Música de otro tiempo a través de imágenes valencianas

Catedral de Valencia. Ángeles músicos en el  tímpano de la puerta  de los Apóstoles. / ó. calvé
Catedral de Valencia. Ángeles músicos en el tímpano de la puerta de los Apóstoles. / ó. calvé

El centro de la ciudad contiene detalles arquitectónicos capaces de construir una historia inimaginable Un paseo por lo que el ojo no ve de nuestras pinturas y esculturas revela piezas utilizadas en el pasado

ÓSCAR CALVÉVALENCIA.

Ya llega el verano. Ya llega con su sol... El malogrado y querido Bruno Lomas fue lo más del rock and roll valenciano. Para un servidor -que tampoco es que sea un especialista-, Emilio Baldoví grabó el himno estival más desenfadado y fresco que pueda imaginarse.

Muchos pensamos que tenía más voz Nino Bravo. También que el registro más amplio lo ostenta el inigualable Camilo Sesto. Sea como fuere, una de las señas de identidad más particulares del territorio valenciano es el amor por la música. También su ejercicio.

Para sintonizar su interés he puesto el ejemplo de cantantes de un pasado reciente, ¿pero recuerdan cuándo les hablé de Vicente Martín y Soler, el que triunfaba más que Mozart? La Piquer, Lucrecia Bori, José Iturbi,... ¿y qué me dicen de nuestras bandas de música? ¿Acaso no son un bien incomparable admirado por todos los visitantes? No les quepa la menor duda, el ADN valenciano lleva escalas, arpegios y solos.

Muchas de esas notas fueron escritas siglos atrás. Hoy son reinterpretadas por formaciones musicales de carácter historicista. Esas formaciones, a veces con la ayuda del mundo académico, a veces por libre, reconstruyen melodías e instrumentos de antaño. Precisamente estos instrumentos se reelaboran a partir de la documentación y de la iconografía que nuestros remotos antepasados nos legaron.

De hecho, las imágenes antiguas encarnan una de las fuentes más fidedignas para entender esos objetos a menudo subyugados en nuestro intelecto a asuntos aparentemente más elevados, como por ejemplo entender las escenas donde se incorporan. Es una magnífica muestra de «lo que el ojo no ve» del arte valenciano. Aquí viene un brevísimo recorrido ilustrativo por la capital del Turia.

Nos remontamos a la época en que Jaime I tomó la ciudad, bueno, un poco más tarde. Exactamente cuando, desde 1262, fue levantada la catedral. En la puerta románica, la más antigua, hay un pequeño friso corrido sobre los capiteles con escenas de la Antigua Ley. Sólo los más atentos verán cómo uno de los personajes tañe una especie de enorme cuerno. Vale, no es un instrumento, pero espero que la próxima vez que pasen por la catedral lo busquen... Además, nos sirve para presentar un repertorio iconográfico (el del friso) que, contrariamente a lo que muchos piensan, sólo significaba generalmente un recurso ornamental sin pretensiones de contenido. Insisto, por lo general.

Si cruzan el crucero, valga la redundancia, saldrán por la puerta de los Apóstoles, cuyo tímpano representa a la Virgen con el Niño, figuras antiguamente colocadas en el desparecido mainel o parteluz. Los dos sagrados personajes aparecen hoy enmarcados por un conjunto de ángeles músicos. Ocho artistas celestiales, algunos de los cuales han conservado sus respectivos instrumentos de percusión, cuerda y viento. Los instrumentos allí figurados eran los que sonaban en la época, a saber, en la primera mitad del siglo XIV. Una curiosidad. La Biblia, estrella polar de la cultura occidental -al menos hasta la Edad Contemporánea-, no hace mención alguna a ángeles músicos.

La génesis de esa relación entre el ángel celestial y la música se remonta a antiguos textos devocionales y a lejanas liturgias de la tardoantigüedad, pero no a las Sagradas Escrituras. En cualquier caso, el referente más directo ha de situarse en los evangelios apócrifos, y más tarde, en la influencia de estos sobre los best-sellers medievales. Si desean profundizar sobre estas cuestiones, existe una maravillosa tesis doctoral de la valenciana Candela Perpiñá sobre ángeles músicos.

El papel de los predicadores en la creación de los «conjuntos músico-celestiales» fue fundamental. En Valencia, un hermano de la orden de Jacopo, un dominico, aunque muy posterior, dejaba «bocabadats» a todos con unas historias donde ni faltaba la música en directo -se acompañaba de un organista-, ni las menciones a los instrumentos. Eso sí, una fiesta, lo que se dice una fiesta, no siempre era. Habla nuestro queridísimo San Vicente Ferrer: «Pren la guitarra que ès penitència. Veus per què la appelle guitarra: bona gent!, sabeu que guitarra és fust sech, e vana dintre; axí la persona torna sequa e esmayada ab la penitència, e vana de dintre, que.s batya lo cor de tota malícia. E les VIII cordes, que van de dues en dues?»

Para el santo valenciano todo era susceptible de recordar la debilidad de la naturaleza humana y el inminente final apocalíptico. También la música: «(...) ans vull tornar al serví de Déu; car sàpies que yo he hoït la trompa del dia del Juhí, que tot me ha spantat». Aquella trompa anunciadora era la misma que se representó, en manos de un ángel, en el retablo que hizo ejecutar el hermano carnal de «mestre Vicent», Bonifacio, hoy conservado en el Museo de Bellas Artes de Valencia. Sobre San Vicente Ferrer y la trompa, y sin que sirva de precedente, les recomiendo un artículo de un servidor recientemente publicado en Anuario de Estudios Medievales.

Volviendo al mundo terrenal, en aquel período la música era, como en la actualidad, la máxima expresión de algún tipo de celebración. Por ejemplo, con motivo de la elección de Fernando de Antequera como nuevo rey de la Corona de Aragón, sintomáticamente hecha pública por San Vicente Ferrer en Caspe, Valencia mostró su júbilo con «(...) ministrers, jutglars e sonadors qui ab moltes e diverses sons de trompes, trompetes e nafils, tabals, caramelles, cornamuses e altres sturments de boqua e de corda».

Ese ambiente puede percibirse a través de una obra de arte, pero precisa de su imaginación. En la Lonja de Valencia, en concreto en la planta noble del pabellón del Consulado del Mar, se reubicó hace un siglo la techumbre de la Sala Dorada de la desaparecida Casa de la Ciudad de Valencia. Ya saben que el antiguo ayuntamiento estuvo hasta 1869 en las inmediaciones del terreno hoy ocupado por el jardín de la plaza de la Virgen. En aquel edificio existía una sala empleada para tomar grandes decisiones. También para mostrar la riqueza de la ciudad. Precisamente el apelativo de «daurada» hacía mención al oropel que deslumbraba a todo visitante.

El resplandor era producido por los destellos del alfarje, uno de los encargos más ambiciosos de la Valencia bajomedieval realizado en la primera mitad del siglo XV. Que el carácter abigarrado de la techumbre no les desanime: la obra presenta un magnífico repertorio de los instrumentos de la época. Instrumentos que según los documentos eran tocados por personas disfrazadas, sólo en parte, de animales. Ya les advertí que no siempre era un mero recurso. La estructura representa -según los últimos estudios y sintetizando al máximo- el control de las autoridades sobre la población durante los festejos más sonados y populares, donde los excesos, acompañados de música, causaban no pocos daños.

El recorrido lo acabamos donde empezamos, en la seo valenciana. En la cúpula sobre el altar mayor se pintaron unos magníficos ángeles músicos que, para muchos historiadores, encarnaron la llegada de las formas renacentistas italianas a la península ibérica. El 26 de julio de 1472 -el próximo miércoles cumplirá 547 años-, se redactó el contrato por el que los pintores Francisco Pagano, natural de Nápoles, y el lombardo Pablo de San Leocadio, se comprometían a pintar esos ángeles para el Cardenal y el Cabildo de la catedral. Víctimas de la moda, no de la juvenil, sino de la estética de finales del siglo XVII, los ángeles fueron tapados. Los 10 ángeles músicos de nuestra ciudad más reconocidos internacionalmente fueron privados de visión alguna durante más de dos siglos. Pero volvieron, como vuelve el verano y la voz de Bruno Lomas con esa mítica frase que, paradojas de la vida, hoy se miraría bajo lupa, la de las minifaldas. ¡Qué maravilla de canción!