Una fuga marcada por la suerte y el instinto de supervivencia

J. MARTÍNEZVALENCIA.
Una fuga marcada por la suerte y el instinto de supervivencia

El 27 de enero de 1993, un trozo de volante médico con el nombre de Enrique Anglés, hallado cerca de los cadáveres de las tres niñas, conducía horas después a la Guardia Civil hasta el domicilio de los Anglés en Catarroja. Pero Antonio ya no estaba allí, según los investigadores. Se iniciaba entonces una huida marcada por la suerte y su instinto de supervivencia. El asesino se escondió durante varios días en casas abandonadas y chalés.

Tras ser cercado en los montes de Vilamarxant, el fugitivo secuestró a un agricultor y le obligó a llevarle en su furgoneta hasta la población conquense de Minglanilla. La víctima tardó dos días en denunciar los hechos. Las 48 horas de ventaja fueron decisivas en la fuga, ya que mientras la Guardia Civil buscaba a Anglés en los montes valencianos, el fugitivo llegaba primero a Madrid y luego cruzaba la frontera de Portugal.

Respecto a la red de pederastas que podría haber ayudado a huir al asesino, no hay ninguna prueba. Días después embarcó como polizón en el 'City of Plymouth' con destino a Dublín. Tras ser descubierto, el prófugo dejó el barco a 300 millas de Burdeos en una lancha, pero un helicóptero detectó al polizón y lo devolvió al barco. Según las investigaciones, Anglés saltó al agua en la costa de Dublín y su rastro se perdió en el Atlántico. Desde entonces, la policía ha buscado al fugitivo por una decena de países.