Más contrastes en el Cabanyal

En obras. Una de las pocas viviendas municipales que se están restaurando, ubicada en la calle San Pedro. / lp Sin urbanizar. Casa situada junto al Bloque de Portuarios y el polideportivo de la calle Doctor Lluch. :: irene marsilla
En obras. Una de las pocas viviendas municipales que se están restaurando, ubicada en la calle San Pedro. / lp Sin urbanizar. Casa situada junto al Bloque de Portuarios y el polideportivo de la calle Doctor Lluch. :: irene marsilla

El deterioro del barrio dispara la pobreza, la ocupación ilegal y el chabolismo | Los vecinos lamentan que no se compagine la modernización de las aceras que ya está en marcha con la rehabilitación de las casas

MAR GUADALAJARA VALENCIA.

Entre la calle del Lavadero y la de San Pedro pasa un coche viejo dejando rastro con el humo negro del tubo de escape y con el pasodoble que suena de entre las ventanillas entornadas. El escenario también parece de otra época. Muchas de las casas bajas tienen la puerta entreabierta y las ventanas tapiadas con tablones de madera.

El barrio despierta con el sonido de las obras. Las calles se tiñen de un polvo blanco y se llenan de operarios de chalecos amarillos que tratan de mejorar las aceras. Por contra, las casas están deshechas. Una pareja sale del número 60 de San Pedro con fachada sin revestir. En el balcón asoma la ropa tendida.

«Estas aceras tienen más de cien años», dice Pepe dejando caer la bolsa de la compra para descansar. «Esto ha cambiado mucho, lo han dejado morir, así acabaremos todos algún día», sonríe. Es vecino «de toda la vida y de aquí no me voy a marchar». Aseguran que ahora están arreglando las aceras, pero la rehabilitación de las casas está pendiente.

En otra de las estrechas calles del barrio del Cabanyal una familia descarga una furgoneta llena de chatarra en uno de los bajos. Las niñas juegan con un balón a medio hinchar. Un día laborable que es calmado en una zona de contrastes enmarcada entre cuatro grandes calles de la ciudad: Serrería, avenida de los Naranjos, Eugenia Viñes y Francisco Cubells. Parece estar escondida hasta de los vecinos que prefieren no mirar lo que ocurre.

Concha ya hace tiempo que colgó la bandera de la rendición. Asume en lo que se ha convertido el histórico barrio del Marítimo. Con la boca pequeña dice que ella sigue estando a gusto, agradece la tranquilidad y la proximidad con la playa. «Lo que no soporto es que nos utilicen para hacer campaña política, parece que seamos la opción más fácil para conseguir votos y tanto unos como otros lo han hecho, para que al final siga todo igual o peor», zanja sacando las llaves del bolso.

Frente a un deteriorado parque, entre edificios abandonados a medio construir y casas sin ventanas, está el retén de la Policía Local. «Es como un barracón, está puesto para despistar. Creo que lo hacen porque estamos en campaña electoral, ya verás como desaparece, es todo un paripé», dice Manolo. Señalando al parque infantil, añade, «es todo así, hacen promesas que después no cumplen, que hagan limpieza de las calles y de los jardines, que vengan aquí y vean cómo las casas se caen a trozos, no sabemos quienes son los dueños ni los inquilinos». A sus setenta años es incapaz de ignorar los recuerdos que aún conserva, «cómo era todo esto antes, ahora la gente se ha ido las casas están vacías y llega cualquiera a dar una patada en la puerta para malvivir».

Cuando Manolo se aleja, pasa un hombre con las zapatillas rotas e introduce medio cuerpo en un contenedor. Rescata un palo de escoba del que se ayuda ahora para seguir recogiendo lo que otros desechan. Es lo que ocurre en el Cabanyal, su degradación arrastra a quienes residen allí. Más de 240 personas viven en una situación precaria, hay más de 120 inmuebles ocupadas ilegalmente. Al menos 17 son municipales.

Nacido entre esas mismas calles, pescadero del mercado del Cabanyal, José sufre al ver cómo ha terminado el partido. «Quien me lo iba a decir. No pensé nunca que esto acabaría así. Sigue siendo un barrio muy importante, sólo necesita que lo cuiden, parece que les da igual», reniega. No tiene pelos en la lengua y a pesar de llevar prisa, se detiene para confirmar lo evidente: «Es un desastre». Explica haciendo aspavientos con las manos, cómo ha ido cambiando la zona y esas mismas calles en las que él pasó tantas horas jugando. «La que llaman la zona cero está catastrófica, es un desastre en todos los aspectos, tanto las viviendas como la convivencia entre vecinos. Hace tiempo que no paso», dice José. «Hay una sociedad musical que se está muriendo. Los padres no se atreven a llevar a los chiquillos, no les dejan ir solos», añade.

Los niños con uniforme y los estudiantes universitarios aparecen a medio día. Muchos de los jóvenes son extranjeros, que llenan las terrazas cercanas a las avenidas más concurridas como la del Mediterráneo o la calle de la Reina. Además de los pisos de estudiantes que proliferan, por la cercanía a la zona de las universidades, también son habituales los turísticos, esta vez por el reclamo que supone el mar. Sobre todo durante las Fallas y en verano los vecinos comprueban como el barrio crece y está más transitado por turistas en busca de la playa.

Es en dirección al mar, bordeando el polideportivo Doctor Lluch, donde queda el Bloque de Portuarios, un apartado que resulta incómodo entre el vecindario. Justo al lado y trazando una línea recta con la parada del tranvía de Las Arenas, hay un amplio descampado, con una casa sin ventanas y las tejas levantadas. Sentada en la puerta, ensimismada, juega una pequeña con un peluche.