Ramón Tamames: «He tratado de pasarlo siempre bien, incluso en la cárcel»

«Zapatero era un iluminado rodeado de ineptos; Aznar, un ensoberbecido rodeado de triunfalistas», asegura el economista más leído de España

CÉSAR COCA

Hace un tiempo dijo que cuando cumpliera los 80 iba a tirarse en paracaídas. ¿Ya sabe cuándo y dónde lo va a hacer?

- Tengo que pensarlo, porque además hay que hacerlo con un monitor. No lo he descartado, pero quizá lo sustituya por un vuelo en ala delta.

Ramón Tamames (Madrid, 1933) sonríe al decirlo y reconoce que arrojarse al vacío desde un avión es una de las pocas cosas que un día se propuso hacer y quizá se queden en proyecto. Hay en su vida tantas actividades, viajes, aficiones, gente conocida y tratada, que parece mentira que todo eso entre en una sola biografía. Y su hiperactividad no tiene fin. Mientras los periodistas esperan en el salón de su casa, él cierra participaciones en conferencias, se compromete a escribir artículos para revistas y planifica reuniones. Tantas cosas y tan apretadas que cualquiera se agobiaría solo con el examen de su agenda. Así, desde esa capacidad para hacerlo todo, se comprende mejor su carrera académica, su proyección política, su paso por el Ayuntamiento de Madrid, la publicación de decenas de libros de economía (incluido el best seller por excelencia del género, 'Estructura económica de España', texto de referencia para varias generaciones de universitarios), algunas novelas, un puñado de ensayos y hasta sus memorias. Por eso, una larga conversación en su casa, rodeados por las plantas traídas de varios continentes que habitan su jardín («tengo el mejor de Madrid, lo dicen todos», explica orgulloso), es lo más parecido que hay a una clase sobre la historia política, social y cultural de la España de las últimas décadas. Una clase impartida por uno de sus protagonistas.

- Usted parece inasequible al desaliento. En 'Más que unas memorias' (Ed. RBA), incluso asegura que tiene un gran recuerdo de la vida en Madrid durante la guerra.

- Sí, tengo estupendos recuerdos. Madrid las pasó canutas, pero más que por la escasez de comida por la monotonía de la alimentación. Todas las noches cenábamos lentejas o sopas de ajo, y así durante años. El racionamiento lo organizó Grande Covián, y lo hizo muy bien. Tanto que mi padre, que era médico, decía que se comía la mitad que antes, pero nunca había habido mejor salud general que entonces. También se leía mucho, otra cosa muy buena.

- Su padre sufrió represalias al acabar la Guerra Civil.

- Por una denuncia falsa, como sucedió a tantos otros. Le acusaron de haber robado unos 'goyas' del hospital donde trabajaba. Luego aparecieron los cuadros.

- Peor fue lo de su madre. Hasta ahora apenas había contado que se suicidó ante el temor a ser abandonada. ¿Ha sido doloroso escribirlo?

- La muerte de mi madre nos generó una ausencia. A veces dicen que los hermanos Tamames tenemos un carácter duro por la ausencia de la figura materna en nuestra infancia. Puede ser. Mi padre asumió nuestra educación y, dejando a un lado otras cosas, fue un excelente padre. Mi mujer dice que sentimos un fervor excesivo por él, pero creo que lo hizo muy bien, sobre todo en cuanto a su preocupación por los idiomas.

- También le introdujo en los toros, y eso le permitió siendo muy joven conocer a los grandes de la época.

- Mi padre fue avisado cuando el toro cogió a Manolete, pero apenas si llegó a ver su muerte. Luego, acompañó en las corridas a Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez. Mi afición de esos años viene en especial del contacto con el círculo de Dominguín. Más tarde, me fui alejando. Pero en esos años, el padre de Dominguín, que ejercía como su apoderado, tenía la oficina en la Cervecería Alemana, en la plaza de Santa Ana, y allí íbamos muchos días.

- En esos años crece también su afición por la pintura, la montaña, la literatura... ¿De dónde surge todo eso?

- Del ambiente en el que nos movíamos, de mi padre... Cada tarde, al llegar a casa, dejaba de ser médico y empezaba a pintar, leía mucho, escuchaba música. A todo eso se unió una gran influencia del Bachillerato que cursamos en el Liceo francés, donde se recibía una formación impresionante.

- Ya desde entonces usted debía de dar la imagen de que no paraba nunca.

- Quizá. Me sigue pasando. Cada noche me meto a la cama con una tableta donde he puesto el recorte de un crucigrama...

- ¿Está hablando de un artilugio electrónico?

- No, no. Una tableta de madera, donde pego un crucigrama y empleo un buen rato en hacerlo. Me gusta acabar así la jornada porque parece que se si hace trabajar al cerebro, las neuronas ganan en actividad. Sí, he hecho muchas cosas y he tratado de pasarlo bien en cualquier circunstancia, incluso las dos veces que estuve en la cárcel: en 1956 por organizar un congreso de estudiantes y en 1976 por participar en el movimiento democrático conocido popularmente como la 'Platajunta'. Fueron experiencias cortas pero sabrosas. Aunque estoy seguro que las de otros habrán sido mucho peores y más largas.

Vocación política

Además de su fecunda actividad académica, Tamames fue durante décadas un activo agente político. Miembro del comité central del PCE, diputado, candidato a la alcaldía de Madrid, presidente de la Federación Progresista, luego en el CDS, también en este ámbito ha transitado muchos caminos y ha conocido a muchas personas. Una de ellas fue Manuel Fraga, con quien tuvo un fuerte enfrentamiento en la Embajada española en Londres cuando el político gallego velaba armas, convencido de que sería llamado al cargo de presidente del Gobierno.

- Luego nos vimos algunas veces y se portó bien conmigo. Muchos años después, Ruiz Gallardón nos invitó a visitar la antigua Dirección General de Seguridad y me recordó que en uno de sus calabozos me había metido Fraga. 'Yo cumplía con mi deber porque las leyes había que cumplirlas', se justificó él. A lo que le contesté que yo también cumplía con el mío de rebelarme contra unas leyes injustas.

- Usted conoció a ambos. ¿Quién hizo un mayor servicio a España: Fraga o Carrillo?

- Les conocí y les presenté. Los dos fueron personajes frustrados porque no llegaron a ser lo que querían. Fraga no fue presidente del Gobierno y Carrillo se quedó sin ser ministro de un Gobierno de concentración. Fraga, a pesar de todo, tenía el mapa de España en su cerebro. Carrillo, no. Él estaba más interesado por el internacionalismo y otros asuntos.

- En alguna ocasión ha dicho que un hombre sin enemigos es una nulidad. ¿Cuáles son los suyos?

- Me va a permitir que no dé ningún nombre, porque citar a algunos sería enaltecerlos, y tampoco quiero eso. Más que enemigos, a veces las relaciones son el resultado de situaciones que se han dado a lo largo de la vida. Antes hablábamos de pasarlo bien en toda situación. Me parece que lo bueno de la vida, además de eso, es tener adversarios y poder establecer con ellos algún tipo de contacto.

- No querrá decir los nombres, pero a usted le odia mucha gente, sobre todo antiguos camaradas.

- Cuando dejé el PCE, hubo algunos muy críticos. Pero luego creo que la mayoría lo han entendido. Ahí incluyo los nombres de Carlos Alonso Zaldívar, Enrique Curiel y algún otro. Sartorius es distinto, quizá porque carece de esa vertiente política sentimental que tienen ellos.

- Supongo que a muchos les ha costado entender su paso desde el PCE a posiciones mucho más conservadoras.

- En temas internacionales y ecológicos, mi postura no ha variado nada. En lo económico, sí, aunque nunca estuve por la nacionalización de los medios de producción ni la dictadura del proletariado. Yo estaba en el PCE porque había que promover una Constitución democrática. Había leído más de Marx que la mayoría de mis compañeros, pero no estaba por el marxismo-leninismo. Luego, en estos años, he descubierto que el capitalismo es un gato de siete vidas que parece aguantarlo todo.

- ¿También la crisis actual?

- Ahora estamos en una etapa muy impresentable, con daños que está pagando la gran mayoría. Pero las visiones socialdemócratas están bajo mínimos. Lo único positivo de la crisis es la redistribución internacional de la riqueza. Muchos países pobres están mejorando, aunque sea a cuenta nuestra.

- Alguien dijo que hay que desconfiar de quien no ha sido comunista antes de los 20 años y de quien lo sigue siendo pasados los 50. ¿Lo ve así?

- Creo que lo dijo un banquero. Es una frase, pero con algo de razón. Es cierto que el sentido de la justicia es más fuerte en la juventud. Luego, cuando te haces mayor, ves que las inercias del poder son grandes y violentas.

La vida y la muerte

La muerte de Franco, a quien tuvo cerca en un par de ocasiones, pero con quien nunca cruzó una palabra, le cogió en Berlín. Estaba allí para dar una conferencia invitado por Francisco Sotelo y su mujer le llamó al hotel de madrugada para contarle la noticia. No lo celebró. «Hacerlo era un ejercicio de folclore político. Era alegrarse por la muerte del adversario, no por su caída. Aquello no fue un triunfo para nadie». Pocos meses antes, en los últimos días de 1974, él mismo estuvo a punto de morir en un accidente en la montaña.

- ¿Qué pensó cuando se vio en el hospital, rodeado de médicos?

- En ese momento te das cuenta de que la vida te ofrece una segunda oportunidad, y debes aprovecharla aún más. Mi padre vaticinó que estaría obligado a moverme siempre en una silla de ruedas. Fue su peor diagnóstico, ya ve.

- ¿Ese fue el peor momento de su vida?

- No sé si he tenido peores momentos. En las etapas malas, en las de la desesperación -o de decepción, quizá sea más adecuada la palabra-, siempre encuentras algo a lo que agarrarte: el trabajo, las cosas que te interesan, las personas próximas... Luego, relativizas todo y piensas que cada uno de nosotros no somos más que uno de entre los más de 7.000 millones de seres humanos que poblamos la Tierra. Vivir es un privilegio, sobre todo si eres europeo. Y si eres español, pese a la crisis actual. No hay que dramatizar.

- ¿El accidente le quitó el miedo a la muerte?

- Cuando estás tan mal no piensas en ello, porque si no te morirías. Mi padre decía que el enfermo se crece para resistir: confía en los médicos, en los medicamentos, en la operación. Si no lo hace, es el final.

Optimista, pese a todo

De enfermo a enfermo: la economía española. Quizá sea por su vitalismo a ultranza, pero Tamames es optimista. Han leído bien, optimista. «No tanto como Morgan Stanley, pero creo que nos vamos a recuperar antes de lo previsto. Las empresas han adelgazado tanto su nómina que cualquier crecimiento, por pequeño que sea, supondrá nuevo empleo».

- ¿Es oportuno ser optimista con 6,2 millones de parados?

- No hay 6,2 millones de parados, eso para empezar. La Encuesta de Población Activa tiene no pocos problemas, y uno de ellos es que peca de ingenuidad. Calculo que habrá unos 2,5 millones de españoles trabajando que no están en las estadísticas. Yo mismo soy uno de ellos. Hay un paro elevado, cierto, pero no tanto, y el país está vivo a pesar de todo. Nos queda poco en la recesión y saldremos de esta muy saneados. Otra cosa son las cuentas de las Administraciones públicas. Ahí Rajoy no ha entrado a fondo.

- ¿Qué rasgo de inteligencia echa en falta en la vida política de hoy en España?

- La comunicación del Gobierno de Rajoy es desastrosa. En plena Gran Depresión, Roosevelt tenía cada sábado un programa de radio en el que se dirigía a la nación y explicaba su política. Así convenció a los estadounidenses de que estaba trabajando para salir de la crisis. En cambio, Rajoy no comunica. Creo que ni los ministros se comunican entre sí.

- ¿Qué le parece más improbable: la Tercera República o la independencia de Cataluña?

- Son improbables ambas. La independencia de Cataluña, porque tarde o temprano se convertirá en un expediente tipo Ibarretxe. El derecho unilateral a decidir no existe, como no existe en la Constitución de EE UU; miren a Lincoln. En cuanto a la República, ¿qué haríamos con una? La monarquía ha cometido un cúmulo de errores, sí. Estuve con el Rey hace más de un año, antes de los de Bostwana, y lo vi preocupado. Los problemas, que los hay, no son irresolubles. Además, declarar hoy la República supondría de inmediato la declaración del Estat Catalá, y otros...

- ¿Quién lo hizo peor: Aznar o Zapatero?

- Zapatero, sin duda. Los primeros cuatro años de Aznar fueron, en lo económico, de libro. Luego, lo de Irak fue un desastre, y los responsables económicos cometieron el gran error de no aprovechar la bonanza para hacer las reformas necesarias. En cuanto a Zapatero, no creo que pueda haber un Gobierno tan malo en lo que nos quede de vida. Fue patético. Zapatero era un iluminado rodeado de ineptos. Aznar, un ensoberbecido rodeado de triunfalistas.

- Volvemos al principio. ¿Qué le hubiera gustado hacer que ya no podrá conseguir, además de tirarse en paracaídas?

- Le dije a mi padre que un día viajaríamos a la Luna.

- ¿Y eso le apetecería?

- Veo el turismo espacial con envidia. ¿A quién no le gustaría ir a la Luna?

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