El aumento del botellón dispara el consumo abusivo de alcohol entre los menores de edad

Más de la mitad de los participantes en este fenómeno duplican los niveles de ingesta intensiva en un par de horas y sin comer

BEATRIZ LLEDÓVALENCIA.
Decenas de jóvenes beben en un botellón organizado en la zona de Tarongers. ::
                             JUAN J. MONZÓ/
Decenas de jóvenes beben en un botellón organizado en la zona de Tarongers. :: JUAN J. MONZÓ

Los jóvenes valencianos caminan sobre la cuerda floja. Lo hacen aproximadamente dos veces por semana, es decir, la frecuencia con la que acuden a un botellón. En apenas unas horas y sin ingerir ningún alimento, la mitad de los asistentes toma cantidades de alcohol que doblan lo que ya se considera nocivo para la salud. Da igual que sea chico que chica. Y un dato todavía más preocupante, algunos de los que se dan esos atracones ni siquiera han cumplido los 13 años.

Los expertos alertan de que los botellones propician esa ingesta abusiva. «En los últimos años se ha producido un cambio en el patrón de consumo de alcohol siendo habituales los atracones de cinco o más consumiciones en un periodo de tiempo muy corto, de unas dos horas», explica María Teresa Cortés, la investigadora principal de diversos estudios en esta área desarrollados por la Universitat de València (UV) con la financiación del Plan Nacional sobre Drogas.

¿A partir de qué cantidad se considera un consumo intensivo de alcohol? 60 gramos en hombres y 40 en mujeres. Las investigaciones se adentran en lo que ocurre en estas concentraciones, detectándose que ellos alcanzan tasas de 130 gramos y ellas de 80. «Es la práctica más habitual que se observa durante el botellón. No quiere decir que todos los jóvenes que estén en él lo hagan, pero entre los menores de edad más de la mitad lo hacen, elevándose este porcentaje al 68% entre los universitarios», explica Cortés.

En el actual proyecto que se está llevando a cabo en Valencia por este equipo de investigación, se observa el mismo patrón de consumo que se obtuvo al evaluar Valencia, Alicante y Castellón en un estudio de hace tres años. Y se confirma que, de nuevo, los más jóvenes de 14 y 15 años toman contacto con el alcohol sobre los 12,5. «Esto es clave para la prevención porque si se empieza a hacer a los 15 años, se llega tarde», alerta la psicóloga.

Los jóvenes valencianos hacen botellón una media de dos días a la semana durante nueve meses al año, su periodo de estudios. Al menos uno de esos días se emborrachan intensamente. Esta frecuencia abusiva de ingesta, unida a su temprana edad, dispara la probabilidad de acabar siendo alcohólico.

Los adolescentes y universitarios que realizan estos atracones buscan, principalmente, mejorar las relaciones sociales y su estado de ánimo hasta alcanzar la euforia. «Es vital conocer las motivaciones de los jóvenes para poder intervenir sobre ellos», destaca Cortés.

Las investigaciones actuales se centran en cómo afecta ese consumo en atracón en la gente joven. En concreto, una de las áreas más estudiadas en la actualidad es la de la maduración cerebral. Hay alumnos con lagunas de memoria, otros que recuerdan un 10% menos, tienen niveles de atención más pobres o una velocidad de procesamiento más baja. «El cerebro va madurando según crecemos. Todo lo que tiene que ver con la memoria, el aprendizaje y las funciones ejecutivas es lo que se desarrolla a partir de los 13 años hasta los 21. Es cuando aprendemos a funcionar como personas, porque aprendemos a evaluar lo que nos rodea, tomar decisiones coherentes y controlar nuestras emociones. El alcohol es un tóxico y sin duda deteriora toda esta maduración», explica la investigadora valenciana.

Otros trabajos ahondan en cómo las drogas inciden en el cerebro. «Se aprecia una reducción significativa del volumen de los lóbulos frontales así como del hipocampo, otra zona fundamental para el almacenamiento y recuperación de la información. Esto justifica que los jóvenes recuerden peor», apunta la profesora de la UV.

Frente a este escenario, cabe preguntarse qué hacer. Según la experta, no hay una solución única y hay que apostar por sumar estrategias. Además todos deben estar implicados, desde las administraciones hasta los padres y la propia sociedad.

Ruidos y suciedad

Cortés destaca que cuando se trata de paliar el fenómeno del botellón «sólo se tiene en cuenta una parte de él y no se atiende al consumo intensivo». La concentración de jóvenes para beber genera ruidos, suciedad, inutilización de espacios públicos, destrozo del mobiliario urbano y altercados con peleas y violencia. «Ante esos problemas se han generado respuestas por parte de la Administración, como el incremento de la Policía o de servicios de limpieza, pero el fenómeno no desaparece porque no se aborda en su conjunto. Se atiende la parte de impacto ambiental pero no la de salud», argumenta.

En cuanto a los botellódromos, la profesora de Psicología Básica se muestra totalmente en contra ya que resuelve las consecuencias de la parte social pero no la de la ingesta de alcohol. Además, se transmite un mensaje contradictorio a los jóvenes ya que se les está diciendo que pueden beber en un lugar al tiempo que esta misma conducta se sanciona en otro lugar.