«Cortázar no se acaba nunca»

El profesor valenciano, que concibe «la lectura como necesidad», prepara una exposición sobre el autor de 'Rayuela' en el Centro del Carmen Miguel Herráez Escritor

CARMEN VELASCOVALENCIA.
Miguel Herráez, entre los rascacielos de Nueva York. /LP/
Miguel Herráez, entre los rascacielos de Nueva York. /LP

Se considera un «biógrafo más» de Cortázar. Experto en el universo literario del autor de 'Rayuela', acaba de publicar el cuarto volumen sobre el escritor hispanoamericano: 'Dos ciudades en Julio Cortázar' (Editorial Alrevés). El catedrático en la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia profundiza ahora en el paisaje iconográfico cortaziano.

-¿Cómo define su última publicación?

-Es una aproximación al imaginario cortazariano. Explora los espacios de Buenos Aires y París, pero en un plano emocional que liga los argumentos de sus cuentos, novelas y su propia vida a esos espacios que él transitó y que yo he vuelto a transitar. El libro es fruto de estadías de investigación en ambas ciudades.

-¿Funcionaría como una guía turística?

-Podría ser una guía turística para perderse, eso sí. Es una reflexión en el sitio (una calle, un café, un parque, el metro) acerca de los personajes de Cortázar o sobre el propio Cortázar. Si entro por el Pasaje Güemes de Buenos Aires y salgo por la Galerie Vivienne de París especulo sobre el cuento 'El otro cielo'. Si tomo el metro en la estación de Saint-Michel pienso en Johnny Carter, el personaje de 'El perseguidor', entro en su concepto subjetivo del tiempo.

-¿Cómo es el Cortázar de Buenos Aires y el Cortázar de París?

-Cortázar tuvo en realidad dos vidas y creo que ambas se corresponden justamente con esos dos referentes. El primer Cortázar es el estudiante de Magisterio, el docente en San Carlos de Bolívar, el de Chivilcoy y el de Mendoza. Ese Cortázar, que es el de los años cuarenta, de la época de sus amistades con Luis Gagliardi, Marcelle Duprat o Mercedes Arias, y cito desde el recuerdo, llega a escribirles a éstos que su vida está llena de dicha, que no aspira a nada más que mantener correspondencia con ellos, leer, escribir poemas y callejear. Luego está el segundo Cortázar, el que renace a partir de 1951, cuando se instala en París. Aunque la auténtica segunda vida surge a partir de 1963, con la edición de 'Rayuela'. Ahí tenemos un Cortázar, por exigencias del intelectual explícito que es entonces, mucho más social. Jamás hubiera sospechado en Bolívar cómo iba a ser su vida en sus últimos treinta años.

-¿Cortázar no se acaba nunca?

-No sólo no se acaba sino que crece con el tiempo. Él solo va abriendo el hielo. Lo compruebo a cada momento con la aceptación y la renovación de sus lectores, que siguen siendo jóvenes.

-¿Las nuevas generaciones lo leen?

-Sin duda. Para los jóvenes es un autor muy empático. Lo compruebo a diario.

-¡Existen lectores jóvenes! A veces parece que hay más escritores que lectores...

-Es verdad. Y eso que internet ha drenado el volumen de gente que hacía cola en editoriales. Hoy casi todo el mundo escribe. Picas en Google y descubres asociaciones, grupos, un poeta perdido en un pueblo de la Patagonia. Entiendo la lectura como una necesidad y, sí, se lee poco. Así nos va.

-Si Víctor Hugo levantara la cabeza se asombraría del éxito de 'Los Miserables', ¿Se imagina hacer lo mismo con 'Rayuela'?

-Imposible. 'Rayuela' es una novela del lenguaje, lo que la convierte en intransferible a una propuesta fílmica. Se podría adaptar, pero no sería 'Rayuela'. Conste que soy un gran cinéfilo y no albergo prejuicios en la relación cine y literatura. Entiendo que si uno cede su relato para ser llevado al cine, el autor, tras la adaptación, es el director del filme, no el escritor ni el guionista.

Yo digo que París es una mujer; es un poco la mujer de mi vida». ¿El escritor argentino, autor de la frase, es el hombre de su vida?

-Cortázar es un autor que me acompaña desde mi adolescencia. He estudiado a otros autores, dispares entre sí, como Eduardo Mendoza, sobre quien hice la tesis doctoral, y Vicente Blasco Ibáñez, de quien trabajé un largo epistolario. Pero Cortázar me enseñó a mirar la vida con otros ojos.

-Si usted fuera un personaje literario cortazariano, ¿cuál sería?

-Me siento identificado con el personaje colectivo de 'La salud de los enfermos', ese cuento de atmósfera pequeñoburguesa en el que Alejandro, uno de los hijos de la familia, ha muerto en un accidente en el extranjero, y toda la familia se hace cómplice para ocultarle la tragedia a la madre. Y, luego, cuando muere la madre, dado que todos han llegado a asumir la ficción de que Alejandro sigue vivo, Rosa se sienta y le escribe a Alejandro que acaba de fallecer su madre.

-¿Sus novelas son sus particulares cronopios?

-Son una apuesta personal contra el tiempo. Siempre con la intención de contar la vida con minúscula, desde el pequeño gesto.

-Comisariará una exposición sobre Cortázar. ¿En qué consistirá?

-La exposición será entre enero y abril de 2014 en el Centro del Carmen. Actúo como comisario, así es, pero trabajo estrechamente con Carlos Martínez, quien participa en la articulación del discurso, sin olvidar, por supuesto a la propia dirección del Consorcio de Museos de la Comunitat, con Felipe Garín a la cabeza, y a sus técnicos. Nuestro planteamiento es presentar transversalmente a Cortázar y su tiempo parisino desde tres presencias y tres complicidades, que son el mismo Julio Cortázar, Julio Silva y Saúl Yurkievich. Tres amigos y tres enfoques, con pintura, escultura, fotografía y literatura. Por desgracia Julio y Saúl ya murieron. Silva reside en París. Contamos con él y con otras personas próximas a Cortázar. Creemos que será una exposición distinta.

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