TUMBAS SOBRE EL ASFALTO

Familiares de víctimas de accidentes de tráfico revelan sus vínculos con el lugar del siniestro. Sus flores o bicis blancas son memoria y una súplica de prudencia

Bulevar Sur. Aquí perdió la vida el joven Rubén Gabaldón, de 32 años. Fue en noviembre de 2017, junto al Hospital La Fe.Su moto colisionó con unvehículo y salió despedido.La motocicleta quedó partida en dos y ni el casco le salvó. /M. Molines
Bulevar Sur. Aquí perdió la vida el joven Rubén Gabaldón, de 32 años. Fue en noviembre de 2017, junto al Hospital La Fe.Su moto colisionó con unvehículo y salió despedido.La motocicleta quedó partida en dos y ni el casco le salvó. / M. Molines
Juan Antonio Marrahí
JUAN ANTONIO MARRAHÍValencia

Hay lugares marcados para siempre. Escenarios que, un día, fueron lo último que vieron David, Daniel, Germán, Rebeca... Serían invisibles de no ser por las flores que brotan, cada cierto tiempo, por el recuerdo de padres, hermanos o amigos. O esas bicicletas de puro blanco. Son memoria y respeto a las víctimas, pero también están concebidas como señal de aviso que invita a frenar o a dejar esa última copa lejos del volante. Estas son las historias que esconden los hitos de la desgracia sobre carretera y calles de Valencia. Las de los que se fueron y las de las otras víctimas, los que quedaron para ponerles flores.

La confluencia entre la avenida Blasco Ibáñez y la calle Gómez Ferrer es, posiblemente, el mayor punto negro de la ciudad de Valencia. El lugar acumula las muertes de David Gaspar y Esperanza Montero, en noviembre de 2010. Otros dos jóvenes perecieron allí un mes después al ser embestido por un coche el taxi en el que viajaban. Pasados tres años, un motorista italiano acabó sus días en el mismo lugar.

Tanto David como Esperanza fueron víctimas de la temeridad. Los dos amigos viajaban en un coche conducido por el novio de Esperanza. Todos ellos fueron golpeados por el coche de una joven en estado ebrio que se saltó ocho semáforos y acabó condenada a dos años y medio de cárcel por la letal imprudencia.

José Luis Gaspar, de 73 años, es el padre de David, el menor de sus dos hijos. «Tenía 27 años y hacía tres días que había recibido el título de Ingeniero Químico. Hoy tendría 37», recuerda el progenitor. «Antes de David y Esperanza habían muerto ya cinco personas en ese lugar. Lo supe en el juicio», denuncia. «Pero este sitio no sería así de terrible si la gente fuera como tiene que ir», anhela. Y recuerda la actitud de la causante: «Esa chica iba, al menos, a 170 kilómetros por hora, según el informe de la Guardia Civil».

Luego llegó el dolor, el entierro, el hambre de justicia... Y esa noble motivación de las víctimas de proteger a otros del dolor propio. «Me pasé seis años poniendo flores cada dos o tres meses. Normalmente de plástico, para que no se pudrieran. Quería llamar la atención para evitar más muertes como la de mi hijo». También participaban los padres de Esperanza. Para el de David, «mientras no haya una educación vial de verdad no se va a conseguir nada. No sabemos respetarnos. Al final dejé de ponerlas, ¿para qué ya? Si le soy sincero, no creo que mis flores hayan evitado nada. Pero bueno... ¿quién sabe?»

1. Un ciclista de 61 años perdió la vida arrollado en Fernando el Católico. 2. Un joven motorista falleció hace menos de dos años en Tres Forques. 3. Buler Sur. Una joven de 19 años murió en una colisión en febrero de 2018. / M. Molines

José Luis ni siquiera obtuvo una palabra de disculpa o arrepentimiento. «La conductora jamás nos pidió disculpas y por la falta de empatía le agravaron la pena en medio año de cárcel. Se le quedaron en tres y ahora ya está en la calle».

Posiblemente se haya encontrado con alguna de las bicicletas blancas amarradas en señales de tráfico en Valencia. Todo empezó con la muerte de la joven Rebeca Borrás Lloret. El 13 de enero de 2013 la arrolló un conductor ebrio en la calle San Vicente, junto a la estación de Joaquín Sorolla. Tenía 20 años, estudiaba Bellas Artes y su crimen vial marcó a propios y ajenos.

Las bicis blancas son una iniciativa de Ciclistas Urbanos de Valencia y Antonio Mateu es uno de los impulsores. «La muerte de Rebeca me dejó helado. Tenía la misma edad que mi hijo. Pintamos la bici, la instalamos, luego la robaron y la volvimos a colocar. Hoy todavía la mantenemos con cariño y respeto, junto con la familia». El blanco sobre lienzo de ruedas también señala desgracias posteriores en la gran vía Fernando El Católico o la avenida Constitución. «Son un recuerdo a las víctimas, pero también una señal más para moderar la velocidad, que es lo que nos mata», expone Mateu.

Gema Lloret, madre de Rebeca, no quiere que aquello se olvide. «Ese conductor quintuplicaba la tasa y dio positivo en drogas. Iba a 94 kilómetros por hora y se saltó dos semáforos en rojo antes de atropellar a mi hija. Tres años ha pasado en la cárcel por lo que hizo. Es una condena de risa para algo tan grave, una burla para las víctimas», lamenta.

«Que esté allí siempre»

Ella y su familia miman la bici blanca por Rebeca. «En marzo instalan allí una falla y la cambiamos a la acera de enfrente, pero el día 20 la devolvemos a la señal. Cuando voy explico a la gente lo que pasó y eso me reconforta. Quiero que se quede en ese lugar para siempre y espero que mis hijos y nietos la mantengan cuando yo me muera».

Estar en el punto del siniestro no le produce una pena adicional a la que ya ha soportado. «La añoranza y el recuerdo te acompaña siempre. Yo veo a Rebeca en todos los sitios, en la playa, en casa, en la calle...». Tampoco los padres de la joven se han encontrado con un gesto de perdón. «El conductor jamás ha contactado con nosotros para disculparse», expone la progenitora.

1. Un joven ciclista murió en el año 2000 en la Carretera de Náquera. 2. Flores en el ouente de Monteolivete. 3. Otro homenaje en Valencia. / M. Molines

El 101 de la calle Archiduque Carlos de Valencia esconde una fecha que no debemos olvidar: 27 de octubre de 2001. Era un tranquilo sábado de otoño. Un matrimonio camina y lleva de la mano a su hijo Pablo, de cuatro años. Son Ana Novella y Enrique Cogollos. Un coche conducido por un menor a gran velocidad se sale de la calzada, invade la acera y les arrebata a su «tesoro». Su madre es hoy la presidenta de Stop Accidentes y lucha en defensa de las víctimas a nivel nacional.

No sólo en ciudad aparecen tumbas de asfalto. La silueta marrón de un ciclista jalona un tramo de la carretera entre Bétera y Náquera. Allí murió David, de 17 años. Fue el 21 de julio de 2000, en el kilómetro 15. «Mi hijo estaba enamorado de la bicicleta, era federado, entrenaba todos los días, había ganado carreras...», rememora su madre, Virtudes. El conductor que causó la muerte lo pagó con una multa de 480 euros. «Pasan los años y siempre me falta uno en casa. Siempre me faltará un hijo». Recordemos. Aprendamos.