Salvem se disuelve y deja un Cabanyal lleno de urgencias sociales y quejas por las obras

Obras de urbanización en una de las calles de la 'zona cero' del Cabanyal. / j. j. monzó
Obras de urbanización en una de las calles de la 'zona cero' del Cabanyal. / j. j. monzó

Los vecinos piden que el nuevo gobierno erradique a los okupas y los comerciantes reclaman la revisión de las calles urbanizadas con defectos

PACO MORENOMAR GUADALAJARAVALENCIA.

Primer día después de la disolución de Salvem el Cabanyal y visita obligada al barrio, con el propósito de palpar la situación de esta parte del Marítimo, símbolo durante lustros del activismo vecinal y la oposición a un proyecto municipal, como fue la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez. Vecinos, comerciantes y entidades culturales reclaman soluciones al grave problema de convivencia que se padece en numerosas calles, la erradicación de las viviendas ocupadas ilegalmente y una mejora sustancial de las obras de reurbanización, al encontrarse pavimentos sueltos y aceras sin arbolado un año después.

Esa podría ser la fotografía actual del Cabanyal, donde Paco Ortega, presidente de la asociación de comerciantes del Marítimo, indica que «entiendo la decisión de la disolución de salvem; la lucha para evitar la prolongación ha terminado y ahora hay que mirar hacia el futuro, utilizando incluso otro lenguaje».

El representante del sector subraya que queda por desarrollar el propio Plan del Cabanyal. «Aparece gente nueva y se rehabilitan muchas viviendas; los inversores son prudentes, pero ahora es cuando se puede comprar más barato y hay oportunidades», en referencia esto último a la actividad comercial.

Ortega se muestra muy crítico con algunos de los proyectos ejecutados por el Ayuntamiento. «Hay calles que se hicieron hace más de un año y que tienen las baldosas levantadas. Ocurre también el arbolado y es algo que no entendemos». Cita como ejemplo las calles Mediterráneo, Escalante y Justo Vilar, en algunos de sus tramos.

Lo mismo pasa con la renovación del alumbrado. «Empezaron a poner bombillas Led, pero no han completado las calles. Y en mi opinión el diseño de la plaza Lorenzo de la Flor no tiene ese carácter singular que se merece este espacio», añade.

La presidenta de la asociación de vecinos, Pepa Dasí, responde que el primer asunto a tratar por el nuevo gobierno municipal debería ser tratar de solucionar los problemas de convivencia que se producen en algunas zonas del Marítimo. «Estamos a la espera del Ayuntamiento», afirma acerca de la constitución del mismo que se producirá este sábado con la renovación en el cargo del alcalde Joan Ribó.

«Conseguimos evitar que tirasen las casas y ahora lo que la gente necesita es tranquilidad», apunta. El gobierno municipal tiene pendiente la construcción de un centro social en la zona, entre otros equipamientos públicos necesarios. En la 'zona cero' ha bajado algo la presión de las viviendas ocupadas ilegalmente y la toma de las calles de familias sin recursos, principalmente de etnia gitana, aunque todavía queda mucho hasta llegar a la integración total de estas personas.

La entidad vecinal «se reforzará», dice Dasí, donde no descarta la integración de algunos de los representantes de Salvem el Cabanyal. «No está hablado», matiza, para insistir en que la asociación «mantendrá las reivindicaciones, siempre dentro del diálogo y la mediación». Recuerda a su vez el trabajo pendiente con la aprobación del plan urbanístico. El Consistorio trabaja en la renovación de calles y del sistema de alcantarillado, aunque a un ritmo mucho más lento marcha la rehabilitación de viviendas del parque inmobiliario municipal.

Esto último es en lo que incide el presidente de la Sociedad Musical de los Poblados Marítimos, Domingo Carles. La sede de la entidad se sitúa en la calle Escalante, en una de las zonas más degradadas del barrio. «El Ayuntamiento debería acelerar en la medida de lo posible la rehabilitación de sus viviendas y ponerlas a disposición de las familias sin recursos», comenta.

En su opinión, queda «mucho trabajo que hacer sobre integración social», para citar como ejemplo lo sucedido la semana pasada. «Estábamos ensayando cuando de repente abrieron la puerta del aula dos niños y tiraron una piedra enorme. Habría hecho mucho daño si le pega a alguien. Frente a eso sólo se puede actuar con más educación para ellos y sus familias», finaliza.

A pie de calle, las opiniones coinciden con la anterior. Manolo es vecino del barrio de toda la vida, mientras espera el autobús comenta que no ha cambiado mucho. «No se ha hecho un gran cambio, sigue todo igual, es una lástima pero si son casas de 45 metros, ¿que matrimonio se mete ahí a una casa rehabilitada en este barrio?», se pregunta.

«Sinceramente era más partidario de que se hubieran hecho la avenida hasta el mar, ya que ya estábamos los vecinos medio conformes, aunque hubiera algunos en contra creo que la gente ya se había hecho a la idea, además nunca vas a tener a todo el mundo contento, pero veía más resolutivo ese plan con el que luego hubieran reubicado a gente en otra vivienda del Cabanyal. Hoy ya estaría todo terminado», zanja.

Pablo nació en el Cabanyal y aunque ha tenido que irse por cuestiones de trabajo, siempre vuelve. El joven vive de alquiler y ha notado cómo han subido los precios, «conseguir un alquiler a un precio razonable es imposible por aquí, ahora pago 500 euros, hace poco estuve buscando y ya hay por los que piden 1.200 al mes», asegura.

Álvaro y su madre cambiaron la plaza Xúquer por el Cabanyal. «Aquí al parecer no nos hacen ni caso, no atienden a los vecinos», dice enfadado. Su casa colinda con dos viviendas propiedad del Ayuntamiento y debido a las lluvias se han visto afectados por inundaciones ocasionadas por el mal estado de las otras. «Más de diez veces he pedido a 'Cabanyal 2010' para que me ayudasen sin obtener respuesta. También escribí al Ayuntamiento porque somos varios afectados, pero tampoco me han hecho caso», explica.

Desde hace 37 años, Francisca recorre estas calles que han sido su casa durante todos estos años. «El Cabanyal era muy bonito antes», comenta recordando cómo eran las casas y los comercio. «Mira ahora, está todo cerrado, ya no hay nada», dice señalando una antigua tintorería y la entrada de lo que antes era un hogar para jubilados. «Veo muchas casas a punto de caerse, abandonadas y me da pena, hay mucho por rehabilitar, no creo que esté todo arreglado, se necesita más trabajo», dice convencida después de relatar como a unos vecinos hace un par de días se les cayó la casa abajo.

«La degradación es total, queda mucho trabajo», dice Concha. Ella y su marido Jesús tienen una pequeña inmobiliaria. «Si no fuera gracias a nuestro trabajo esto estaría muerto», sentencia. Jesús permanece callado, hasta que ella menciona la llamada 'zona cero'. «Es horrible, da miedo entrar por allí, te metes y parece Sarajevo. Yo ya no paso con el coche por allí, ni pensarlo. Además si tienes un percance con alguno de ellos puedes tener problemas».

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