mercados -Central, de Colón...- y de la nueva estación sus principales referencias iconográficas. La Estación de Ferrocarriles de la Compañía del Norte proyectada en 1906 por Demetrio Ribes es quizás una de las más valiosas joyas de esa rica herencia arquitectónica. En ella la decoración juega un papel determinante con abundantes motivos extraídos del repertorio de la Sezession vienesa. Esperemos que su reforma con la llegada del AVE haga honor a tan soberbia obra. El Mercado de Colón se inscribe en la tradición funcional de los mercados europeos y de la arquitectura del hierro (La Madeleine de París -1824-,…). Considerado un símbolo del reformismo higiénico-sanitario, sus dos espléndidos testeros, en los que resulta patente la influencia de Doménech y de Gaudí, y la riqueza espacial de sus naves hacen de él una pieza arquitectónica única. Inserto en la vieja trama medieval, el gran Mercado Central (1910-1928), diseñado por los arquitectos Francisco Guardia Vial y Alejandro Soler March, es la obra más relevante y representativa de nuestro modernismo. Su estructura vista, su compleja cubrición, su planta irregular y orgánica, su gran cúpula de hierro, cristal y cerámica... constituyen un gran deleite para los sentidos. La ciudad iba a experimentar a lo largo del siglo XX una expansión sin precedentes. Durante la primera mitad y pese al obligado paréntesis que supuso la guerra civil, se ejecutó y consolidó la totalidad del proyecto de ensanche proyectado por Mora (1912). El futuro de los solares del convento de San Francisco como nuevo centro neurálgico de la ciudad se había ido perfilando a lo largo del siglo XIX (derribo del barrio de pescadores, apertura de las calles Barcas, Lauria...). Pero no sería hasta la construcción del cuerpo principal del nuevo Ayuntamiento (1904-1919), obra de los arquitectos Carlos Carbonell y Francisco Mora, hasta que aquella colosal operación de vaciado daría lugar al primitivo parque de Emilio Castelar posibilitando la posterior configuración -Goerlich- de la plaza del Ayuntamiento, cuya arquitectura luce ese énfasis monumental tan representativo de lo valenciano de principios de siglo. Ese centenario y soberbio espacio, sin duda el más grandilocuente y representativo de la Valencia contemporánea, corazón y escaparate de su actividad económica y política, aún hoy, proyecta una imagen autocomplaciente y megalómana. En ella se ubicaron los principales operadores públicos: Correos y Telégrafos (1915-1923), Telefónica (1926)... propiciando la implantación en la zona de las principales entidades financieras (Bancos de España, Valencia, Urquijo...), incrementando su tradición comercial y lúdica: cafés, teatros, comercios... y una enorme concentración de servicios que hacen del barrio el epicentro del poder económico y civil, la city valenciana. Hoy en día, el barrio de Sant Francesc y el sector Colón-Gran Vía constituyen un conjunto compacto que conserva, pese a las numerosas sustituciones de los años sesenta, gran número de las construcciones mayoritariamente eclécticas y Art Déco fruto de la notable actividad edilicia de la época. Porque afortunadamente la huella de aquellas Exposiciones no se encuentra tanto en esas escasas piezas aisladas supervivientes del evento -Asilo de Lactancia, Fábrica de Tabacos...- como en las sinergias urbanas que supo generar impulsando la construcción en las siguientes décadas de algunos de los grandes iconos de la arquitectura valenciana del siglo XX.

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