El ritual del 'repret' se consagra en la Catedral

Los campaneros, tras voltearlo, ajustan las tuercas de uno de los bronces. / jESÚS mONTAÑANA
Los campaneros, tras voltearlo, ajustan las tuercas de uno de los bronces. / jESÚS mONTAÑANA

Los campaneros fijan los tornillos de los yugos de madera | Aprovechan el calor del día de San Lorenzo y mantienen una tradición gracias a la que pueden conservar las once piezas del Micalet

M.GUADALAJARAVALENCIA.

Poco después las seis y media de la tarde de ayer sonaba 'La María', la campana más antigua del campanario. Un año más, desde lo alto de la torre repicaba como señal de que el 'repret' a los once bronces de la Catedral de Valencia terminaba con éxito.

«Tiene mucho de tradición pero también es importante para la conservación de las piezas», explica uno de los campaneros mientras empiezan a prepararse para la faena. «Aunque todo está revisado por una empresa que se encarga de comprobar que todo está en orden», aclara. Disponen las cuerdas y preparan las diferentes llaves con las que poder ajustar las tuercas. El calor ya hace el resto. «Parece mentira pero un milímetro puede marcar la diferencia entre que una campana suene bien o mal», explica Pau Sarrió, uno de los más jóvenes.

La intención de los campaneros de la catedral es preservar una tradición medieval y difundir su dedicación por conservar el toque manual de las campanas. El día de San Lorenzo coincide con la época de más calor del año, cuando aprovechaban la máxima dilatación de los tornillos que unen cada una de las campanas a su yugo.

Empiezan por las más pequeñas y siguen con las grandes. La estancia donde se encuentran las once campanas es una caja de resonancia gigante, «como si fuera una guitarra, de ahí las maderas que cubren parte de las ventanas», comentó uno de ellos ante la atenta mirada de unos pocos privilegiados que pudieron presenciar el procedimiento, que cada año, repiten con orgullo el diez de agosto. «Así quedaban listas las campanas para la fiesta de la Asunción de la Mare de Deu, que se celebra el próximo día 15», añade Sarrió. Aunque son más de cincuenta los miembros de esta asociación sin ánimo de lucro, «casi siempre somos una veintena los que practicamos el toque y el volteo manual», señala el joven.

El calor aprieta en lo alto de la torre y con cada bronce, se advierte el cansancio y el sudor en sus caras. Voltear cada campana es lo más complejo, requiere coordinación y comunicación previa. Aún así, con una sonrisa de complicidad entre compañeros, consiguen acceder a cada una de las tuercas; las van apretando y esperan a la recompensa. Al acabar, dejan sonar la campana, para su deleite.

Según Sarrió, son los únicos en España que preservan esta tarea de conservación que ya se ha convertido en el ritual de cada verano.