Yo me integro, tú te integras

MARTA QUEROL

Esta semana llamó mi atención un titular de prensa en el que se hacía referencia a cómo el colectivo musulmán alertaba sobre la discriminación que sufren las mujeres con velo en nuestro país y pedían más respeto. Leí el artículo con interés y no sin cierto asombro, ya que realmente no era consciente de que existiera esa discriminación más allá de la polémica de las escuelas, pero creí que el artículo me informaría de a qué discriminaciones se refería.

Para terminarlo de liar, se aclaraba que no era una discriminación legal sino de otro tipo, pero sin llegar a explicar en concreto a qué se referían.

Me quedé reflexionando, tratando de recordar si yo había sido testigo de algún hecho destacable. ¿A qué se referirían?

Tal vez a la discriminación laboral… aunque según la mentalidad de muchos musulmanes la mujer no debe trabajar fuera de casa.

Tal vez no se les ha atendido como debieran en los hospitales públicos…. La verdad es que yo he coincidido varias veces en el Dr. Peset, en pediatría, con matrimonios de origen magrebí, y la única vez que hubo un altercado fue precisamente porque después de estar todos esperando durante una hora y cuarto, pacientemente, a que llegara nuestro turno, el señor cuya señora llevaba el en la cabeza se encaró a grito pelado con la parsimoniosa enfermera alegando que el retraso era una discriminación clara hacia su persona por ser inmigrantes, y llegando incluso al insulto. Los demás contemplábamos atónitos la escena, ya que llevábamos el mismo tiempo o más que ellos esperando, y lo más que habíamos osado era acercarnos un par de veces a ver cuántos nos quedaban delante. Está visto que si el es un signo de la cultura musulmana, esperar con la paciencia del santo Job a que te atiendan en la SS es un signo de la cultura española. Por supuesto, los gritos e insultos, aparte de hacer palidecer a la enfermera no aceleraron su entrada a la consulta, que iba por riguroso y lentísimo turno.

Pensé si tal vez es que cuando iban al mercado no se las atendía bien. No sé, por pensar algo. Yo suelo ir al mercado de Ruzafa, por proximidad, y no es difícil cruzarse con familias magrebíes por los alrededores ya que en este barrio se ha asentado una buena parte del colectivo, formando ya parte de la fauna urbana como cualquier oriundo de Ruzafa.

Y la verdad es que no podía recordar más que una anécdota en la que digamos la que no se sintió respetada fui yo, y en la que tres hombres de aspecto magrebí con los que me crucé me increparon por el simple hecho de llevar unos pantalones vaqueros. La verdad es que me asusté y apreté el paso sin mirar atrás, sobre todo pensando que iba con mis hijas y no quería problemas. Recordé entonces cómo mi madre me contaba que en su primer viaje a Arabia Saudí en una misión comercial, hace ya más de veinte años, le hicieron un corro un grupo de hombres que se iba estrechando paulatinamente en torno a ella, mientras proferían gritos agudos todos al unísono, hasta que sacó un pañuelo de su bolso -siempre llevaba uno para protegerse de los aires acondicionados- y se lo puso en la cabeza tapando su rubia melena. No iba sola, sino acompañada por dos varones occidentales, pero únicamente el pañuelo consiguió calmar la ira de los que la rodeaban y mientras se pensaban si valía la pena o no seguir increpando a aquella infiel los tres rompieron el cerco despacito y volvieron rapidito, rapidito al hotel. Aprendió que no debía salir a la calle sin cubrirse la cabeza, ya que allí era considerado una ofensa o delito grave.

Tal vez alguna mujer musulmana se ha visto en una situación similar. Espero que no. Y además me extrañaría, porque en principio, aquí, salvo alguna minoría equivalente a los ejemplos que he puesto antes y que constituyen una excepción dentro del conjunto, a nadie le importa demasiado si llevas un o un en la nariz, y si le importa, lo más normal es que se calle y no lo exprese públicamente.

Claro que el mundo no se reduce a las experiencias propias, y debe haber casos para todos los gustos, pero la percepción, y sé que esto es algo de lo que hoy en día no se puede hablar sin que te crucifiquen, es que algunos colectivos de inmigrantes en lugar de querer integrarse ellos en el lugar que han elegido como destino pretenden que los que ya estaban allí cuando llegaron se integren en sus costumbres y eso es realmente complicado. Respeto, todo y a todos, pero en las dos direcciones. Si nuestras costumbres difieren de las suyas, creo que los que deben hacer un esfuerzo por adaptarse son ellos. Como hicieron los españoles que salieron a trabajar fuera.

Muchos de ellos ya lo están haciendo, y buena prueba de ello fue la realización del congreso que dio lugar al artículo que mencionaba, pero sigue alimentándose un cierto victimismo que no se corresponde con la realidad y que no ayuda en nada a la integración.