Supervivientes de la huerta

Los vecinos se quejan de la falta de seguridad por los robos aunque todos opinan que no les gustaría vivir en un piso

PACO MORENOVALENCIA.

«De aquí no salgo mientras viva». Manuel Gimeno acaricia a 'Careta' con una mirada entre convencida y bonachona, acostumbrada a otear distancias amplias, sin hormigón alrededor que oprima su modo de vida. Su yegua percherona de unos diez años de edad pisa firme en la fría mañana, junto a la alquería donde vive su dueño y su esposa, Carmen.

Es un ejemplo de las familias que mantienen el compromiso de vivir en la huerta que rodea Valencia pese a las amenazas de la gran ciudad. La inseguridad ciudadana es la más patente y notoria entre todos los testimonios recogidos por LAS PROVINCIAS entre estos supervivientes. «Lo de dejar la puerta abierta ha pasado a la historia, aquello era otra época», indica Carmen.

Ambos viven en la alquería Casa Quicorro, en la pedanía de Font d'En Corts. La señora, de 80 años, lo tiene muy claro: «pienso terminar mi vida aquí», dice orgullosa al recordar que sus tatarabuelos ya vivían en la misma alquería. El problema es la «mala gente» que llega de vez en cuando, intentando colarse en las propiedades para llevarse todo lo que puedan, desde dinero hasta un pedazo de hierro para venderlo.

Valencia cuenta con 249 alquerías, barracas, tramos de acequias e itinerarios considerados de suficiente valor patrimonial para gozar de protección frente a posibles reformas. Eso sí, el documento que forma parte de la revisión del Plan General se queda en un mero listado, sin ningún tipo de ayudas públicas. Sucede lo contrario que con los bienes protegidos en casco urbano, donde los propietarios pueden recibir algún tipo de subvención.

Dificultades no faltan en la huerta, como la lógica ausencia de servicios públicos, el abandono de los campos, la proliferación de vertederos y, siempre por encima de las otras quejas, los robos y saqueos multiplicados en los últimos años.

«Siempre estoy pendiente de que no se me meta nadie», responde sobre esto Maribel, propietaria de la alquería Cano. Atiende al periódico en un primer momento tras la reja de su puerta, aunque la duda se mantiene sólo un segundo, antes de salir. «Mi tatarabuelo ya vivía aquí», subraya, antes de desvelar el motivo de que le guste vivir en la huerta: Sol, aire y poder hablar con la gente, es otra cosa a vivir en un piso».

Eso sí, lamenta que si su prima no viviera cerca, lo más probable es que se fuera a una vivienda que tiene en un barrio cercano de Valencia. Su hijo, ingeniero, trabaja en Alemania. «Se quedará un año más», dice tras asegurar que es uno de los miembros de la familia más apasionado por la vida en la huerta.

Maribel ha visto de todo en los últimos años aunque cita dos ejemplos: «mi hijo llegó una noche de madrugada y observó movimiento en una granja cercana que también es nuestra. Llamó a la policía y los agentes descubrieron que se estaban llevando las ventanas». El saqueo de cable de cobre que padecen los vecinos del 'cap i casal' con la inutilización de decenas de farolas también se extiende a la huerta.

La falta de farolas es una de las quejas de esta vecina. Y es que la oscuridad atrae a todo tipo de delitos, incluido el de la prostitución. «Como está todo oscuro viene la gente con el coche», lamenta. La cercanía del bulevar sur provoca estas situaciones, dado que las meretrices se reparten ocasionalmente en la zona que va desde la pista de Silla hasta la Ciudad de las Ciencias.

En la otra punta de la ciudad, en la huerta de Vera, la alquería de Miguel Sanchis es muy reciente, apenas tiene 14 años, aunque refleja por eso mismo la pasión de este ingeniero agrónomo por la huerta. La elección de uno de los paisajes agrícolas más bellos de Valencia no es casual porque su familia vivía en una casa situada en lo que hoy es la Universidad Politécnica. «Mi abuelo vivía en lo que hoy es el rectorado», señala. Tiene algunos cultivos aunque más como una actividad complementaria. «Da muy pocos márgenes», lamenta, para dar su motivo de que elija vivir entre caminos y acequias que se remontan a la Edad Media. «Es una vida más tranquila y relajada», sostiene. Hace poco han recogido la chufa y están a la espera de la patata.

Al igual que ocurre en el resto de la periferia de la capital, los robos son un problema. «Ocurre desde hace un año; aún hay gente que deja la puerta abierta, pero menos». La buena relación con el vecindario es otra de las claves en la elección de esta vivienda en lugar de un barrio.

Paco Antequera es otro de los supervivientes que vive en una alquería próxima a Valencia. «Me gusta vivir aquí porque el concepto de familia es mucho más completo». Jubilado y director comercial de profesión, ríe con humor al decir que la hora del almuerzo es uno de los mejores momentos de la vida que ha escogido vivir.

La alquería Antequera se remonta a más de 200 años. Antes había una barraca que desapareció por los efectos desastrosos de la riada de 1957. Paco tiene una pequeña huerta, por afición, donde hay plantados árboles frutales. «Mi máxima ilusión es pasar todos los días aquí», responde sobre las ventajas de vivir entre campos de cultivo.

Eso que Paco tiene una bala en la recámara, que no piensa utilizar. Un piso junto a la Ciudad de las Ciencias ahora en alquiler, además de otra casa en Font d'En Corts. «Faltan servicios pero coges el coche y ya está». Maribel cuenta sobre esto último un caso que casi acabó en tragedia. «Un vecino enfermó y llamamos a la ambulancia. Tuve que salir a esperarlos porque nadie conoce este camino», dice señalando un paso sin asfaltar que se pierde entre campos y acequias.

Carmen apunta otro de los motivos que encuentra positivos para vivir en una alquería. «Estoy muy suelta y hago lo que me da la gana. Hay menos líos que en la ciudad», subraya, para apuntar que falta agua para regar. La degradación de las acequias, pese a los cuidados de las entidades que forman el Tribunal de las Aguas, es otra de las lamentaciones de estos agricultores.

El presidente de la asociación de vecinos de Font d'En Corts, Vicente Tomás, reitera este problema. La entidad es una de las más activas a la hora de reivindicar mejoras al ayuntamiento. La falta de alumbrado público y la ocupación ilegal de alquerías abandonadas son las principales preocupaciones actuales. La dueña de Casa Quicorro se despide esperando a sus hijos y nietos para comer. Mientras, su marido ha salido a pasear plácidamente en un pequeño carro tirado por 'Careta'. Ventajas de vivir en la huerta.

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