Irena o la otra lista de Schindler

MARTA QUEROL
Irena o la otra lista de Schindler

Esta semana, antes del fatal atentado que volvió a sacudir nuestras vidas, me llegó un mensaje por correo electrónico que me reconcilió con el ser humano. Qué poco me iba a durar. En un principio me pareció que era la típica presentación tipo cadenita, un más. Pero al fijarme vi que éste, en realidad, no era un envío masivo. Me lo enviaba una buena amiga, con una escueta frase que despertó mi curiosidad y evitó que se fuera a la papelera. No me arrepentí, aunque viniendo de quien venía eso ya lo sabía yo.

Se trataba de una presentación sobre la historia de un personaje del que nunca había oído hablar, y que en principio no estaba muy segura de que existiera. Circula cada cosa por internet… Una de esas personas que pasan por este mundo dejando una huella mucho más profunda de la que ninguno de los comunes mortales deja jamás, y que sin embargo, pasa por él casi de incógnito. Algunos habrán oído hablar de ella, sobre todo esta semana en que casi a la vez que yo me enteraba de su existencia, aparecía en prensa su fallecimiento. Porque, efectivamente, existía y, aunque su muerte no dio para grandes titulares, sí que fue noticia en contados medios de comunicación. Otros probablemente no sepan de quién hablo, o qué es lo que la hace tan especial, pero creo que merecía mucho más que estas humildes líneas que ahora le dedico y que nunca sabrá que se escribieron.

Irena Sendler tuvo la desgracia de vivir en una época y en un lugar en los que el dolor, la injusticia y la muerte eran los compañeros diarios de millones de personas, aunque ella precisamente por su condición podría haber llevado una vida razonablemente tranquila dentro de ese horror. En 1939, cuando Alemania invadió Varsovia, trabajaba como enfermera en el Departamento de Bienestar Social, y fue testigo de la creación de los famosos guetos y de las condiciones infrahumanas en que allí se hacinaban familias enteras, por el simple hecho de ser judíos.

Irena Sendler podría haberse limitado a cumplir con su labor de enfermera, controlando que las enfermedades, principalmente el tifus, no escaparan del gueto -interés en curar, por supuesto, no tenían los alemanes-, y sin embargo asumió una responsabilidad que nadie le había pedido. Sacar de aquel lugar inmundo a todos los niños que pudiera, facilitándoles una huida hacia un futuro de esperanza. Era una tarea difícil, dura y arriesgada, ya que, primero, debía convencer a los padres de que le entregaran a sus hijos, luego, tenía que hacerse responsable de salvarles la vida, sin saber realmente si lo lograría, y finalmente con ello, además, arriesgaba la suya propia. Esto no es una película, aunque bien podrían hacerla. Dos mil quinientos niños son muchos niños, mucha descendencia repartida por este mundo gracias a la generosidad y entrega de esta mujer.

Cabría pensar que tuvo suerte, que su tarea fue fácil. Nada más lejos de la realidad. Comenzó sacándolos en ambulancias, como si fueran enfermos de tifus, y conforme veía que iban matando gente se valió de todo lo que tuvo a su alcance, sacos de patatas, ataúdes, cajas de herramientas, cubos de basura… Cualquier elemento era bueno para salvar a un niño. Como sola no llegaba a todo, fue reclutando un pequeño ejército de colaboradores en el Departamento de Bienestar Social, que le ayudaron a falsificar firmas y conseguir documentos.

Su empeño desde el principio fue que los niños no perdieran su identidad, ni la posibilidad de volver con sus familias si el horror acababa. No se trataba de una de esas operaciones de robo de niños, por si alguno lo había pensado. Para ello, una vez les conseguía una nueva identidad a cada niño, la anotaba en un papel junto con su verdadero nombre y los datos que conocía de su familia, los guardaba en frascos de conserva y los enterraba bajo un manzano en el jardín de su vecino, esperando a que llegaran tiempos mejores. Pero alguien informó de las actividades de Irena, y el veinte de octubre de 1943 la GESTAPO la detuvo.

Fue sometida a múltiples torturas, le rompieron los pies y las piernas, pero no dijo nada. Fue sentenciada a muerte, pero cuando la llevaban a ejecutar, el soldado que la custodiaba la dejó escapar. Fue un pequeño milagro, promovido por la resistencia que había sobornado a aquel hombre para evitar que la identidad y paradero de todos esos niños se desvaneciera junto con la vida de Irena. Como la dieron por muerta, pudo continuar su actividad con otra identidad.

Finalizada la guerra, desenterró sus preciosos frascos y ella misma se preocupó en buscar y reunificar las familias que todavía quedaban con vida.

Irena se vio forzada con el tiempo a depender de una silla de ruedas, como consecuencia de las secuelas físicas que la tortura dejó en su cuerpo. Y, lo más impresionante, es que nunca dio importancia a lo que hizo. Cuando se le preguntaba, sólo acertaba a responder: "Podría haber hecho más, y eso me seguirá hasta el día que yo muera".

Irena podría haber mirado para otro lado, pero no lo hizo. Increíble, ¿verdad? En estos tiempos que corren, en que el sufrimiento ajeno se vuelve invisible, y se prefiere no saber lo que pasa en la puerta de al lado, Irena nos recuerda que todos somos responsables de lo que a otros les pasa, si podemos evitarlo y no lo hacemos.

Irena fue propuesta para el Nobel de la Paz, pero probablemente la aportación de Al Gore y su vídeo millonario sobre el cambio climático tienen más glamur y venden más que una anciana de más de 90 años en silla de ruedas. La humildad no se premia en este mundo. La bondad tampoco. Tal vez sea porque el auténtico premio es que exista gente así, y alguien, como mi amiga Ana, nos permita saber de su existencia para mirarnos por dentro y luchar para que, aunque solo sea un poco, lleguemos a tener algún día una mínima parte de ese espíritu. Gracias, Irena. Descansa en paz.