La silenciosa muerte del palacio de Ripalda

El decorativo castillo de la Alameda desapareció y dejó tras de sí la leyenda de que alguien se lo llevó a América

F. P. PUCHE
La silenciosa muerte del palacio de Ripalda

El Almanaque de LAS PROVINCIAS para el año 1968 dedicó su portada a la estampa, evocadora y romántica del palacete de Ripalda. En su interior, ninguna noticia, comentario, reportaje o aclaración sobre las razones de la elección de la imagen. Tácitamente, periódico y lectores se hacían el guiño, entre melancólico y resignado, de que la ciudad, en su progreso, había perdido un paisaje entrañable. A lo largo de los últimos meses de 1967, el viento del nuevo urbanismo valenciano se había llevado, sin que nadie lo evitara, el romántico caserón con traza de castillo. Y de paso, toda la Feria Muestrario que se levantaba a su lado.

Todo formaba parte de una operación urbanística de altos vuelos: el Ayuntamiento, dirigido por el alcalde Adolfo Rincón de Arellano, quería levantar en terrenos de Benimamet, las instalaciones de la nueva y moderna Feria de Muestras. Y para obtener recursos se había decidido derribar la Feria antigua, un edificio de los años treinta. Al hilo de esa operación, los propietarios del palacete de Ripalda instaron también el derribo del caserón con forma de castillo levantado en la segunda mitad del siglo XIX, que estaba abandonado y muy envejecido.

Todo se consumó en pocos meses; y con pocas palabras. Apenas hubo polémica y queja en la prensa. La nueva Feria era prioritaria. En el solar del Llano del Real, andando el tiempo, el empresario valenciano de hostelería José Meliá, pensó hacer un hotel de lujo, de diseño revolucionario, que tomaría modelo de otro, con forma de atrio, levantado en Florida. Pero finalmente no se llevó a cabo el proyecto. Dos modernos edificios -Jardines del Real y la Pagoda—terminaron por levantarse en el solar de la Feria y del palacete de la marquesa de Ripalda.

Leyenda urbana

Por aquellos años quedaron en el aire dos arraigadas leyendas. La primera dice que José Meliá no obtuvo bastante concurso financiero del empresariado valenciano para levantar su hotel. La segunda, mucho más arraigada, popular y extendida, indica que el palacio de Ripalda fue llevado, piedra a piedra, a otro lugar, en concreto de Estados Unidos, para ser reconstruido. Pero no hay nada de eso. Para empezar porque el palacete, de mampostería, no tenía sillares aunque pareciera por fuera un verdadero castillo medieval.

Para hablar del palacete en cuestión, estampa todavía adorable para la memoria de muchos valencianos, hay que referirse a don José Joaquín Agulló y Ramón Sánchez de Bellmont y Ripalda, conde de Ripalda, miembro de una familia de antiguo abolengo y propiedades en toda la provincia. La calle de Ripalda, el pasaje de Ripalda, marcan enclaves urbanos donde la familia tenía propiedades. Caballero ilustrado, don José Joaquín dedicó buena parte de su quehacer a las bellas artes: fue presidente de la Real Academia de San Carlos entre 1860 y 1868 y colaboró con la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en una época de grandes innovaciones en el campo agrario. Senador y diputado conservador en varias legislaturas, el conde de Ripalda, además, fue un gran mecenas: en agosto de 1864, cuando se funda la Cruz Roja Internacional en Ginebra, él representó a España y fue primer presidente de la institución en nuestro país.

Pero cuando el conde muere, en 1879, es cuando cobra vida propia la figura de una mujer fuerte y emprendedora, la condesa viuda de Ripalda, que hasta entonces había estado eclipsada por el esposo. Es doña María Josefa Paulin, valenciana, perteneciente a una familia de origen francés, que se puso al frente de la hacienda familiar y de las decisiones de los negocios. Para empezar, ella fue la promotora del pasaje de Ripalda, una galería comercial al estilo europeo, con elegantes cafés, donde en 1897 se ubicó un lujoso hotel dotado del primer ascensor que pudieron ver los valencianos.

La siguiente aventura de la condesa de Ripalda fue levantar su palacete en uno de los huertos que la familia poseía en las afueras, entre los Jardines del Real y la Alameda. Cerca de la acequia de Mestalla y del camino de la Soledad nació el capricho romántico de un castillo, con torres y mansardas, que tendría que evocar el de Luis de Baviera. Vicente Monmeneu dibujó los planos, el maestro José María Arnau lo construyó y la condesa inspeccionó una y otra vez las obras, según se decía triscando por los andamios y trasformando muchas veces las previsiones iniciales de la obra.

Lo ocurrido con el edificio en años sucesivos fue de manual: se convirtió en un romántico paisaje de Valencia por fuera, mientras por dentro sufría los avatares naturales de una propiedad que, al desaparecer su dueña y cambiar los signos de los tiempos, era imposible de mantener y se fue deteriorando. El resto, ya es conocido: una muerte silenciosa. Y anunciada.

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