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Contra la prepotencia
06.01.08 - 03:42 -

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Esperaba escaparme. Con la excusa de las fiestas pretendía pasar de puntillas sobre la sentencia del Supremo que ha condenado las obras que desfiguraron el Teatro Romano de Sagunto. Pero el interesantísimo artículo que el gran arquitecto y mejor amigo Francisco Cervera publicó el sábado en estas páginas hace inexcusable el deber de intervenir. No tanto para discrepar de sus reflexiones sobre la sentencia, materias sobre las que ya escribimos en 2002, sino para, acompañándole, poder extraer alguna consecuencia sobre la decisión del alto tribunal. Porque ¿para qué querrán las democracias tribunales supremos sino para extraer valores morales, moralejas, de sus decisiones?

La primera reflexión es elemental: ¿para qué querremos una sentencia del Supremo, para qué un Tribunal Supremo, si sus sentencias no se cumplen? No, el teatro romano de Sagunto debe volver a su estado primero, al de 1993, guste o no guste. Porque para eso se polemizó y se clamó. Para eso se pleiteó. Si en ningún caso dejaríamos en la cárcel a un condenado que tuviera una decisión de libertad del Supremo, igual con la ilegal obra de Portaceli-Grassi y de Ciscar-Lerma. Derribo, pues. Porque solo así habrá "ejemplo visual", evidencia del desastre que, por encima y por debajo de las leyes, cometieron. Hagamos ejemplo, inyectemos temor a la infracción, para que nadie haga cosas parecidas en el futuro. Porque esta no es solo una sentencia sobre defensa de patrimonio histórico sino en defensa de los valores de equilibrio, armonía y orden lógico en la arquitectura y el urbanismo. Esta es una sentencia moral sobre la huella que los humanos dejan en su entorno; da igual que hablemos de ruinas romanas que de la calle de la Paz, la Font Roja o la marjalería de la desembocadura del Júcar. Porque hay bienes intangibles que la prepotencia humana no debe hollar.

Hablamos de prepotencia, sí. De la peligrosa alianza de la prepotencia de la arquitectura y la política. Porque en los 90, en el caso Sagunto, se dieron cita los peores valores. Cuando Ciscar impuso a Lerma el papanatismo de traer a un extranjero de segundo nivel (Grassi) de la mano de un diletante local (Portaceli) se aplicó en nuestra política el modelo clásico de los aduladores y el rey desnudo. De modo que la obra pública se convirtió en soberbia y la gestión política en prepotencia; que intentó acallar las críticas de este periódico de un modo más soez que el que el franquismo había aplicado en la dictadura. Fascista es el epíteto más sereno que escuchamos quienes en, los felices noventa, quisimos discrepar, en medio del temeroso silencio del Colegio de Arquitectos, del mamotreto que nos traían, para nuestra felicidad, como buena nueva copiada de las revistas de arquitectura y decoración de la Italia fina.

Lerma nunca ha sabido si Ciscar, el golondrino eterno de su quehacer, le ayudaba o le hundía. Se le quiso disculpar diciendo que no entendía la culta modernidad ciscarista y que se dejó llevar para no parecer un pueblerino. Ocurrió lo peor: quedó en manos de la prepotencia intelectual que le proponían. Como en las ruinas del Palacio Real o los yacimientos de las Cortes. ¡Ojo! Y como durante todos los años siguientes han venido haciendo y hacen los políticos que alían su nombre y su fama a la seducción de los arquitectos y urbanistas de corte, a quienes se perdonan, disimulan y disculpan los errores pese al clamor del pueblo.

Pagará el pueblo los gastos del "destapado", dice el amigo Cervera con meridiana sensatez. Claro, como paga el presupuesto de prisiones y las resmas de folios de las sentencias. Pero solo si el gobierno Camps derriba y paga, con dinero nuestro, los desaguisados del gobierno Lerma -o del de Zaplana, que todo puede ser-- la metáfora será circular y perfecta. Sólo así la voz del buen pueblo pagano, y de su prensa, se hará más justa y más libre, y estará cargada de razón moral contra la prepotencia.
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