Calle de la Paz, la calle que además hace ciudad
Exposición: 'La transformación de Valencia 1866-2026' ·
Una vía de alto valor simbólico para Valencia, que forja la trama urbana y acoge la huella de los mejores arquitectos de la historia: nace en el majestuoso Parterre y culmina en la plaza de la Reina; al fondo, Santa Catalina ejerce como imán para el turista y el inevitable selfiSi Luis Cernuda lo dejó por escrito («Esto es una calle»), quiénes somos nosotros para quitarle la razón al inmortal poeta. Cuando el autor de 'La realidad y el deseo' se pronunciaba en términos tan concluyentes al respecto de la impresión que forjaba en su corazón la vista de la calle de la Paz, en realidad condensaba en esa frase un sentimiento colectivo. Esa sensación que procura asomarse a una calle que, en efecto, no es cualquier calle. Ejerce como concentrado de los mejores rasgos que aspiran a conquistar sus hermanas menos afortunadas, anidadas en la misma Valencia o en el resto del mundo y observan con alguna envidia esta inmaculada vía, que opera además como una suerte de navaja suiza urbana. Es calle, pero es también icono. Organiza a su alrededor la trama del callejero valenciano, atrae las miradas del turista (y el inevitable selfi) y del empadronado entre las cuatro cruces y resume lo mejor de la historia de Valencia: entenderla es imposible si no se lee bien cuanto esta calle dice.
La buena estrella de la calle de la Paz se empieza a alimentar a partir de su privilegiado enclave. Una línea más o menos recta que deja atrás la coqueta Glorieta, toma impulso en el majestuoso Parterre y se precipita hacia la plaza de la Reina... Al fondo, la esbelta silueta de la iglesia de Santa Catalina. El mismo paisaje que han conocido generaciones enteras de valencianos, pero que en realidad es consecuencia de numerosas aportaciones a lo largo del tiempo hasta dibujar su actual estampa. La calle de la Paz no siempre ha sido tal cual hoy nos saluda: un enjundioso estudio firmado por Víctor Ramos Sabater para la Universitat Politècnica fija en términos muy exactos la biografía de una calle cuya apariencia debe interpretarse según la lógica del Ensanche, que a mediados del siglo XIX prefigura los hitos históricos de aquella época: el derribo de la murallas, «la efervescencia urbanística» del momento y una bulliciosa suma de novedades de toda índole (los hallazgos tecnológicos, el triunfo definitivo de la burguesía, el nacimiento de dotaciones clave como la Plaza de Toros o las estaciones de ferrocarril) que predisponen al feliz alumbramiento de una calle que el autor de la publicación cubre de elogios: «La calle más representativa tanto del urbanismo decimonónico como del gusto de la época».
Los mejores arquitectos valencianos del siglo XIX y XX dejaron su huella en la calle, que acoge todos los estilos arquitectónicos
Nace en 1465 como un 'atzucac', se llamó por un tiempo calle Peris y Valero y toma su actual nombre tras el final de la III Guerra Carlista
La definición haría feliz desde luego a Cernuda, que se maravilló del aspecto que ofrecía esta arteria central de Valencia cuando la recorría en compañía del también escritor Juan Gil-Albert, responsable de inmortalizar la anécdota. «Una de las pocas calles que hay en España», observó allá en 1934 el creador de 'Donde habite el olvido' y otras cimas de nuestra cultura. ¿Qué quería decirnos cuando se asombraba ante nuestra calle más señera? Imposible saberlo, claro. Pero no es difícil intuir que Cernuda se maravillaba ante algunas de las señales que ya por entonces enviaba la calle a quien la recorría. No siempre fue así, desde luego. El estudio de Ramos Sabater detalla que la calle de la Paz nace allá en 1465, cuando se datan las primeras referencias documentales, que aluden a ella como calle 'Deis Caputxers', apenas «un callejón estrecho y tortuoso» (un simple 'atzucac', para entedernos), que se transforma en la calle 'Dels Capvellats' hacia 1537 y con el tiempo queda entronizada como calle del 'Forn de la Ceca'. Una convulsa biografía, propia de tantos otros hallazgos urbanísticos de Valencia, que desemboca en el dichoso acontecimiento fechado en 1862, cuando se abre ante los ojos de nuestros antepasados la calle de la Paz de acuerdo con su actual configuración. Fruto del derribo de un par de conventos ubicados en sus alrededores, la protagonista de estas líneas reclama una personalidad propia, la que ha llegado hasta nuestros días. Luego de esquivar con habilidad un fallido intento para ser bautizada como calle de la Revolución (eran los años de la Gloriosa), se hizo con el nombre con que hoy nos saluda: calle de la Paz, en honor al desenlace pacífico (más o menos) de la III Guerra Carlista.
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Corría el año de 1878. Y aunque a continuación tuvo que lidiar con la ocurrencia municipal de denominarla Peris y Valero en honor al antiguo alcalde de Valencia, la calle de la Paz recobró su antiguo nombre en 1916 y hasta hoy... con alguna particularidad. Porque no se trata por supuesto de la misma calle que conocieron nuestros abuelos, pero debe concluirse que ni ha perdido su esencia ni ha sufrido atentados tan graves como ha sido propio en otras calles de Valencia. Una foto de 1905 que incluye Ramos Sabater en su estudio ofrece una acabada pista de cómo, en efecto, la calle por donde fluyen nuestros pasos se parecía bastante hace más de un siglo a la coqueta arteria que hoy nos recibe. La coqueta alineación de los estupendos edificios que festonean ambas orillas se mantiene leal a la imagen que de ella quisieron asegurar los valencianos de entonces y ahí reside con certeza una de sus fortalezas: esa primorosa arquitectura, con sus fincas rematadas con el delicado lambrequín tan enraizado en la construcción valenciana, garantiza una amena caminata que además contribuye al mérito principal de la calle. A saber, que la calle de La Paz es una ayuda capital al propósito que otras de su estirpe ambicionan pero muy pocas alcanzan: hacer ciudad. Y de paso mejorar el conjunto de la trama urbana.
Misión cumplida, puede concluirse. Enhorabuena a quienes durante décadas han conseguido preservar este tesoro consistente en edificar el conjunto de Valencia utilizando esta calle como una suerte de rompeaguas. A cada lado de ella, la ciudad se inventa, muta y reconvierte en lo que dicte el paso del tiempo. Pero en su entorno triunfa una idea de ciudad amena y plácida, la ciudad de los quince minutos antes de que este concepto se pusiera de moda. Algo tiene que ver con semejante hazaña un factor que se anota con precisión en el estudio de la UPV: que los mejores arquitectos de los siglos XIX y XX han dejado su huella en la calle, hasta el punto de que puede interpretarse su personalidad actual como una especie de museo de estilos arquitectónicos al aire libre. Del eclecticismo al modernismo, por mencionar los dos lenguajes imperantes en su configuración, Tomás Sabater cita las aportaciones de profesionales tan brillantes como Lucas García Cardona, Joaquín María Arnau, Antonio Martorell o el gran Francisco Mora, autor del Mercado Colón entre otras obras cumbre de nuestra arquitectura y firma la estupenda casa Sagnier.
También el prestigioso arquitecto Javier Goerlich legó una brillante muestra de su talento cuando se ocupó de firmar el proyecto de ensanche de la plaza de la Reina, un gesto de alto relieve urbanístico que sella para la posteridad la fisonomía de la calle, beneficiaria además de otra singularidad: su acreditada capacidad para acoger una serie de edificios de gran relieve social y hasta mundano, más allá de las ejemplares muestras de arquitectura doméstica que jalonan ambas orillas. Hoteles como el Palace o el Munich, la finca que albergó el Café Ideal Room o la que sirvió de sede para el Gran Café Continental. O el Hotel Palace, hogar que fue de la intelectualidad española cuando Valencia fue capital de la II República y que, transformado según la lógica de los tiempos, resiste de manera admirable en la esquina con la calle Comedias, símbolo de cuantos valores se resumen en estos párrafos. La modélica capacidad de la calle para adaptarse al paso de los años, su reinvención constante para fortalecer el discurso único del urbanismo valenciano, su condición de símbolo de esa clase de ciudad amable y propicia para el paseo al que Valencia no debería renunciar... Dice Tomás Sabater que la calle de la Paz «es uno de los ejemplos más equilibrados que conocemos del urbanismo valenciano»: es imposible quitarle la razón porque sería tanto como traicionar la memoria de Cernuda.
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