El hombre que derrumbó a Ricart

Las heridas siguen abiertas 20 años después de aparecer muertas Míriam, Toñi y Desirée en la fosa de La Romana «Anglés continúa vivo», sostiene el guardia civil que interrogó al único condenado por los crímenes de Alcàsser

ARTURO CHECA ACHECA@LASPROVINCIAS.ESVALENCIA.
Fotografía exclusiva de LAS PROVINCIAS de la busqueda en La Romana. / F. García/
Fotografía exclusiva de LAS PROVINCIAS de la busqueda en La Romana. / F. García

Antes de que el invierno las aplastara, tres sabinas crecían pizpiretas en medio del desolado paraje de La Romana, en Tous. Siempre será ya un lugar maldito de nombre maldito. Las tres sabinas crecen sobre una fosa hoy cubierta por la vegetación, riscos y maleza. Un homenaje anónimo a tres almas cándidas. Un recuerdo como el de los agentes forestales: ellos han colocado alrededor de lo que fue la fosa una improvisada verja de protección. Es su manera de recordar a tres ángeles que hace 20 años descendieron a los infiernos. Y con ellas, la sociedad valenciana entera.

Ellas son Míriam, Toñi y Desirée, las niñas de Alcàsser. Tal día como hoy, un casi nevado 27 de enero de 1993, Gabriel Aquino y José Sala salieron de sus casas de Llombai cuando el alba no había ni siquiera despuntado. Agricultores jubilados, lo suyo era entonces las abejas. Los apicultores cogieron el camino de La Romana para ver sus colmenas. Jamás llegaron. Un brazo asomando de la tierra caliza, con un reloj de niña en su muñeca, les dejó congelados. A ellos y a toda España.

Los 75 días de angustiosa búsqueda de las niñas de Alcàsser acababan con un escalofrío generalizado. «Jamás en mi vida había visto un crimen más asqueroso», llegó a decir el ex fiscal jefe Enrique Beltrán, un hombre con mucha toga a sus espaldas. Comenzaba el duelo por el triple crimen. Empezaba la búsqueda de dos diablos.

Y Juan Miguel Pérez, capitán de la Brigada de Información de la Guardia Civil, no tardó en mirar directamente a los ojos del mal. Como experto antiterrorista, lo suyo en los 90 era perseguir a los entonces activos Grapo y a miembros de ETA. Pero a las pocas horas de aquella aciaga mañana del 27 de enero, todo guardia civil y policía nacional de la Comunitat Valenciana tenía un objetivo en mente: dar con un demonio. Antonio Anglés, el asesino de las niñas de Alcàsser, se convertía en el enemigo público número uno.

Un volante médico hecho pedazos entre romeros junto a la siniestra tumba de las niñas guió a los agentes hasta la casa de Neusa, la matriarca del clan Anglés. El parte médico llevaba escrito el nombre de Enrique Anglés, un joven esquizofrénico de Catarroja. Aunque la Guardia Civil no tardó en atar cabos. Una simple consulta en los archivos de antecedentes pusieron rostro al asesino: Antonio Anglés, en permiso penitenciario tras salir de prisión por secuestrar, violar y torturar a su novia, era el hombre buscado.

«Empezó a hacer aguas»

Cuando los agentes llegaron al piso, Antonio ya se había esfumado. Por la calle deambulaba un joven bajito y de pelo claro. Miguel Ricart, 'El Rubio', devoraba un pitillo tras otro en las inmediaciones del número 101 del Camí Nou. «Él acudió por su propio pie a la casa. Una vez allí nos lo llevamos al cuartel de Patraix. Pero solo como amigo de Antonio, para interrogarlo a ver qué sabía acerca de por dónde se movía Anglés», recuerda hoy Juan Miguel Pérez, ya guardia civil retirado.

Los investigadores le tomaron declaración en una primera ocasión, pero Ricart no arrojó datos demasiado clarividentes sobre el sospechoso. Los agentes habían terminado con él, pero 'El Rubio' no se marchó de la zona de la Comandancia. Seguía paseando por allí, como esperando algo. O a alguien... «Parecía que le reconcomiera alguna cosa. Entonces se me acercó un compañero de Información y me dijo: '¿No te suena ese?'. Resulta que tres años antes lo habíamos detenido por asaltar unas instalaciones de la Guardia Civil para robar un cargador». Los investigadores decidieron entonces someter a Ricart a una segunda declaración. El cerco sobre el asesino de las niños de Alcàsser se estrechaba.

Dos décadas después, el capitán Juan Miguel Pérez, hoy con 65 años, aún recuerda muchos de los detalles de las casi tres horas de interrogatorio (poco tiempo para el habitual en casos de asesinatos) que pasó con Miguel Ricart en un cuarto de la Comandancia de la calle Calamocha de Valencia. Fue el comienzo del fin de la vida en libertad de 'El Rubio'.

«Todo empezó como una conversación sobre temas banales, personales, sin importancia. Para que se relajara. La intensidad de las preguntas fue subiendo. Hasta que surgieron las primeras contradicciones. Empezó a hacer aguas», rememora hoy Juan Miguel Pérez, el hombre que hizo derrumbarse a Miguel Ricart.

Él fue una pieza más en la resolución de un caso cuya 'alma mater', una de las piezas fundamentales todo el mundo coincide en señalar (entre los cientos de agentes que participaron en su indagación): el subteniente de la Guardia Civil Pablo Pizarro, hoy fallecido y que declaró como instructor de la investigación durante el juicio. El gran sabueso en toda esta dramática historia.

Pérez y el resto de encargados de asediar con sus preguntas a Miguel Ricart no tardaron en descubrir el punto débil que debía servirles para derrumbar a 'El Rubio'. Ricart era un pelele de Antonio Anglés. 'El Asuquiqui' no solo era su camello, un 'dios' para las múltiples adicciones de su secuaz. «Anglés lo dominaba por completo. Lo manejaba a su antojo», recuerda el excapitán de Información. Los agentes decidieron aprovechar ese 'filón'. Empezaron a sacar de quicio a Ricart. A tratar de vencer su resistencia con insinuaciones hasta sobre su orientación sexual. «Le dije, 'venga, Miguel, que sabemos que Anglés hasta te obligaba a tener sexo con él'». Armas psicológicas para tratar de sacar a la luz la verdad. «Empezó a no sostener la mirada como al principio», detalla el interrogador.

El pacto con el diablo

'El Rubio' estaba ya en caída libre en aquel cuarto de la Comandancia de Valencia. El humo abarrotaba la estancia. En apenas tres horas, Ricart se fumó más de un paquete de tabaco. Y acabó estallando. «Él estaba dolido con Antonio Anglés. Quería vengarse de él por encima de todo, aunque eso le costara la cárcel. Era mayor soportar el yugo que Anglés le tenía puesto», rememora Pérez.

Y Ricart cayó. Soltó la misma versión que ha mantenido desde los álbores del caso Alcásser y que hoy incluso confiesa al capellán de la cárcel de Herrera de la Mancha, en la que ya ha cumplido 19 años de privación de libertad: que él no mató a las niñas, aunque sí estaba en el lugar de los crímenes y colaboró en el rapto.

«Su relato fue siempre completamente sincero. Hasta nos dijo en qué sitios se escondía Antonio Anglés». Y la posterior búsqueda del triple asesino, en la que también participó Juan Miguel Pérez, corroboró que 'El Rubio' decía la verdad.

Mientras, la fosa de La Romana volvía a quedarse desierta. Mientras, la indignación y el dolor se adueñaban de Alcásser entre el 27 y el 28 de enero de 1993. Mientras, los cuerpos de las tres niñas eran trasladados al entonces llamado Instituto Anatómico Forense de Valencia. Mientras todo eso ocurría, la lucha sin cuartel por dar con 'El Asuquiqui' se desataba.

Pero, si una pizca de fortuna acompañó a los agentes para arrestar a Ricart, con este 'paseándose' ante la casa de los Anglés y la Comandancia, la suerte les abandonó por completo en la caza del triple homicida. «Parecía como si Anglés hubiera hecho un pacto con el diablo...», sostiene Pérez.

-¿Cree que sigue vivo?

-Yo creo que sí lo está. No hay ninguna razón objetiva para pensar que esté muerto. El único vestigio de su paso por el 'City of Plymouth' (el barco a bordo del cual supuestamente escapó de Portugal a Irlanda) es un fragmento palmario en su camarote. Esa palma podría ser igual tuya que mía... Ni una sola huella. Y un tipo sano, que no se drogaba y atlético como él, que hoy tendría 46 años, no hay razón para pensar que esté muerto».

Las consecuencias, o las fatalidades, se aliaron con Anglés desde los primeros instantes de aquellos 27 y 28 de enero de 1993. «Ricart nos aseguró a última hora del 27 de enero que su cómplice estaba escondido en la estación abandonada de Vilamarxant. Pero entonces recibimos una llamada del alcalde de Catarroja, asegurándonos que Anglés estaba en una caseta derruida del municipio. Le dimos más credibilidad a esta versión...», apunta el excapitán Pérez. Y se equivocaron.

'Esperanza' en la fosa

Las Fuerzas de Seguridad cercaron durante toda la noche el lugar sospechoso en Catarroja para asaltarlo al alba. Ni un alma dentro. Solo basura y excrementos. El dispositivo de búsqueda voló hasta Vilamarxant, hasta la estación señalada por 'El Rubio'. Demasiado tarde... «Enseñamos la foto de Anglés a varios gitanos. Nos dijeron, '¡no, este no es Anglés, es 'Rubén!', uno de los seudónimos del prófugo». Los testigos añadieron que ese individuo había volado de su refugio hacia las tres de la madrugada. El enemigo público número uno se había esfumado.

Hoy, amanezca como amanezca en Alcàsser, será un día negro. Para las familias y para todos los vecinos que vivieron aquellos oscuros inicios de 1993. Pascual vive en la calle Joaquín Sorolla del municipio valenciano. Prefiere no dar apellidos. A nadie le gusta, ni 20 años después, ver su nombre mezclado con el dolor de aquellas heridas que aún duelen. Él estuvo en La Romana cuando se descubrieron los cadáveres. Curioseando alejado por el precinto policial, pero lo bastante cerca para palpar el ambiente. «Había cierta esperanza junto a la fosa de que no fueran las niñas. Que fuera alguien mayor o con una muerte accidental», recuerda el hombre.

Demasiadas coincidencias: la zona, el aspecto juvenil del reloj de la muñeca que asomaba bajo la tierra... Cuando los guardias civiles y la comisión judicial empezaron a cavar, todo el mundo se vino abajo. «Lo poco que se oía se acalló. Nadie decía nada. Parece que ni respiraban». Allí estaban ellas. Los cuerpos de Míriam, Toñi y Desirée. Los tres ángeles a los que dos demonios hicieron descender a su trastornado infierno de sexo y tortura. Allí siguen hoy las tres sabinas que las recuerdan. Un homenaje para no olvidarlas nunca. Un símbolo tal vez con otro mensaje: que quizás nunca haya que dejar de buscar a Anglés. Vivo o muerto.