Franco responde en Valencia al 'Contubernio de Munich'

Hace 50 años, el régimen preparó un baño de multitudes que compensase la crítica de la oposición democrática

F. P. PUCHEVALENCIA.
Franco, en coche descubierto, junto al alcalde, Adolfo Rincón de Arellano.. ::
                             JOSÉ PENALBA JULIÁ/
Franco, en coche descubierto, junto al alcalde, Adolfo Rincón de Arellano.. :: JOSÉ PENALBA JULIÁ

Ahora hace 50 años, a mediados de junio de 1962, Franco respondió en Valencia, en un discurso pronunciado desde el balcón del Ayuntamiento, a las críticas que se habían levantado en Europa contra España, a raíz de la reunión de la oposición al régimen en el IV Congreso Internacional del Movimiento Europeo, celebrado en Munich. Lo que la prensa del Movimiento llamó el «Contubernio de Munich» fue rebatido por el Jefe del Estado con sus argumentos habituales, cargando contra la influencia comunista en la prensa internacional. Pasados cinco años de la riada, Franco recorrió una Valencia plenamente recuperada, que estaba emprendiendo nuevos horizontes en espera de las obras de desviación del río Turia.

Aunque el viaje del general Franco a Valencia -del 16 al 19 de junio- había sido incluido en su agenda de primavera desde hacía algunos meses, el Gobierno y el aparato del Movimiento aprovecharon la ocasión para rebatir tanto las huelgas obreras de mayo como el llamado «Contubernio de Munich» de los primeros días de junio.

Valencia, a los cinco años de la riada, estaba recuperada y podía lucir ante el general una serie notable de obras: desde los grupos de viviendas de Virgen de los Desamparados, del Carmen y de la Fuensanta, construidas para los damnificados de la inundación, hasta el nuevo Hospital Provincial; desde Gobierno Militar al Instituto San Vicente Ferrer de Formación Profesional. Se estaba concluyendo el túnel de las Grandes Vías, se construían los nuevos accesos a la ciudad y una estación elevadora de aguas pretendía evitar las inundaciones en el Marítimo.

Franco, recibido en el puerto de Contreras, fue objeto de un clamoroso recibimiento organizado por el aparato del régimen. Desde la encrucijada de Ramón y Cajal con San Vicente -renovada con múltiples isletas que merecieron el nombre de «Plaza del Archipiélago»- hasta la plaza del Caudillo, una multitud aclamó al general, que hizo el tramo final, en compañía del alcalde, Adolfo Rincón de Arellano, a bordo de su famoso Rolls Royce descubierto.

En la plaza no faltaban pancartas con alusiones a «lo de Munich». Y aunque Franco no lo nombró directamente, lo evocó al referirse, al hilo de la recuperación de Valencia tras la riada, a «la ira de nuestros adversarios, que tratan por todos los medios de desacreditarnos en el exterior movilizando los resortes del comunismo y de sus compañeros de viaje».

En ese gran baño de multitudes, Franco pronunció un discurso donde, una vez más, vio un culpable «en la infiltración comunista en Europa, que con su acción solapada ha venido influyendo sobre la gran mayoría de los órganos de opinión, siendo raro el que no se encuentra parasitado por el oro soviético». Más de la mitad de su discurso estuvo destinado a señalar oscuros intereses en la prensa internacional. «¿Es que deja de ser un periódico una organización influenciable por las fuerzas secretas? ¿No constituye un negocio que puede venderse al mejor postor?», preguntó el dictador desde la tribuna construida sobre la puerta principal del Ayuntamiento.

Franco, que habló de la «guerra fría» como una etapa de lucha contra el comunismo que habría de superarse algún día, se mostró, como de costumbre, receloso ante «ese mundo liberal que en Europa todavía se lleva». Y, por descontado, reafirmó los principios «por los que la vida es grata: la espiritualidad, el orden, la familia y las posibles libertades». Que habrían de ser compatibles con «la seguridad, la justicia social y el progreso económico».