Relojes de Valencia que marcaron nuestra historia

Ayuntamiento de Valencia./Óscar Calvé
Ayuntamiento de Valencia. / Óscar Calvé

Uno de los primeros instalados en España estuvo en la catedral de Valencia | Incluso Sant Vicent Ferrer se servía en el desarrollo de sus sermones de este novedoso invento

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

El rey del bolero, Lucho Gatica, inmortalizó 'Reloj', mítica canción compuesta en 1956 por un señor llamado Roberto Cantoral. La letra de este éxito implora al reloj que no marque las horas, que detenga su camino. Evidentemente, el bolero identifica el reloj -el instrumento que mide el tiempo-, con el propio tiempo. De lo contrario, habría bastado con que Cantoral, Gatica o Luis Miguel hubiese golpeado con un martillo el aparato en cuestión. En todos los casos, el reloj era mecánico, como anunciaba el «tic-tac que le recordaba el dolor». El tiempo, además de ser oro, vuela, así que no les robaré más. El relato de hoy va desde los primeros relojes de la historia hasta aquellos relojes mecánicos que antaño marcaron la historia de los valencianos. Algunos detuvieron su camino. Otros no.

Un gran hallazgo del intelecto humano fue asimilar que el tiempo disponible es finito. Así que no sorprende que ya las culturas antiguas emplearan mecanismos para contabilizar su paso. Los egipcios usaban clepsidras. Para entendernos, relojes de agua. El líquido elemento pasaba de un recipiente a otro. En algunos casos, el contenedor receptor iba marcado en su interior con distintas medidas. Otros modelos más simples eran sólo una especie de maceta con una perforación. Cuando se había vaciado, había pasado equis tiempo. Como aseveraría Holmes: Elemental. Tan elemental como el reloj de arena, a fin de cuentas, una clepsidra seca que nacería siglos más tarde. No menos sencillo era el reloj de cera. Eso sí, de naturaleza efímera. De un solo uso. El diferente volumen de las velas determinaba su consumo en un lapso concreto.

Los citados ingenios sobrevivieron al paso del tiempo y prolongaron su vida durante toda la Edad Media. Convivieron con los archiconocidos relojes de sol, cuyo máximo inconveniente entonces, ahora, y por los siglos de los siglos (amén), puede deducirse de su nombre. No es sólo que por la noche nanay... Imaginen su funcionalidad en ciudades como Santiago de Compostela o Londres. En otro tiempo muchos de los relojes de arena marcaban la liturgia de la horas, otrora motor temporal de la Iglesia definido por el llamado Oficio Divino, la distribución de rezos a lo largo de la jornada. Cuando Adso de Melk narraba sus aventuras junto a Guillermo de Baskerville en 'El nombre de la rosa', los hechos se situaban en horas litúrgicas. Baskerville (pongámosle la cara de Sean Connery) era un tipo de lo más adelantado a su tiempo. Llevaba con él sus anteojos, un astrolabio, un reloj de arena, etc. La ficción se sitúa en la Baja Edad Media, período donde nace el reloj mecánico. 'Grosso modo', el del bolero.

Los egipcios medían el tiempo con relojes de agua

Los avances tecnológicos precisos para su elaboración no se produjeron de la noche a la mañana. Al igual que el proceso de levantamiento de bóvedas y cúpulas, construir un reloj mecánico se basaba en el 'ensayo-error' hasta hallar el éxito. Los primeros, y más rudimentarios, constaban de una sola rueda (y una sola saeta) accionada mediante la fuerza del agua o por un peso.

A mediados del siglo XIV es uno de los productos más codiciados por los reyes, en especial por 'nuestro' Pedro IV, quien, además de coleccionarlos, ordenó construir en 1356 un reloj en una de las torres de su palacio en Perpiñán. A día de hoy, es considerado el primer encargo de reloj mecánico monumental en la Corona de Aragón. El 'Ceremonioso' fue uno de los más importantes clientes de los 'mestres de rellotges' o 'plomberius'. Pero no siempre era necesario encargarlos. Ser rey tenía estas cosas. Ya algunos años antes (1349), en Valencia, no se cortaba en pedir el reloj de su médico Ferran d'Ayesa, quien terminaba de pasar al otro barrio.

Construir y mantener un reloj fue uno de los trabajos más lucrativos de la Valencia medieval

Precisamente, fue en la capital del Turia donde se produjo un hito respecto a los relojes monumentales en la península ibérica. En 1378 el obispo de Valencia Jaime de Aragón (primo hermano de Pedro IV) y el cabildo catedralicio resolvieron un encargo a Juan de Alemania, maestro relojero, para que construyese este último un espectacular reloj público en el campanario de la catedral. Un reloj que tocase a toda castaña las horas y los cuartos para que se escuchase en buena parte de la ciudad. Recuerden que el Miguelete no se había ni empezado. El citado reloj estuvo en el antiguo campanario, otrora recayente a la calle Barcella y hoy embebido por el museo de laCatedral.

Edificio del puerto, estación del Norte y edificio de Correos. / LP

Ese mismo año (1378) en que estallaba el Gran Cisma de Occidente, San Vicente Ferrer se convertía en el prior del convento de Santo Domingo de Valencia. El dominico sería testigo de excepción de otra polémica mucho más cercana. ¿La causa? Un reloj. El gobierno municipal, los Jurados valencianos, mostraron su voluntad por contratar al mencionado Juan de Alemania para que hiciera otro reloj público en la Casa de la Ciudad, el antiguo ayuntamiento de Valencia que se situaba junto al Palacio de la Generalitat, al otro lado de la 'Plaça de la Seu' respecto a la catedral. La iniciativa no gustó en absoluto a Pedro IV. El monarca se pronunció al respecto: «... tales cosas no se deben tener sino en iglesias y palacios de reyes». A buen entendedor, ya saben. Por cierto, Pedro IV no vio reloj monumental alguno en su 'casa' de Valencia, el palacio del Real. Se colocó algunas décadas más tarde, en época de Alfonso el Magnánimo.

La revolución de los medios de transporte 'exigió' la democratización de los relojes públicos

Incluso San Vicente Ferrer se servía del nuevo invento en el desarrollo de sus sermones: «Si vós vehets hun relotge, veus que una roda va axí, altra axí, altra al contrari, etc. e totes se mouen per una». El santo valenciano vería la construcción de ese primitivo reloj en el desaparecido campanario, quizá también su destrucción, aunque no llegaría a contemplar el que fue sufragado parcialmente por los Jurados de Valencia para el Miguelete a partir de 1418, pues Sant Vicent ya se hallaba, hasta el final de sus días, en territorio bretón. Además, los Jurados se habrían salido con la suya, pues en una de las torres de su sede se había construido un reloj del que podemos seguir las pistas tanto en la documentación como en la toponimia urbana. El nombre de la calle del 'Rellotge vell' define la vía desde la que se podía observar aquel instrumento de medición temporal en lo alto de una de las torres del ayuntamiento.

Un inciso necesario. Para saber más sobre la cuestión, les recomiendo encarecidamente el artículo de María del Carmen García 'La expansión de los relojes mecánicos en la Corona de Aragón' y el de Amadeo Serra 'Historia de dos palacios y una ciudad: Valencia, 1238-1460', de los que en buena medida bebe este reportaje.

Los constructores de relojes mecánicos recorrían el continente ofreciendo sus servicios a las grandes ciudades. Como demostró en otro de sus estudios Serra Desfilis, construir y mantener un reloj fue uno de los trabajos más lucrativos de la Edad Media. Ojo al dato. El sueldo cobrado por Joan del Poyo en 1426 por mantener el reloj del Micalet que él mismo había construido, doblaba el salario del maestro de obras de la ciudad de Valencia. Y eso que fallaban más que una escopeta de feria...

El perfeccionamiento de los mecanismos y su mayor difusión se haría evidente con el paso del tiempo. Por ejemplo, el Real Colegio Seminario del Corpus Christi, contaría con su propio reloj desde finales del siglo XVI. Resulta llamativo que en las magníficas fotos que hizo Jean Laurent de Valencia en 1870 aparecieran un buen número de monumentos, muchos de los cuales mostraban su correspondiente reloj mecánico. Desde el campanario de los Santos Juanes, que aún lo conserva, hasta la Lonja de la Seda o el campanario de la iglesia de santo Domingo, ambos ya desaparecidos.

Si el reloj fue necesario en épocas pretéritas, la revolución de los medios de transporte entre finales del siglo XIX y principios del XX convertiría en inexcusable su inclusión en estaciones de ferrocarriles, en el puerto de Valencia, etc. Pero no sólo este aspecto facultó su expansión. Ahí va una anécdota de cierre. Si miran el campanario de Santa Catalina no verán reloj alguno. Tampoco si observan la foto del mismo monumento tomada por Laurent en 1870. Sin embargo, auguro que a muchos ustedes les sonará haber buscado allí la hora. Ninguna nave del misterio. A finales de 1914 las autoridades consideraron que esta majestuosa torre era un enclave idóneo para la instalación de un reloj, cuya hora sería visible desde cierta distancia. En las labores de limpieza del monumento en 2002 se decidió retirarlo para siempre. A gusto de Gatica. El reloj detuvo su camino y no marcó más las horas, pero el tiempo, erre que erre, no cesa en su vertiginoso ritmo...