Los músicos que prefieren las calles de Valencia

Elvert tocando en la plaza de la Virgen entorno al que se organizó un corro de gente./Jesús Signes
Elvert tocando en la plaza de la Virgen entorno al que se organizó un corro de gente. / Jesús Signes

Sobreviven gracias a su instrumento y se arriesgan a perderlo a diario. Los más de 40 que tocan en el centro se ven obligados a infringir la normativa por el veto a los amplificadores y las restricciones del horario

MAR GUADALAJARA

A espaldas de la calle Xàtiva, un inconfundible tango resuena en el pasaje Doctor Serra. Entre la gente se alcanza a ver al interprete sentado en una silla. Sonriente, hace sonar un viejo violín posado sobre su hombro como una prolongación de su cuerpo. «Me gusta tocar las canciones que aprendí de pequeño, me recuerdan a mi país», dice Tibi mostrando en su rostro las marcas del paso del tiempo que comparte con su instrumento. Su padre le enseñó a tocar con ese violín con el que desde hace nueve años Tibi ameniza a quienes pasan por el pasaje. Su mujer le espera en casa pero él nunca falla a su recital en el que para según Tibi es el escenario perfecto. Son muchos los que como él, prefieren la calle para tocar.

La ciudad de Valencia no cuenta con una banda sonora en versión extendida. El barullo de los transeúntes, las terrazas y el tráfico se llevan la mayor parte del mérito. A lo lejos puede acompañar alguna canción con ritmo pegadizo que proviene de cierto establecimiento comercial mal insonorizado. No cuesta encontrar artistas callejeros en ciudades como Praga, Dublín, incluso en Madrid o en el metro de Barcelona. Sin embargo, Valencia no es el telón de fondo deseado por los músicos callejeros. Los más de 40 que tocan en el centro se ven obligados a infringir la ordenanza por el veto a los amplificadores y las restricciones en el horario marcado por la norma.

Pese a ostentar el título de mejor músico callejero del mundo, el valencianos Borja Catanesi, ha tenido que hacer frente a sanciones por usar el amplificador. «Me requisaron los instrumentos durante quince días y tenía un concierto; tuve que pedir el material prestado», relata el joven que lleva seis años haciendo su música en la calle. Ha tenido la oportunidad de tocar en festivales y salas repletas pero trata de explicar con palabras lo que experimenta al sacar su guitarra en cualquier acera. «La gente se pone a bailar, a saltar, incluso personas mayores o niños, puedo vivir momentos únicos, para mi es la mejor plataforma de expresión», dice orgulloso. Borja comparte en redes sociales todos esos momentos espontáneos. Se propone un reto diario «superarme para que la gente se quede a escucharme; en un concierto, en cualquier sala, el público está predispuesto. La calle sin embargo, te permite entender como funciona un espectáculo realmente».

Frente a las terrazas repletas de la plaza del Tossal, Saül Vanaclocha encuentra a su público más entregado. Su himno bien podría ser la canción 'Guitarra Roja' de Los Planetas, porque ha encontrado en tocar en la calle la mejor forma de ser libre. «Me permite vivir en los lindes del sistema haciendo lo que me gusta: cantar», explica sin reparos. La norma por la que se rige es una que él mismo se impuso: «Aunque no tenga dinero, sólo salgo a tocar si realmente tengo ganas», lo que también le permite invertir tiempo en «ensayar y componer, porque para mi esto es un oficio, es a lo que me dedico», comenta Saül, que como tantos otros, invierte horas tocando en cerca de una decena de terrazas diarias. Después de haber viajado por Europa y Latinoamérica, vuelve con un disco bajo el brazo y la misma pregunta con la que partió: «¿Por qué no puedo usar un micro y un amplificador? Mi voz es mi instrumento, estuve dos mese de baja, tuve que gastarme el dinero en logopedas, foniatras ... ahora uso el amplificador a un volumen moderado», reconoce que es duro pero «la calle me aporta un espectáculo espontáneo más rico que cualquier concierto en una sala».

Hace más de cinco años que a través de una asociación los artistas callejeros unen fuerzas. Se proponen cambiar lo que ocurre en Valencia escogiendo como referencia grandes ciudades donde tocar en las plazas y aceras no está penalizado. Emilio Gallén, es uno de los 25 asociados a Musicarte Urbano. «La gente se puede hacer una idea equivocada porque vivimos de las propinas», dice Emilio. Consiguió vencer su timidez gracias a un amigo que le animó a tocar en la calle. Ahora triunfa versionando canciones junto a su «socio» como le gusta llamarle, con el grupo 'Calavera Jones'. «Somos piratas musicales, hemos recorrido España de Cádiz hasta Donosti, cómo es posible que donde siempre tenemos problemas sea en nuestra tierra», se pregunta con indignación. Más de ocho años tocando en las plazas más emblemáticas del país le acreditan para proponer «hablar con los artistas, los hosteleros, vecinos y con el Ayuntamiento, en otras ciudades se han reunido todas estas entidades para consensuar la regulación, acotar zonas donde se pueda tocar usando amplificador y llegar a un acuerdo», explica y reconoce que fue él quien trajo la idea a la asociación, «por el momento nuestros intentos han caído en saco roto», dice con decepción, para después prometer que «seguiremos tocando en la calle, así es como sobrevivimos aunque implique renunciar a lujos y caprichos».

La calle, como hasta el mejor álbum, tiene una cara B. «Me han llegado a escupir y me han amenazado por tocar en la calle en el Carmen y en Ruzafa», dice Emilio esta vez, sin vergüenza. Confiesa que «algunos días, resulta muy difícil pasar la gorra y ver como sigue vacía después de haber estado todo el día de terraza en terraza».

Raúl cree que es injusto sentirse como un delincuente. «Vamos tocando por la ciudad, y parece que tengas que ir mirando hacia atrás como si estuvieras haciendo algo mal, algo ilegal cuando sólo estás cantando», dice el joven que se emancipó gracias a tocar en las calles. Ahora, 16 años después forma parte de varios grupos, toca la guitarra, el saxofón, la flauta travesera y canta. Canta con su compañero Elvert, en una plaza de la Virgen repleta, en la que en pocos minutos se forma a su alrededor un corro de gente animándoles con palmas.

«Somos músicos, así nos ganamos la vida, no entiendo porque tenemos que ir pidiendo disculpas», dice Raúl que considera que los artistas callejeros no son más que trovadores, juglares del siglo XXI «que iban de ciudad en ciudad, cantando y recitando poesía pero ahora, por suerte, la tecnología nos ha facilita las cosas con herramientas como amplificadores», para hacerse escuchar.