Desde el interior del nuevo faro de Valencia

Este San Juan ha cumplido cuatro años, pero aún son pocos quienes lo conocen. Menos los que se han subido a su cima. La llamativa construcción vigila la costa valenciana y moderniza la esencia de una tradición milenaria que sigue desprendiendo luz

TAMARA VILLENAValencia

«No parece un faro, no es como los de antes». La descripción del policía portuario que nos orienta a través del puerto no va, desde luego, desencaminada. El nuevo vigía de Valencia se alza, en sus 32 metros de altura, justo en la esquina del Muelle de Cruceros y en frente -con kilómetros y mar de distancia- de su antiguo antecesor. Ambos permanecen en un eterno cara a cara de mundos contrapuestos, dos versiones antitéticas de una misma función: tradición y oficio frente a innovación y automatización. Tras la ampliación del puerto, la altura del dique y su lejanía del centenario faro dificultaban la visibilidad de la luz desde el mar, así que era necesario construir un nuevo referente para navegantes en la costa valenciana.

El nuevo faro vigila el mar desde la esquina del Muelle de Cruceros.
El nuevo faro vigila el mar desde la esquina del Muelle de Cruceros. / Txema Rodríguez

Este San Juan fue su aniversario. Cuatro años alumbrando marea y temporales, guiando caminos y mandando señales non stop, desde que se puso en marcha la noche del 23 de junio del 2015. Llegó a nosotros de una sola pieza, recién importado desde Toledo, donde la empresa Acciona se encargó de materializar la creación del arquitecto Ignacio Pascual.

Sus vibrantes colores resaltan en un entorno dominado por la cromática marina y el gris del muelle. Un potente azul y un llamativo amarillo se entrelazan a lo largo de su curiosa estructura, cuya forma también difiere bastante del tradicional y acogedor faro con ventanas que reina en el imaginario colectivo. Aunque la original imagen del nuevo vigía marítimo de Valencia no es su único punto innovador. «Está hecho a base de fibra de vidrio y fibra de carbono, que lo hace resistente y muy ligero» y que le ha conseguido el premio a la innovación en la categoría de Infraestructuras en los JEC World 2016 Innovation Award, cuenta Miguel Pascual, responsable de comunicación de la Autoridad Portuaria de Valencia (APV).

El nuevo faro de Valencia y sus vistas a 32 metros de altura. / Txema Rodríguez

Pensado al detalle

Firme y ligero, subir hasta su cima a través de los amarillos peldaños parece (y es) tarea sencilla. Mantenerse en ella, sin embargo, no tanto. La fuerza del viento a esa altura es implacable y evidencia la resistencia y flexibilidad del faro. Al moverse sobre él, se balancea ligeramente en un tímido ir y venir que, en los poco acostumbrados a pasar el rato a más de 30 metros sobre el mar, podría despertar el temor por derrumbe. Pero sus materiales están precisamente pensados para ello: «La fibra de carbono se ha puesto en el centro de su estructura y la de vidrio se ha utilizado, por ejemplo, para los escalones. El conjunto es flexible y muy seguro», explica Marco A. Sáez, técnico de mantenimiento encargado de las señales marinas en la APV. Además, «se han escogido teniendo muy en cuenta el contexto para evitar problemas como la corrosión por salitre», puntualiza el experto.

«Desde su construcción no hemos tenido que conectarlo jamás a la electricidad» Miguel pascual | responsable de comunicación (apv)

No hace falta acercarse para verlo, pero tampoco para escucharlo. Puede que de primeras cueste entender esta afirmación en referencia a un faro, pero no por nada tenemos uno premiado a la innovación. Estridentes grabaciones con sonidos de aves rapaces retumban en el muelle, se pierden entre el oleaje y disuaden a las kamikazes gaviotas de descansar sobre las placas solares que alimentan el foco. Es otra divergencia más respecto a su predecesor, aunque probablemente la que corone la lista de disparidades entre ambos faros sea su automatización. Mientras que el antiguo precisaba la figura de un 'farero' para su funcionamiento, -en nuestras cabezas, esa especie de ermitaño en peligro de extinción que personifica poéticamente el tópico del retiro y la soledad -, el nuevo no necesita ni siquiera estar conectado a la luz. «Desde su construcción no hemos tenido que conectarlo jamás a la electricidad», reconoce Miguel Pascual. Es más que autárquico: «Sostenible e independiente», asegura el responsable de APV. «Su consumo de energía es de tan solo 70 vatios, menos que una bombilla de casa - detalla Pascual-. El antiguo, en cambio, necesitaba unos 3.000», ilustra el funcionario.

Vistas desde los 32 metros de altura del faro. | En la última imagen, Marco explica las particularidades técnicas desde el interior de la estructura. / Txema Rodríguez

Emplea tecnología LED que se nutre principalmente de placas solares y un pequeño aerogenerador: «Aunque es totalmente autosuficiente, la idea es realizar dentro de poco una ampliación de la batería», informa Marco. Actualmente tiene capacidad para seis o siete días de autonomía, «a pesar de que es prácticamente imposible que aquí en Valencia estemos tanto tiempo sin sol», observa el técnico-. Aún así, «es bueno mejorar las reservas porque siempre, pase lo que pase, se debe mantener la iluminación», añade el operario.

«Siempre, pase lo que pase, se debe mantener la iluminación» Marco | técnico de señales marítimas (apv)

Aquellos ajenos a los conocimientos marítimos quizá den por sentado que todos los faros son iguales. No, no lo son. Ni por fuera, ni por dentro. Se clasifican por categorías, según la importancia y el tráfico de su ubicación, y su funcionamiento está regulado por un convenio internacional que asigna un tipo de señal concreto a cada demarcación costera. Es decir, un marinero nunca podría confundir el faro de Valencia con el de Cullera o Canet. «Al ver la luz y su patrón de frecuencia, cualquier marino sabe dónde está. El nuestro emite un destello cada diez segundos y es de tercera categoría», explica Marco. Este resplandor puntual avisa de la proximidad e identidad de la costa, y es también el punto más puro de su esencia. Una señal tan antigua como necesaria, a la que ni los modernos sistemas de GPS integrados en su estructura han podido desbancar. La innovación, al fin y al cabo, tiene sus límites.

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