El comercio tradicional valenciano se renueva

La subida de alquileres, las rebajas liberalizadas y la falta de incentivos, toda una la carrera de obstáculos para evitar el cierre Las jóvenes generaciones reivindican su labor a través de las redes sociales. Con la innovación y las nuevas tecnologías mantienen sus puertas abiertas sin renunciar a la esencia que les dio origen

MAR GUADALAJARA

Se criaron detrás de un mostrador, correteando entre clientes y jugando con las telas y materiales descatalogados. Aprendieron el oficio por necesidad, como parte de su herencia, algo que llevan en su propio ADN. Ellos son la última generación de supervivientes gracias a los que establecimientos centenarios pueden seguir cumpliendo años. Son más de 140 los comercios que han tenido que cerrar en la ciudad de Valencia. El afán regenerador de los sucesores es lo que garantiza que su persiana siga subiendo cada día.

El 82% de los negocios familiares tiene sucesores potenciales, pero solo un 25% está dispuesto a continuar con el negocio, según la última encuesta del Instituto Valenciano del Estudio de la Empresa Familiar. Las cifras son demoledoras para las familias. Solo el 3'8% de estos comercios están dirigidos por la cuarta generación y tan solo en un 2'5% conviven la tercera y la cuarta.

Los jóvenes que deciden ponerse al frente lo hacen desde el orgullo y el respeto. La mayoría tiene formación e ideas para renovarlo, pero no sin saber a lo que se enfrentan. Los horarios comerciales, los descuentos anticipados y la subida en el alquiler, sigue siendo una condena con la que tienen que lidiar; hasta un 10% se han incrementado los arrendamientos comerciales en las principales arterias de la ciudad.

El 82% tiene sucesores pero sólo un 25% está dispuesto a continuar con el negocio tradicional

«Mi opinión también es la de un empresario de un negocio familiar y lo que compruebo es que este tipo de comercio tiene una competencia potentísima por parte de las grandes superficies y las ventas en internet. Las rebajas adelantadas como las de este fin de semana hacen mucho daño a los más pequeños», asegura Francisco Vallejo, presidente del Instituto Valenciano de Empresas Familiares.

Las redes sociales son su altavoz, preservar el negocio y transmitir el valor de la tradición es su objetivo. Renovarse desde dentro, emprender un camino nuevo sin cambiar su esencia.

Merche Navarro, de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Valencia, es también la tercera generación de una saga de fabricantes de joyas que se iniciaron en los años 50 y es testigo de la situación: «emprender desde cero está mejor visto al parecer, el empresario de toda la vida, por mucho que se reinvente, está fuera de eso, es una especie de penalización». Una opinión que comparte Vallejo: «Dentro de una empresa también se puede emprender, pero no hay apoyos ni visibilidad para los hijos que continúan el negocio familiar, este concepto de intraemprendedor no existe en el vocabulario de las administraciones públicas, ni de las asociaciones».

No tienen incentivos para continuar. Son pocos los que encuentran la necesidad de transmitir la tradición y acercarla al público cada vez más joven para que perdure su valor. «No creo que exista la fórmula mágica para poner en valor el comercio tradicional. Yo en mi empresa lucho todos los días para resolver los problemas a mis clientes. Intento ser rápida y atenta, manteniendo la calidad y sin saltar las normas. Creo que esa es mi mejor baza», añade Navarro.

Para Vallejo, los valores que infunde el comercio tradicional son una pieza clave en el engranaje: «la formación es fundamental pero también es importante mantener los valores de la empresa familiar, me gustaría que se preservara el ejemplo de los familiares que han luchado, que saben lo que significa el sacrificio, tu negocio también va a depender de esos valores». Las nuevas generaciones sin duda han renovado el comercio, su reto está en mantener la tradición.

Los hermanos Alberola muestran recuerdos de familia. / Jesús Signes

LENCERÍA ALBEROLA «Hemos visto cerrar a la competencia»

En cinco años vieron desaparecer todas las corseterías de la ciudad. Tras la crisis siguen en pie a punto de cumplir los cien. «Acabamos de sacar nuestra primera línea 'online'», anuncia Belén orgullosa. Su comercio tiene noventa y cinco años de vida, una historia familiar que ha sobrevivido a las grandes superficies y a las crisis. «Nos asustamos cuando, en cuestión de cinco años, vimos como cerraban todas las corseterías tradicionales, que habían sido nuestra competencia; ahora lo llevamos con orgullo». 'Desde 1923' reza su eslogan, es lo que quieren trasmitir: artesanía, experiencia, dedicación y el esfuerzo. «Nunca nos han ayudado, nadie te va a reconocer el esfuerzo que supone seguir en pie, mantener un negocio de tantos años y adaptarlo a todo lo que existe hoy en día», explica Alfredo. Ambos hermanos reconocen que tenían muy asumido que, «nos tocaba seguir con lo que empezó nuestra familia, no nos lo planteamos». Se criaron entre clientas y jugando detrás de un mostrador. «Sabemos lo que es la dedicación y la atención al cliente, vendemos lencería y el trato es fundamental, esa es la lección que recibimos y la que queremos continuar», dice Belén. Han asumido que la clave está en que «tenemos que mantener la tradición, lo que nos define, pero también está claro que si no renuevas, corres un gran riesgo», añade Alfredo.

Adrián con la foto de su abuelo en la sastrería. / Jesús Signes

SELIGRA SASTRE «Me considero un emprendedor»

La cuarta generación sigue luchando con afán de superación para preservar la artesanía y mostrarla a los más jóvenes. Adrián Seligra es la cuarta generación de un oficio que empezó su tatarabuelo, los sucesores poco a poco le fueron dando forma al negocio. «Crecí con mi abuelo. Él siempre me involucraba para ayudarle en lo que fuese, pasaba mucho tiempo en la sastrería con él y me contaba sus planes de futuro que me dijo que los haríamos juntos». Al morir su abuelo y tras haber acabado sus estudios, Adrián se propuso el reto de preservar la artesanía y enseñársela a los jóvenes: «mi idea es que de entrada sepas lo que es y la diferencia que hay entre un traje a medida y uno comprado en cualquier tienda. Quiero crear un experiencia desde el minuto en el que el cliente entra en la sastrería». Las redes sociales son el altavoz con el que reivindica su labor. «Supone una lucha de diaria, pero yo me considero emprendedor, creo que he renovado el negocio, he ido superando baches, he creado marca y en un futuro me veo creciendo y cumpliendo mi objetivo».

Miguel, de 33 años, en la tienda que fundó su abuela. / Jesús Signes

«Hace cuatro años aquí se hacía todo a mano»

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«Somos una familia de comerciantes desde mis bisabuelos, pero fue mi abuela la más emprendedora y la que decidió abrir un tienda diferente», relata Miguel Gil, que con 33 años es el actual dueño de Batallón, que ha pasado de mano en mano hasta llegar a a él, la tercera generación, que supuso su cambio más radical. «Hasta entonces lo hacían todo a mano, hasta las facturas y las cuentas». La introducción de las nuevas tecnologías la hizo Miguel. «Hace cuatro años aquí no había ninguna herramienta tecnológica. Lo hacían a mano. Ahora se nota el cambio, nos conoce más gente, nueva y joven», asegura. A punto de cumplir los 65 años de vida, la tienda de Miguel ha pasado por épocas duras y sin contar con ayudas, «Los que nos pueden ayudar, deberían estar más atentos, nosotros ya nos lo curramos bastante».

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