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Vida y Ocio

andar y ver
Paseo por Patraix
16.12.07 -

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Paseo por Patraix
Camino que lleva hasta la plaza de Patraix.
Quedé a almorzar en la calle de Jesús. Cuando estaba allí, me llamaron los otros comensales: tardarían veinte minutos. Y yo, inusualmente, había llegado veinte minutos antes. Tenía, pues, casi tres cuartos de hora de plantón en el restaurante, ojeando una revista que llevaba bajo el brazo.

Pero no. Continué mis pasos hacia el mercado de Jesús, que estaba echando el cierre. Y oteé los alrededores del antiguo y famoso manicomio. Luego me adentré por la calle del beato Nicolás Factor. Y, casi sin darme cuenta, me salí de una Valencia conocida y previsible, para entrar en otra ciudad, mucho más pequeña y vagamente artesanal. Una Valencia muy cercana y popular.

Estaba en Patraix. En el corazón de la antigua pedanía. Avancé por la calle, entre árboles, y me asaltó el recuerdo. Sí. Yo había llegado hasta ahí, hace muchos años. Estuve en la sede de una famosa, ilustrísima fábrica. Donde se elaboraban muebles muy caros, para los reyes de Arabia y para los untuosos jeques petrolíferos. Para los lascivos gerifaltes del Golfo. Gente de rezo y de harén.

Aquel negocio ya no existe, y eso que llegó a ser uno de los mejores de España en su especialidad, y aun del mundo. Me refiero a la fábrica de Mariano García. Y recordé, de paso, que el prestigio de aquellos artistas de la madera llegó hasta Hollywood. Que en Patraix, en el castizo barrio valenciano, se fabricaron los muebles de lujo que salían al fondo de los delirios familiares, de los crímenes y robos, incestos y aburrimientos que trazaban las series de "Dallas" o de "Dinastía". Y quien sabe si también de "Falcon Crest": series míticas y ahora muertas. Lo habitual.

Pero Patraix es pura vida valenciana. Y yo seguí barrio adelante, ya por paisajes urbanos que no había pisado nunca. Y entreví una calle de Cuenca casi infantil, en su fondo occidental, y bien poco parecida al tráfago de esa calle cuando entronca con la Gran Vía. Allí donde los despachos policiales, los coches celulares y los detenidos generales.

Luego vi la plaza de Patraix, que era lo que más buscaba. Treinta años que llevo oyendo hablar de ella, aunque muy de cuando en cuando, y ahora la tenía delante. Y la iglesia allí, de humilde factura. Y el espacio de ese triángulo, muy cívico y peatonalizado. Y un ambiente de pequeña villa. Y los bares rituales. Y los hombres y las mujeres que llevan toda la vida por allí: se les notaba. Saludos y paces, jubilados que apenas se mueven de la zona. Panaderías y una calle al fondo, de casas de siempre, de las de Patraix de hace cien años, cuando el barrio estaba lejos del centro, como un pueblo más de l'Horta. Como Campanar o Beniferri, hoy sepultados bajo la maraña de los rascacielos.

Patraix: había por allí niños que iban a una academia. Y hombres felices que comían en un bar de menú, con ese gozo del descanso entre la jornada laboral, bien ambientados en noticias y patatas fritas. Patraix: había una mujer solitaria en la plaza. Y contenta se le veía. Contenta por nada: por estar viva y sana, que bien se piensa, lo es todo. Y una adolescente se asomó por una ventana. Lo hizo muy confiadamente, en bragas; pero luego huyó pronto. Y un pájaro pasó, muchos. Y luego recordé que en la calle que conduce hacia Tres Forques, acaso la más sugerente, vive un sabio valenciano que escribe ensayos de altura. En medio de un gozo grande y casi secreto, intuí. Y casi comprendí sus libros y su lucidez en medio de aquel pequeño reino.

Luego ya tenía que irme; mis amigos llamaron desde el restaurante: se adelantaron un poco. Salí del barrio casi con pena, vi un autobús lento y con algo de Buenos Aires, recortado frente a las casas bajas de Patraix. Y una escena que me conmovió un poco. La protagonizaba un mozo boliviano, de rasgos mestizos. Algo grueso, repeinado, con los ojos bañados en lágrimas. Voz de telenovela, pero eran verdaderos sus llantos, su dolor sin tasa. Lloraba y le pedía amores, a una muchacha de rasgos indios. El hombre estaba desolado, más que trémulo, y ella andaba esquiva, dubitativa, poco equitativa en el amor. Y él seguía llorando. Y yo todo esto lo vi porque disimulé. Me paré un rato en la acera, hacía como que buscaba un portal. Luego me fui, el llanto quedó lejos; pasaron unos niños envueltos en grandes sonrisas

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