Las goteras de Calatrava

El arquitecto deja tras de sí una docena de edificios con problemas en la construcción

ARTURO CHECA
Las goteras de Calatrava

Los edificios tienen vida propia y tú no eres nadie». La frase es de Santiago Calatrava (Benimàmet, Valencia, 1951), el arquitecto que ya de niño iba de acá para allá por Benimàmet con sus lápices de grafito y que pronunció en su descargo en 2009, después de que toda una institución del periodismo como 'The New York Times' cargara contra él por convertir la Grand Central Station de la 'zona cero' en un proyecto, según el rotativo estadounidense, «al servicio de su ego». Hoy, aquella afirmación del reconocido valenciano -estudió Arquitectura en Valencia e Ingeniería en Zúrich- casi parece cobrar un sentido irónico, cuando la 'vida' de sus edificios amenaza para algunos con convertirse en su particular 'Saturno' y acabar devorando su fama y a él mismo.

Hace apenas unos meses, el propio 'The New York Times' volvía a poner el foco en la figura del valenciano. «Calatrava recaba detractores con la misma facilidad que fans». Amores y odios. Éxitos y fiascos. Desde que el USA Today -el periódico más vendido de Estados Unidos- califique el aeropuerto de Bilbao (obra suya y tampoco exenta de problemas) como uno de los aeródromos más bellos del mundo hasta que uno de sus diseños más emblemáticos, la retorcida torre Turning Torso (Torso en giro) de Malmö (Suecia), esté a punto de causar una cascada de dimisiones en el gobierno escandinavo por el disparado sobrecoste del edificio residencial.

El fiasco del trencadís en el Palau de les Arts es sólo la última 'gotera' en su trayectoria, el postrero edificio con desperfectos en una lista que suma ya una docena de obras con su sello que han terminando necesitando reformas. Desde la sede valenciana de la ópera, el majestuoso 'casco' en el que los técnicos trabajarán desde mañana para levantar la maltrecha cubierta cerámica, con un coste de tres millones de euros -que Calatrava y las constructoras se han comprometido a pagar-, basta levantar la vista en la Ciudad de las Artes -la misma que ha puesto a Valencia en el mapa- para toparse con otros dos colosos con pies de barro.

Al 'Jamonero' le tocó la polémica en 2009. En dos meses, el puente de l'Assut de l'Or era escenario de la muerte de dos motoristas. Y muchos ojos se giraron hacia el brusco cambio de rasante de la creación de Calatrava. Desde el estudio del arquitecto rechazaron que se tratara de un «capricho estético» y argumentaron que la altura era la necesaria para permitir el paso de vehículos de emergencias (como los bomberos) por el viejo cauce. Pero lo cierto es que el ayuntamiento acabó instalando un semáforo en la mitad de la pasarela para mejorar su seguridad.

Y a tiro de piedra, el Ágora tampoco se ha librado. En 2009 y en 2011, hasta en tres ocasiones, la techumbre 'hizo aguas'. Las goteras inquietaron a los 'geeks' de la Campus Party y sembraron la incertidumbre en el Open 500 de Tenis.

De la 'Llotgeta' al 'condón'

La entonces portavoz del Consell Lola Johnson lo calificó de «problema puntual», aunque las 'sombras' regresaron en febrero de 2012, cuando la obra -con las piezas de la cubierta que debía culminarla abandonadas en un solar después de que la falta de fondos del Consell le llevara a paralizar el remate- apareció con desconchones de trencadís. El Consell descartó «problemas estructurales», pero hoy ya se plantean catas para descartar males mayores. Otra 'mancha' en una obra que según la Sindicatura de Comptes disparó su coste hasta los 80 millones sin autorización. Decir que la estación de metro de la Alameda «hizo aguas» es quedarse corto. En 2007, las fuertes lluvias llevaron la inundación... hasta la estación de Xàtiva, a un kilómetro de distancia. Las escaleras de acceso, los lucernarios y los ventiladores del diseño de Santiago Calatrava se convirtieron en gigantescos sumideros que anegaron el subsuelo. Dejarlo como es debido costó casi un millón de euros de dinero público.

Aunque el 'pecado original' en la Comunitat del considerado por muchos como uno de los mejores arquitectos del mundo se 'perpetró' mucho antes de fraguarse la Ciudad de las Artes. En 1995 creó en Alcoy la Llotja de Sant Jordi, una sala subterránea inicialmente ideada como sala de conciertos pero que mutó en espacio multiusos por su mala sonoridad. Aunque ese no iba a ser el principal problema: las bandas de cristal con las que Calatrava cubrió la 'peineta' superior originaban constantes inundaciones.

Moquetas contra caídas

El edificio, conocido en Alcoy como el Ágora, ha amanecido a menudo con cubos para las goteras o un plástico como cubierta. Y los detractores de Calatrava lo tuvieron en bandeja para rebautizar el edificio. Lo llaman 'El Condón'. En 2009 fue necesario dotar a la edificación de un nuevo sistema de desagües, aunque persiste un quebradero de cabeza: las escaleras demasiado inclinadas y escalones más estrechos que lo fijado en la normativa de seguridad, sin reforma posible a no ser que se modifique la estructura de la obra.

Y esas modificaciones, como se demostró en Bilbao, pueden suponer un problema para la Administración. Allí la polémica se llama Zubizuri. El puente partía como siempre de un diseño de Calatrava pleno de estética. El suelo de cristal de la pasarela permitía iluminar el conjunto con los focos situados debajo. El problema, estar situado en una ciudad en la que llueve un día de cada dos (180 al año, según los datos meteorológicos). Y en unos años, la cifra de ciudadanos lesionados o con fracturas a causa de las caídas alcanzó el medio centenar, según funcionarios municipales.

El Ayuntamiento de Bilbao se vio obligado a colocar una moqueta para evitar más accidentes. Un caso prácticamente calcado al del puente Vistabella de Murcia. En esta pasarela acristalada también arreciaron los tortazos de la ciudadanía por su carácter resbaladizo. Y la rotura de baldosas suponía un gasto de 20.000 euros al año al ayuntamiento. La solución municipal de la alfombra añadió 60.000 euros más a la factura de la construcción.

Pero el 'problemón' mencionado para Bilbao llegó con otra reforma en la pasarela Zubizuri. Se incluyó un añadido para salvar un desnivel del puente. Calatrava demandó a la ciudad por traicionar el espíritu de su obra. Y la Justicia acabó dándole la razón. El resultado, 30.000 euros de indemnización por «daño moral» para el arquitecto, aunque lejos de los tres millones que él reclamaba.

El de Benimàmet sigue labrando su carrera entre alabanzas («su obra es excepcional», según el prestigioso arquitecto Daniel Libeskind) y ataques («es incongruente la extravagancia de su arquitectura y el limitado propósito al que sirve», dice 'The New York Times'). Pero lo cierto es que medio mundo está repleto de hitos con su esencia: el Estadio Olímpico de Atenas, la Biblioteca de Derecho de Zurich, la Estación de Oriente de Lisboa...

Aunque muchos de ellos le traen quebraderos de cabeza que aún duran. En Holanda, tres puentes suyos se oxidaron al año de ser trazados, con 50 millones de coste de mantenimiento. De los 455 que cruzan los canales de Venecia no hay muchos tan bellos y singulares como el Constituzione, pero tampoco ninguno tan problemático. La lluvia convertía el puente en una peligrosa 'pista de patinaje', su vibración asustaba a los turistas, los discapacitados clamaron por su escasa accesibilidad...

Venecia acabó llevando al valenciano a los tribunales por defectos de construcción y el sobrecoste del proyecto, otra constante demasiada veces presente en su trayectoria. En esta ocasión, el Constituzione pasó de los seis a los casi doce millones de gasto. El juicio se celebrará en noviembre.

No es su única cita judicial este año. En La Rioja, Domecq ha demandado al arquitecto. La ondulada cubierta de la emblemática bodega Ysios convierte el lugar en un hito de La Rioja alavesa, con permiso de la bodega de Marqués de Riscal de Frank Gehry. Pero las goteras y humedades que supuestamente causa el diseño son un enemigo mortal para los vinos de Domecq. Y el asunto está en manos de un juez.

De perder, no sería su primer revolcón judicial. El año pasado fue condenado a pagar 3,2 millones por la cubierta mal diseñada y un derrumbe en el Palacio de Exposiciones de Oviedo, justo la ciudad en la que recibió una de sus mayores alegrías: el Premio Príncipe de Asturias.

En Mallorca, la ironía también pareció querer cebarse con él. «Concebí la escultura 'Bou' para recordar los esfuerzos de mis hijos (tiene tres) al aprender a caminar», dijo sobre la génesis de la escultura de la isla, una especie de escalera formada por cinco cubos (pesa 45 toneladas) que alcanza los 15 metros de altura en un irracional equilibrio. Y en 2007, sólo 18 días después de que los Reyes la inauguraran, la gravedad hizo de las suyas. El peligro de desplome obligó a apuntalar el conjunto. Otra mala pasada de sus 'obras con vida propia'.

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